Years and Years
Reino Unido, 2019, 6 episodios de 60 min
Creada por Russell T. Davies
Con Emma Thompson,  Rory Kinnear,  T’Nia Miller,  Russell Tovey,  Jessica Hynes, Ruth Madeley,  Anne Reid,  Jade Alleyne,  Max Baldry,  Sharon Duncan-Brewster, Andrew Joshi,  Rachel Logan,  George Bukhari,  Mark Hugh-Williams,  Zita Sattar, Tamar Baruch,  Linda E Greenwood

La banalidad del bien

Por Ludmila Ferreri

Desde hace algunos años, en particular con sus últimas tres temporadas, Black Mirror nos viene psicopateando duro y parejo sobre los males del desarrollo tecnológico, evidenciando su denuncia por izquierda a los futuros distópicos a los que el neoliberalismo y la derecha nos estarían llevando. Es curioso: nada más parecido a un futuro laboral dominado por las máquinas que el imaginado por Marx en sus escritos finales y el deseado por la utopía soviética de un mundo sin trabajadores explotados. Asi las cosas, el futuro mal visto se parece más a esa utopía leninista que a la distopía capitalista. Pero poco importa. Lo que importa es patear la pelota para adelante, no mirar atrás y no cuestionar demasiado al siglo que pasó y sus horrores. Lo sintomático es que varias series que proceden a pensar en un futuro mediato caen en los mismos problemas que la serie de Charlie Brooker. Years and Years, la vedette de este inicio del segundo semestre del año, parece ir en la misma dirección, pero a diferencia de la serie mencionada, sin el menor ápice de sutileza.

Digamos que el punto de partida de Y&Y no resulta particularmente venturoso: detrás de la idea de contar la historia de los integrantes de una familia inglesa cualquiera (de clase media, obvio: nada más universal que la clase media, no?), se nos invita a ser parte de una suma de lugares comunes de la indignación: en el núcleo duro de esa familia cualquiera (tan cualquiera es que el apellido que los reúne es Lyons…si, símbolo y paradigma de la inglesitud para que esos personajes dejen de serlo y se comporten como representantes sociales) parece que se experimentan todos y cada uno de los hechos históricos que marcaran el decenio 2020-2030 que se nos narra: la inmigración, la homofobia, el desempleo, el populismo conservador, la persistencia de las redes sociales, el rol destructivo de la tecnología, las distancias entre padres e hijos. Todos y cada uno de esos temas importantes pasan por los seis capítulos que componen la serie. Y la sensación que experimentamos frente a la misma es que en ningún momento hay interés alguno por los personajes sino que estos se convierten en meras marionetas de turno para que la bajada de línea pueda contextualizarse. En resumidas cuentas: Y&Y viola el sacrosanto mandato que dicta la mejor televisión: contar personajes antes que tramas. Y la realidad es que estos personajes lo único que hacen es devolvernos con violencia al mundo de las ideas preconcebidas: que hacer cosas malas puede destruirnos mutuamente, que las miserias cotidianas pueden convertirse en una bola de nieve que afecte hasta a quienes más queremos.
El problema es que la manera que la serie elige para decir esto es particularmente banal: por medio de soliloquios poco menos que teatrales.

Hacia el final de la serie, luego de que se nos hubiera expuesto a una diversidad increíble de maldades (infidelidad, miserias humanas, derrumbes financieros, torturas, humillaciones, persecuciones políticas, enfermedades degenerativas, y la lista sigue…) la matriarca de la familia Lyons, quizás el único personaje realmente interesante, contradictorio, complejo, echa todo por la borda en unos breves minutos de vergüenza ajena: frente a toda la familia se erige como salvaguarda moral y les recuerda todas las cosas horribles que hicieron, todo lo bueno que era el siglo XX con el aburrimiento del viejo fin de la historia y lo horrible de esos adultos que en pleno siglo XXI, con más de varias décadas encima, se comportan como niños. Nuevamente: el problema no es de lo que habla sino que el modo en el que elige comunicarlo es espantosamente anti-narrativo. Y si bien responde en mayor o menor medida a la lógica de acción de ese personaje, que no tiene pelos en la lengua, la realidad es que lo único que escuchamos detrás de esas palabras es la voz de el creador y guionista. Nada de lo que vemos genera una real corriente de empatía por lo que le sucede a esos personajes. Más bien lo contrario. Porque en el fondo la serie no los quiere como son, sino que los somete, los condena a la moral biempensante.

Lo que determina la lógica de Y&Y no es entonces el reconocimiento de la banalidad del mal, que es la suma de esas acciones horribles cometidas no por hombres malos sino por simples empleados, que no hacen otra cosa que cumplir órdenes. No, lo que determina la lógica aquí es la banalidad del bien, que es externa a los personajes, que emerge del contraste con sus acciones, que los expone a una lista de deberes y hacerse del buen ciudadano. Porque en definitiva, como lo hacían las escrituras medievales con moraleja, lo que hace Y&Y es señalar con el ejemplo (el exemplum medieval puede reaparecer de maneras misteriosas). Y el ejemplo funciona por contraste: todo lo horrible que hacen los personajes es aquello que nosotros espectadores no debemos hacer porque está mal. En su buenismo de cotillón (que además mezcla y confunde ideológicamente cosas sin el menor rubor) la serie nos expone a los males del mundo mediante conejillos de indias que los experimentan para que nosotros no pasemos por ello. En definitiva, esa familia opera por medio de sacrificios de cariz crística (no necesariamente cristiana), en donde siempre el sacrificio y la entrega es por el otro y para el otro. Nada más psicopático que eso: los personajes sufren para que nosotros no cometamos sus errores en un futuro próximo.

Con su apariencia cool y progre de serie preocupada por alertarnos ante el inminente futuro de cosas horribles, Years and Years nunca se aparta de la mirada condenatoria de aquel que no reconoce que el mundo es un cúmulo de contradicciones, en el que hacer cosas buenas y malas no define necesariamente las cosas en una o en otra dirección. Y es precisamente ese reconocimiento (el de las contradicciones) el que hace que vivirlo tenga tanto de difícil como de apasionante. No, para la banalidad del bien, siempre hay una serie de normas que tienen que cumplirse. Y si de paso somos buenitos, por ahí nos volvemos inmortales. Bienaventurados los buenos, porque de ellos será el reino de los cielos.

Comentarios