Watchmen
EE.UU., 2019, seis episodios de 60′
Creada por Damon Lindelof
Con Regina King,  Jeremy Irons,  Don Johnson,  Tim Blake Nelson,  Louis Gossett Jr., Adelaide Clemens,  Andrew Howard,  Tom Mison,  Frances Fisher,  Jacob Ming-Trent, Yahya Abdul-Mateen II,  Hong Chau,  Dylan Schombing,  Jean Smart,  Sara Vickers, James Wolk,  Lily Rose Smith,  Danny Boyd Jr.,  Dustin Ingram,  Nicholas Logan, David Michael-Smith,  Alexis Louder,  Damon Vance,  Hunter McGregor, Jennifer ‘Ms Fer’ Russell,  Sara Antonio,  Zele Avradopoulos,  Chris Baker, Frank Bauer,  Thomas K. Belgrey,  Karen Beyer,  Charles Brice,  Timothy Carr, Jamel Chambers,  Mahdi Cocci,  Jason Collett,  Steve Coulter,  Elyse Dinh, Miles Doleac,  Paul J. Dove,  Roshawn Franklin,  Austin Freeman,  Fred Galle, Charles Green,  Bruce W Greene.

Vencer al reduccionismo

Por Sergio Monsalve

La serie ha ido de menos a más. Empezó como un lavado de imagen de la historia original, actualizándola según los cánones de la corrección política de Norteamérica, narrando una historia racial ubicada en un contexto posterior al de la obra de Alan Moore, donde gobierna Robert Redford, después de la distopía dominada por Nixon.  
El primer capítulo anticipaba lo peor: un pastiche con olor a 12 años de esclavitud y El infiltrado del KKKlan

El pasado se borronea, de forma deconstructiva, para reescribir el material de inspiración, al ajustarlo a la agenda del empoderamiento femenino y la cruzada black power del lobby demócrata en Hollywood. La protagonista recicla la nostalgia por los tiempos de Obama, enfrentando a un grupo terrorista de supremicistas blancos que cualquiera puede identificar con las políticas republicanas de la polarización de Trump. En este contexto HBO fuerza las relaciones entre el objeto de culto de los fanáticos y el presente más odioso, en aras de consentir a las audiencias del canal de cable. 

El look de la dirección adopta el estándar de un episodio de Black Mirror, plagado del guiños especulativos al no futuro de la represión ideológica, policial y tecnológica, en un escenario difuso y disolvente. 
Para rematar, la producción sacrifica al personaje de Don Johnson, colgándolo del cuello y abriendo su armario de militante de la secta maléfica, cuyo símbolo es ahora la capucha de Rorscharch. Vaya reduccionismo. El vigilante de ficción que asociamos con un rostro ambiguo, terminó convertido en un ícono del pánico moral del 2019. 
Entonces, la antiheroina negra queda como la única esperanza de redención en el pueblo fantasma del lejano oeste, próximo a las coordenadas dicotómicas y dilemáticas de la actualidad. 

Así Watchmen, en su nueva versión, traiciona un legado desde la prepotencia reivindicativa de quienes niegan el pretérito, queriendo limpiarlo, higienizarlo y, supuestamente, superarlo. De la ejecución, solo vamos recordando la música de Trent Reznor y el estándar clásico de la cadena de televisión, sin una personalidad avasallante detrás de cámaras. Posiblemente la ejecución cumple con asimilar el canon solemne y artie que instauró Zack Snyder.  
Pero después de un intro tan problemático, el show de Damon Lindelof ha logrado enmendar su plana, corregir su propio rumbo, en apariencia, despejando una narrativa más inquietante y retadora para el espectador. 
No es fruto del azar que la tercera entrega sea la que haya justificado nuestro visionado semanal de la saga, hasta la fecha. ¿Cuál es la diferencia o la sorpresa? Finalmente existe un personaje que nos importa, que recupera la esencia satírica y maldita del trazo de David Gibbons. 

Una llamada, con un chiste de humor negro, articula la estructura del capítulo individual que honra las minitramas que pensó Moore como dispositivos orgánicos dentro de su gran desmitificación del viaje del salvador, del intruso benefactor. Laurie Blake regresa al mundo con el porte de una mujer de vuelta de todo. Su escepticismo embarga el desarrollo del plot, mientras intenta comunicarse con su ex, El Doctor Manhattan. Sin éxito le deja un largo mensaje a través de una cabina. Caza a un hombre estúpido en un banco, con aires de caballero oscuro, disfrazado de un Batman trucho. Ella se acuesta con un fan, carece de empatía, encarna la melancolía de un fracaso, de una tragedia que se reviste de comedia, como en Joker.

La mirada escéptica de los setenta baña a la serie, aportándole un color biconceptual, multiverso. La espesura dramática resignifica nuestro recorrido, nuestra memoria, inspirando lecturas alternativas. 
Damon Lindelof se disfruta cuando recupera el arte oculto de Twin Peaks, en una cínica restauración noir. La pose de creador condescendiente, aferrado al programa lefty de responderle a la derecha, pues lo hace simplista, demagógico y anticinematográfico. Espero que continúe la senda explorada con Laurie, redimensionando el papel de Regina King. 
¿A ustedes también los pone de los nervios la farsa de la rutina clónica de Jeremy Irons en el castillo? Ahí voy a la nevera para recargar provisiones. 
Ozymandias merece salir de su estereotipo, de su autoparodia.   

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