Twin Peaks
Temporada 3
18 Capítulos de 60′
Dirigida por David Lynch

El surrealismo es otra cosa

Por Guido Segal

Una vez le escuché a Mauricio Kartún hacer la distinción entre dos términos que pocas veces suelen asociarse: entretenimiento y pasatiempo. Lo que el dramaturgo postulaba era que a menudo se confunde a uno con el otro, otorgando al entretenimiento los atributos negativos del pasatiempo; es decir, que el entretenimiento es algo valioso y de difícil factura, ya que no es nada sencillo mantener cautivo el interés del espectador, “tenerlo entre.” El pasatiempo, por otra parte, sería lo que su nombre anuncia: una actividad recreativa diseñada para ocupar el tiempo, independientemente de la calidad o profundidad del producto. La diferencia, a fin de cuentas, está dada por las herramientas que se aplican para la construcción de la obra, en las estrategias formales y discursivas y en el cuidado al detalle. Sin embargo, lo que distingue al buen entretenimiento es la solidez de su relato, de su peso narrativo: nos enganchamos a una película, una serie o una obra porque hay una historia y una estrategia narrativa que nos hace querer seguir viendo, querer saber cómo sigue, qué va a pasar, cómo termina la cosa.

Las series modernas –representantes de un ciclo que se inició a fines de los noventas con Los Sopranos, se potenció con la parafernalia multirrelato de Lost y la minuciosidad conspirativa de Breaking Bad o House of Cards– se apoyan fundamentalmente en un relato finamente hilado y solventado por cliffhangers y golpes de efecto. Su rigurosa planificación en escenas, actos, capítulos y temporadas se basa en una hermosa manipulación a la que uno se entrega, a una seducción cronometrada y dosificada para que nunca dejemos de mirar. Sabemos que en el clímax de cada capítulo pasará algo que parece irreversible y que el final del capítulo será una nota sostenida que nos obliga a no apagar el aparato. Sabemos que hay relatos secundarios que quedarán colgados hasta el siguiente episodio, o incluso más adelante, para sostener la duda que nos despierta interés. Sabemos que la temporada terminará en un bang que no veíamos venir. El juego ha llegado a su máximo esplendor y cada nueva serie debe enfrentarse a ese desafío: cómo seguir sorprendiendo, cómo seducir al espectador para que no huya a otra serie, cómo generar la adicción.

¿Cómo se inserta la nueva temporada de Twin Peaks en este panorama? Esa es la pregunta que intentaré responder. Y empezaré diciendo que lo hace coqueteando con la lógica de mercado y con la lógica “artie-galerista” al mismo tiempo. Ese coqueteo no es nuevo en el mundo Lynch. De hecho, es su marca constitutiva. Si bien esta Twin Peaks es un paso original y novedoso en su filmografía, la operatoria es la misma que lo definió siempre: Lynch se inserta en géneros conocidos, se los apropia, los usa para ingresarnos en un mundo conocido y, una vez que se asegura de tenernos, retuerce los códigos hasta desconcertarnos. Por eso es tan exasperante escuchar tan seguido que Lynch es un cineasta “surrealista.” Nada más lejano. Lynch es un cineasta clásico, que se alimenta sin cesar de Hitchcock, de Wilder o Minnelli y que aplica una estrategia muy similar a la de los maestros clásicos: tomar la fórmula eficiente, trabajar en torno a los códigos genéricos y al modo en que representan a un mundo norteamericano idealizado (la mente Lynch, y Twin Peaks en particular, están siempre ancladas en un imaginario muy 1950), y luego introducir en ella lo deforme, lo pesadillesco, el elemento que no corresponde en ese mundo y que lo destruye o reformula desde dentro.

