Wuthering Heights
Reino Unido-Estados Unidos, 2026, 136
Dirigida por Emerald Fennell.
Con Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Alison Oliver, Shazad Latif, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Amy Morgan, Jessica Knappett, Charlotte Mellington, Owen Cooper y Vy Nguyen.
The Film Zone a las 3 (pm)
En mi adolescencia, cuando internet no existía, cuando el porno era un lujo asiático y cuando la práctica sexual todavía estaba relativamente relegada a los que tenían alguna circulación entre diversos grupos de personas (mi tendencia era mas bien la reclusión, elección gregaria que me hizo ser quien soy), el softcore por cable post 1 am era una de las pocas estrategias que nos quedaban (a los hombres y mujeres) para desatar la lujuria del manoseo propio. El cine erótico (en sus limitaciones consetudinarias: mostrame pero no me la pongas) era el territorio del imaginario a media luz por las noches. Paja y a dormir que mañana hay que ir a la escuela a rendir el parcial de físico-química.
Pasaron casi 30 años de eso, chicos.
Cuando empezaron a circular las primeras imágenes de la nueva versión de Cumbres borrascosas (una de mis novelas favoritas de la existencia, sin dudarlo) me puse contenta. Básicamente porque la incapaz cinematográfica de Emerald Fennell se había dado cuenta que había que ir por otro lado y no se le ocurrió mejor idea que convertir a todo el asunto en 50 sombras de Grey. No solo me parecía una idea simpática y sacrílega con un texto tan canonizado como el de la Brontë sino que me generaba una expectativa inevitable: ¿Cómo iban a contar esa tragedia amorosa decimonónica a lo largo de dos generaciones con el sistema calenturiento softcore de la novela falopa del siglo XXI, instrumento incluso deficiente como para mojar bragas de señoras en estado de necesidad masturbatoria?
Fennell pudo haberse apropiado de la novela original (en parte lo hace, y nos guste o no la omisión, no deja de ser un mínimo riesgo: elidir el cambio generacional); pudo haberlo llevado hacia el costado sabrosón de duplicar la apuesta por el sexo y que todo el asunto se convirtiera en un culebrón softcore (como si lo hace la autoparódica La empleada); pudo haber soficoppolizado todo el recorrido para hacer su María Antonieta. Pero no hace nada de eso. O lo hace todo, un poquito en cada etapa, para que toda su película se convierta en un material soso que prescinde de la autoconciencia (que tan bien le había hecho al inicio) para terminar tomándose todo el asunto demasiado en serio, incluso cuando tenía que saltar al vacío (del BDSM, por ejemplo).
Expuesta como una suerte de versión audaz, lo que logra Fennell con su adaptación es el imposible cruce de caminos: traernos el softcore para convertirlo en material de consumo de amas de casa con represión primaria. No busqen tetas, pitos, conchas ni nada de eso. El sexo está lejos, como esas películas de las 3 am, hoy asimiladas a risitas nerviosas en una sala pacata.

