Cada tanto a varios de los integrantes de la revista nos sacude algún caso particular, que nos tiene hablando durante semanas. Puede ser un estreno, un no estreno o una serie documental, como la excepcional Wild Wild Country, sobre la cual vamos a publicar una serie de notas. No solo les recomendamos tomarse el tiempo necesario y ver los seis adictivos capítulos que la componen, sino empezar por la lectura de la nota extraordinaria que sigue debajo de estas líneas. Pronto vendrán otras. Pasen y lean.

Wild Wild Country
Estados Unidos, 2018. 6 capítulos de 75′ aprox.
Dirigida por Chapman Way y Maclain Way

Pánico y locura

Por Victoria Béguet

Hay algo que sobrevuela Wild wild country que no se nombra en ningún momento, salvo por dos alusiones muy tímidas. Algo que dialoga permanentemente con la historia que se narra. Se trata de la llegada de los puritanos a Nueva Inglaterra en 1620. Los puritanos, los pilgrims, su épica, constituyen en cierto sentido el mito fundacional de EEUU y su llegada a una tierra prometida escapando persecución religiosa opera en Wild wild country como pasado ominoso, como larga sombra. Si el documental se centra en una contienda dividida en seis capítulos (pero con gusto a rounds), si enfrenta a dos grupos disímiles, lo hace para poner, en última instancia, el foco en los cimientos del yo estadounidense. Dicho de otra forma, los enemigos tienden a parecerse entre sí y un enemigo (como un amante) oportuno puede revelar mucho acerca de las propias miserias. Valiéndose de esta operación, Wild wild country sortea con destreza dicotomías fáciles y se permite observar y recordar el carácter arbitrario de la moralidad.

Wild wild country es también una frase tomada de una canción (¨Drover¨), una especie de oda a la tierra, a las delicias pero sobre todo de los sinsabores de la vida rural. La canción dice entre otras cosas ¨lo que sucede es que esta tierra indómita exige una mente fuerte y la vuelve frágil¨ y ¨las personas auténticas se fueron pero ya voy a encontrar otro camino¨.  Country que en inglés también significa país es acá tierra y es la tierra el motivo de la contienda en la que encuentra su eje el documental. La contienda, o, mejor dicho, el enfrentamiento, ya se anticipa en el título que remite al ¨salvaje oeste¨, al duelo esperado entre la ley (sheriff) y un forastero (bandido). El escenario es un pueblo rural del estado de Oregon a mediados de los 80. Polvoriento, pequeño, con una población envejecida, con días tranquilos y predecibles. El pueblo lleva el nombre de un animal noble, de aire inocente y presa habitual en temporada de caza: Antelope (antílope). Su población es abrumadoramente blanca, conservadora, deducimos que protestante, republicana, una clase media empobrecida (la comparación con los votantes de Trump es casi inevitable; dicho sea de paso, el documental dialoga insistentemente con las tensiones actuales en EEUU). La abstracción que invita a hacer Wild wild country es la de considerar a Antelope, pueblo anodino, ignoto como una representación de la ¨America¨ profunda y, si se quiere, auténtica. Si Antelope es el escenario, los duelistas son dos grupos diametralmente opuestos. Pero sólo en apariencia.

Los forasteros, Bhagwan Shri Rajneesh (que después del escándalo adoptará el nombre Osho) y sus seguidores, llegan a Antilope con la idea de construir una pequeña utopía cueste lo que cueste. Llegan con grandes ambiciones que no se ocupan de disimular. Y llegan con la expresa intención de practicar su religión con absoluta libertad. Revelan rápidamente tener algunas sorprendentes características. En primer lugar, una idéntica capacidad para la violencia (idéntica a la de sus vecinos conservadores). Así es que ante el primer signo de discordia con la gente del pueblo, salen a comprar armas y vemos a los Rajneesh en filmaciones de la época, pasearse vestidos de pies a cabeza en tonos de rojo-de demoníaco rojo-blandiendo AK 47 y uzis con toda la naturalidad del mundo. Por otro lado, el grupo liderado por Bhagwan pero sobre todo por su asistente/mano derecha Ma Anand Sheela, quien va a tener un rol protagónico, demuestran un notable pragmatismo y apetitos materiales. A diferencia de la gente ¨ honesta y trabajadora¨ de Antelope y de Oregon, persiguen impúdicamente el goce sexual, el éxtasis y la ¨iluminación¨. El contraste es obvio: el dios cristiano de sus vecinos es en cambio un dios pudoroso, que rechaza enfáticamente la idolatría y les habla a sus fieles en soledad, exigiéndoles modestia y mesura. Que se ruboriza fácilmente. Las tensiones crecen de forma muy acelerada y si algo comprueba Wild wild country es que si ¨la realidad supera la ficción¨ es una frase gastada, no deja por lo tanto de ser cierta. Así, el documental acompaña los intentos cada vez más desesperados por parte de los oregonianos de cercar a los forasteros, casi como si se tratara de atrapar un animal con un lazo. Y así de extirpar de EEUU a ese otro tan familiar y tan incómodo.

Hay un humor sardónico y contenido en este gran documental. Pero en lugar de burla hay una risa dirigida al vacío. Es decir, a nadie ni nada en particular. Sin pecar de solemnidad, Wild wild country está atravesado por un respeto reverencial hacia una experiencia o inquietud universal: el deseo común de venerar algo o a alguien. Y otro deseo más, el de resguardar a toda costa la propia comunidad. Si el prejuicio como fenómeno es huidizo, para observarlo quizás sea necesario acallar los propios prejuicios (tarea difícil o directamente imposible). Y si es fácil reírse de una ¨secta¨ (sobre todo si la dirige un gurú que resulta una caricatura inmejorable de un gurú; que tiene algo así como noventa Rolls Royce, un Rolex de diamantes, aviones privados, etc.) el documental prefiere no hacerlo. O prefiere señalar que la ferocidad y la intolerancia florecen en ambos bandos. Tampoco se burla de los enemigos declarados de dicha comunidad religiosa, de los blancos conservadores que observan azorados como su resguardado mundo es ¨profanado¨ por forasteros arrogantes que los acusan una y otra vez de simplones. Así, Wild wild country se dedica sencillamente a observar y permitir observar el prejuicio y la ambigüedad moral sin recurrir a simplificaciones (cabe señalar: amparado en una pretendida objetividad de tintes periodísticos).

Una vez concluido el duelo entre los seguidores de Bhagwan y los habitantes de Antelope, una mujer de Oregon es entrevistada para un canal de televisión. Destaca no sin entusiasmo que la fecha coincide con el Día de Acción de Gracias, celebración vinculada a los piadosos pilgrims. La mujer no usa la palabra milagro pero no hace falta; su alivio es evidente. Los lugareños superaron la prueba, lograron salvarse de ese íntimo apocalipsis (figura tan cara al imaginario estadounidense, siempre excitable y algo paranoico) pero una certeza esencial parece haberse esfumado. O mejor dicho expuesta como risible. Toda convicción de superioridad moral, parece decir el documental, pertenece, al igual que la historia que narra, al terreno de lo improbable. Quizás por eso Wild wild country es más ácida de lo que parece a primera vista.

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