Si el cine o la TV de Lynch son entretenidos es porque Lynch es antes que nada un gran cineasta clásico, que manipula las herramientas formales para que situaciones, personajes y tramas nos mantengan entretenidos. Es un detallista, que trabaja con precisión y que pone toda su maquinaria al servicio de la seducción. Mucho se ha dicho del valor onírico de Mullholand Drive, pero nadie parece recordar que la última secuencia, en esa fiesta donde aparecen todos los personajes, explica todo lo que en la película es difuso: la relación de poder entre ambas mujeres, el derrape psicótico de una de ellas, la vuelta a la dura realidad. Es hasta un poco decepcionante encontrarse con tal nivel de explicación, pero ese no es el punto: Lynch quiere que entendamos, no juega al misterio. Lynch construye sentido, aún si lo hace de forma oblicua narra y trabaja el significado de cada cosa. No hay azar ni hay capricho. También es cierto que sobrecarga imágenes y sonidos de texturas, pero ese trabajo formal es una capa extra que da color sobre un tapiz original que responde a las estrategias narrativas clásicas. La Twin Peaks original (fundamentalmente la primer temporada) era claramente un melodrama; es más, era una telenovela o “soap opera”, que fue promocionada en horario estelar para las amas de casa de Wisconsin u Ohio. En la época de su estreno, fue consumida como si fuera Days of our lives, sin saber que la manzana venía podrida. El fanatismo de culto es posterior, pero no hay que olvidar que el éxito de la serie provino de una audiencia masiva, que no venía a ver “una de Lynch” sino la última tira dramática de CBS. Y Lynch demostró que puede ser el perfecto intermediario entre la lógica mainstream y el mundo de las tinieblas, ese que en realidad vive acá al lado pero que muy pocos saben plasmar con las armas del cine.

El gran desafío de la nueva temporada era cómo lidiar con la autoconsciencia. ¿Cómo satisfacer a los entendidos y a los nuevos a la vez, cómo no arruinar ese submundo rancio de depravados, fantasmas e ingenuos torturados? Lynch lo hace de nuevo: no volvió, no se repitió, no hizo Twin Peaks. El pueblo y sus personajes reaparecen, pero también nos traslada a South Dakota, Las Vegas y Nueva York. No presenciamos un revival de la serie original, sino que nos introducimos en la última película de Lynch, un mazacote de 18 horas que ahonda aún más profundamente en los mundos y obsesiones del director. La estrategia es increíblemente osada: no intenta complacer a nadie más que a sí mismo. Y, con esa vieja máxima que dice “pinta tu aldea y pintarás al mundo”, acaba complaciendo a todo el mundo. Frente a la opresión de complacer, el director elige liberarse al máximo. Hace la suya, la que le pinta, y es la mejor opción posible.

Volviendo ahora a la idea de la serie contemporánea y de sus mecanismos narrativos, Twin Peaks pega un salto. Repasemos: ¿Hay múltiples tramas que se continúan de capítulo a capítulo? Sí. ¿Hay una pregunta central, que nos mantiene en vilo e impulsa la serie hacia adelante? Por supuesto, si Cooper/Dougie vencerá al Cooper malo y restablecerá el orden. ¿Hay un misterio central, ligado al pasado anterior al capitulo uno y que necesitamos descifrar para terminar de entender? Sin dudas, qué pasó con Cooper en los 25 años de aislamiento en el Black Lodge y qué ocurrió con el múltiple asesinato en South Dakota, hecho que parecería estar ligado a Briggs. ¿Hay arcos dramáticos de los personajes, cambios en su modo de actuar de capítulo a capítulo? Afirmativamente. Cooper evoluciona sin parar, pasando por múltiples estados anímicos, hasta reencontrarse con sí mismo. Hay intereses amorosos, intríngulis que se complican, adversarios que se vuelven cada vez más poderosos, un protagonista (Cooper bueno) y un antagonista (Cooper malo). Estamos entonces ante una serie hecha y derecha, nada de surrealismo. Pero hay una particularidad: Lynch cumple con el libreto pero además introduce elementos texturales ligados al mundo y a los personajes secundarios. El formato serie le permite un rango y un juego que en el mundo limitado de una película no puede hacer. Y, a diferencia de otras series, esa capa no es un agregado sino la esencia. Ahí viene más o menos mi tesis central sobre la nueva temporada: no la consumimos adictivamente por el relato sino por la textura. Yo no miro Twin Peaks con fanatismo porque necesite saber qué va a pasar con Cooper o Gordon Cole o con el Sheriff. Yo me engancho a la serie porque me intriga saber cómo va a seguir expandiendo ese mundo Lynch, adónde lo va a llevar. La adicción que genera esta tercer parte es con el mundo y con los infinitos personajes secundarios, no con su trama central ni con su desenlace.

