Westworld
EE.UU., 2018, 8 episodios de 60′
Creada por Jonathan Nolan
ConEvan Rachel Wood,  Anthony Hopkins,  Ed Harris,  Thandie Newton,  Jeffrey Wright, James Marsden,  Rodrigo Santoro,  Sidse Babett Knudsen,  Ben Barnes, Jimmi Simpson,  Shannon Woodward,  Clifton Collins Jr.,  Luke Hemsworth, Ingrid Bolsø Berdal,  Louis Herthum,  Lili Simmons,  Steven Ogg,  Currie Graham, Aaron Paul,  Jeff Daniel Phillips,  Kyle Bornheimer,  Angela Sarafyan,  Talulah Riley, Leonardo Nam,  Nia Kingsley,  Tessa Thompson,  Simon Quarterman,  Tina Grimm, Catherine Fetsco,  Ptolemy Slocum,  Michael Wincott,  Wade Williams,  Betty Gabriel, Gustaf Skarsgård,  Fares Fares

Perdidos en el tiempo

Por Rodolfo Weisskirch

La literatura de Michael Crichton, posiblemente, no se destaque por su prosa elaborada, por su sofisticación ni por su sensible reflexión existencial, pero si ha sabido encontrar una unidad temática relacionada con la trascendencia de la humanidad basada en el problema de la creatividad tecnológica. Crichton, si lo pensamos bien, es acaso el mayor heredero literario de Julio Verne. No tanto por el espíritu de aventura de aquel, sino más bien por los modos de abordar e imaginar pseudo-realidades, donde los avances tecnológicos ocupaban un lugar central en la vida de los seres vivos.

Crichton, en su producción literaria al menos, se esmeraba lo máximo posible para conseguir que sus relatos fueran lo más verosímiles posibles. Se asesoraba con los mejores técnicos de cada área en el período que trabajaba con cada obra y llevaba el dilema de la creación hasta las máximas consecuencias. Muchas de sus novelas más fantásticas, de hecho, se basan en premisas reales –Congo, de hecho, es una historia real- y otras se inspiran en preguntas que han formulado los humanos desde sus orígenes. Discípulo de los grandes narradores de principios del siglo XX como Arthur Conan Doyle y H.G. Wells, los personajes de Crichton luchaban contra sus obsesiones. Y muchas de ellas los terminaban destruyendo. En la década del 70, cuando recién empezaba su carrera como novelista -y al tiempo que abandonaba sus estudios en medicina- el autor de la novela Jurassic Park también dirigió películas. Una de las más exitosas llevó el nombre de Westworld, acerca de un parque de diversiones sobre el viejo oeste, donde los anfitriones, robots simil humanos, se rebelaban contra sus creadores y los visitantes del parque. Esta premisa, claramente la continuó con otras variantes en la literatura.

La adaptación de Jonathan Nolan, en cambio, es un poco más compleja porque los robots son más sensibles y no son conscientes de su artificialidad, al menos, durante los primeros capítulos de la primera temporada. En el momento en que lo descubren, se rebelan contra el mundo, y destruyen a casi todos sus creadores. Pero no se trata de una venganza fortuita. Es el contragolpe tras descubrir que todos los abusos sexuales y criminales que los visitantes podían efectuar sin ninguna culpa, sin leyes que los limiten, eran parte de un guión, de mentes comunes y corrientes.

La primera temporada terminaba con la muerte de Ford -Anthony Hopkins- en manos de Dolores – Evan Rachel Wood- una de sus mejores creaciones. No fue una muerte sorpresiva. El último guión de Ford, era liberar a sus creaciones y torturar a sus huéspedes.


La segunda temporada, entonces, arranca desde este punto. Visitantes siendo perseguidos y torturados por los anfitriones. Como fiel radiografía de la narrativa Nolan, los tiempos de la historia son confusos. El pasado y el presente están borrosos, y personajes que uno pensaba que eran reales, en realidad son prototipos de inteligencia artificial con memorias de personas reales: el próximo paso de la trascendencia.

Mucho más existencial y atrapante que la primera temporada, en esta segunda, se manifiestan expresamente los atisbos de cierta corrección política integradas a las necesidades de la narración: los personajes femeninos toman realmente el mando, y los masculinos se encuentran perdidos, ya sea con sus lapsus mentales -el Bernard de Jeffrey Wright- o el “hombre de negro” -notable Ed Harris-, ya sea con la búsqueda de nuevas emociones. Y mientras algunos buscan una forma de salir del parque y poner todo bajo control, otros redescubren estar presos de su propia mente y de los crímenes que han cometido en el pasado, en el mundo real.

Las complejas líneas temporales, por lo tanto, se van alineando ante un desenlace atendible, digno, pero en el que también abundan las explicaciones, pero al menos sin relegar a un segundo plano el lenguaje audiovisual, que en muchos caso queda en orden secundario a la hora de las aclaraciones verbalizadas.

En WW-S02 el western y la ciencia ficción se amoldan uno sobre otro, pero sin perder la fidelidad hacia los estereotipos de cada género, como si la serie precisara siempre tener un lugar en el que poder volver a hacer pie. Ahí están las persecuciones, el romance, la épica de la epopeya del Oeste.

Esta temporada abre y presenta otros mundos: la India, la tierra indígena y el mundo samurai. Cada uno respeta la estética y narrativa de la literatura de fines del siglo XIX. Y se nota, en el cuidado para la recreación de estos universos paralelos, que son cruzados por los personajes, que provienen de un futuro aún no declarado.

Westworld es una serie que peca de llevar la fórmula y la premisa al extremo de sus ambiciones, si. Pero no existe un riesgo formal que provoque un cambio de paradigma en la televisión. En todo caso se enorgullece de su cálculo, incluso cuando incorpora a la ironía, aunque sea temporalmente, dentro de marco de un drama solemne, como si la reflexividad sobre lo narrado se extendiera la la conciencia sobre la propia serie en una serie de cajas chinas. A primera vista esto no está mal. La pregunta que sobrevuela es: ¿serán conscientes, sus creadores, que escriben sobre ellos mismos? ¿Habrá alguna especie de rebelión por parte de la serie contra HBO, para que en algún momento se salga de su cálculo?

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