Si tomamos este punto de partida, es más fácil entender por qué la serie es tan fragmentaria o, incluso, la función del ya famoso capítulo 8. El atractivo de este episodio anómalo es que es pura textura. Deja de lado a prácticamente todos los personajes centrales, casi no hace avanzar la trama (o al menos no de forma evidente) y se centra en una larga seguidilla de apartes e inserciones de apariencia arbitraria. ¿Por qué funciona, entonces? Porque representa al extremo el encanto de la serie. Es un capítulo donde el fondo se vuelve figura. Es de esperar que Lynch retome cada uno de los elementos que configuran al capítulo (las explosiones nucleares en Nueva México, el vagabundo fumador asesino, la niña mexicana y el insecto que se introduce en su boca), pero en un principio cada uno de esos elementos constituye un acto de seducción puro y autónomo. Si uno quisiera asumir la posición anti-analítica y dejarse llevar por la potencia de las imágenes y los sonidos, el capítulo funciona; si uno quiere asumir la posición interpretativa, me atrevo a afirmar que al final de la serie tendremos respuestas. Pero en ese doble juego de satisfacer a públicos diversos Lynch se revela como un cineasta totalmente clásico, en control de cada una de las capas que despliega en imagen. Tal es su maestría que entra y sale de códigos diversos, que salta de un tono a otro sin que se le vean los hilos, que se permite pasar del más denso terror psicológico (Cooper malo “asesinado” y revivido por los vagabundos del mal) al humor Francelesco de Dougie. Ahí Twin Peaks también se desmarca de todo: no es un drama, no es una comedia, no es una de terror, no es una de suspenso ni un thriller. Es todo a la vez, y todo funciona. Es la sumatorio de todos los géneros y todos los tonos, desplazados.

Cabe preguntarse, para terminar, si estamos ante algo nuevo. La pregunta sobre lo nuevo cansa, y es a fin de cuentas un poco improductiva, pero fue tal el revuelo en torno al capítulo 8 que podemos retomarla. Yo creo que ya no hay nada nuevo. Lo que hay, y ahí es donde radica la vitalidad de la industria televisiva actual, es un uso inteligente de más de cien años de exploraciones audiovisuales. Lo que Lynch hace es tomar de diversas fuentes, y no solo de la historia de la narrativa norteamericana. Lo que hace es no someterse a la tiranía de la explicación, lo cual no quiere decir que no la haya. Uno percibe que detrás del planteo hay un trabajo sobre el sentido, y eso a mí me satisface aunque el sentido no sea evidente. De hecho, esa es la marca del buen cine narrativo: cuando se entiende sin que me lo digan, o cuando me dejan el espacio para rellenar de sentido sin que las posibilidades de comprensión sean infinitas. El collage no es nuevo (ni necesariamente “surrealista”), la superposición de paletas de color no es nueva, el salto temporal no es nuevo, la postulación de escenas que transcurren en mundos paralelos no es nueva, y así sucesivamente. El ordenamiento de los elementos es nuevo, pero no más nuevo que en cualquier otra producción. Lo que impacta es que el resultado es impredecible, y uno agradece el no saber qué va a pasar luego. El capítulo 8 es efectivo porque introduce una lógica, la de la instalación o el videoarte o la obra museística (términos horribles todos) en medio de un canal explicativo y eficiente como es la televisión. ¿Pero es nuevo? ¿Acaso importa? Es bueno, y eso es lo que importa. Y es bueno porque apela a todos los logros del cine clásico que más nos gusta, superponiendo elementos que a priori parecen disonantes y haciéndolos coexistir dentro de una matriz de sentido suficiente como para que no estemos totalmente perdidos.

Aún falta medio camino por recorrer. Si la serie logrará sostener la potencia de estos primeros capítulos es un misterio aún más grande que si Cooper vencerá o caerá derrotado. Lo que celebramos, a fin de cuentas, no es la innovación sino la libertad, que se palpa y se aprecia en cada nueva entrega. Ser testigos de un cineasta en la cúspide de su saber jugando como un amateur con sus propias creaciones, sin pagar cuentas a nadie. Encender la tele o sintonizar la computadora para ser sorprendidos. Esa es la verdadera victoria, la de lo conocido/desconocido, esa gran verdad anunciada por Barthes. Si vivimos en un mundo donde uno puede poner play y ser sorprendido sin límites, quizás ya sea hora de cajonear el término “caja boba.” Bobos son los humanos encadenados a los límites de su mente.

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