TV y Series

Computadora, cama, fin de semana o noche de corrido. Mirar una serie (actual o no tanto) implica un salto al vacío en muchos casos.
Acá intentamos hacer algo con esa duda existencial que carcome, si, pero desde una perspectiva personal: ¿Qué hay para ver?

Sex Education – Segunda temporada

La última secuencia de la segunda temporada de Sex education, donde hay un mensaje en un celular que no llega a ser escuchado por el destinatario porque un tercero lo borra deliberadamente, es en buena medida un resumen de todo lo que se había visto previamente. En su nueva entrega, la serie creada por Laurie Nunn termina por abrazar su costado más telenovelesco, ese donde predominan idas y vueltas, malentendidos, triángulos amorosos, verdades, mentiras, verdades a medias, mentiras piadosas y hasta enfrentamientos de clase. A tal punto lo telenovelesco adquirió centralidad, que hasta quedó un tanto relegada la parte del procedural, del análisis de las neurosis sexuales de los estudiantes, profesores y otros habitantes del pueblo que había sabido ser el centro de la temporada inicial. Me corrijo. Más bien creo que se terminó de constituir en una capa adicional dentro de un relato plagado de giros que rozan el inverosímil pero que nunca dejan de ser juguetones. Hay algo indudablemente lúdico en esta segunda temporada de Sex education -una voluntad constante por jugar con los límites de lo creíble-, que lleva a la serie a convertirse casi en una parodia de sí misma.

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The Outsider (parte I)

The Outsider (promocionada como El visitante) tiene y no tiene lo que hay que tener. Perdón? Si, lo que hay que tener para ser uno de esos eventos audiovisuales. Por un lado tiene una premisa lo suficientemente atractiva como para generar un punto de anclaje necesario. Al mismo tiempo no tiene eso que muchos otros “eventos” supieron construir: una empatía necesaria con los personajes, una sensación de pertenencia a un tiempo específico narrado o una interlocución cultural (competencia lingüística) suficiente como para que eso que llamamos el público cautivo esté a la expectativa. Algo de todo esto es bueno y es malo. Lo bueno es que esa traición despeja en buena medida a los serie-goers que necesitados del evento generan un atractivo que gira mucho más en torno a la periferia de la serie que a la serie en si. Lo malo es que esa ausencia de evento también habilita a que la serie experimente con salidas imprecisas de ese mundo de demandas conocidas que todo género provee.

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Barry – Segunda temporada

Si Breaking bad partía de una estructura claramente vinculada con lo dramático y la oscuridad de sus personajes (y de sus acciones), para ir incorporando rápidamente distintas capas de sentido relacionadas con la comedia, Barry hace lo mismo pero en dirección contraria: lo que comenzó como una comedia absurda fue derivando paulatinamente en un drama cada vez más siniestro, donde los márgenes para la redención o huida son cada vez más escasos, mientras que los espacios para la tragedia se agigantan. En este posicionamiento, la segunda temporada de Barry redobla la apuesta. No solo desde el recurso de un cliffhanger perturbador -que ya estaba al cierre de la primera temporada y que vuelve a repetir para clausurar su segundo año-, sino también en la forma en que expande el microcosmos que habita el protagonista, donde hay cada vez más fuerzas al borde de la colisión, con una sensación de inminente estallido que se hace cada vez más fuerte.

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Fosse/Verdon

Fosse / Verdon es una biopic, si, pero no de las obvias. Es un reconocimiento a dos artistas únicos. Y en esa representación se puede leer una lectura contemporánea de las secuelas de ese Hollywood que se autodenominaba progresista, pero seguía las pautas del Hollywood más conservador. Y asi como en la superficie se postulan revoluciones, mucho de eso que observamos con espanto no cambió. Pero la serie no es sobre una agenda contemporénea. Es, fundamentalmente, la historia de un amor clásico que trasciende la política, la denuncia y a los personajes mismos. Vale la pena recordarlo y conocerlo, evitando ciertos clisés y explotando dignamente lugares comunes del género.

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Drácula

Uno debería preguntarse qué carajos acaba de ver. No porque estemos ante algo tan radicalmente nuevo ni ante algo tan radicalmente raro ni ante algo tan radicalmente malo. El punto es que estamos ante un Zelig audiovisual. Porque Dracula, la serie, hace eso que alguna vez supo hacer el personaje encarnado por Woody Allen en esa obra maestra de 1983: muta para que no se note su presencia. Pero al mismo tiempo necesita dejar en claro el gesto. Porque si algo hace de esta miniserie breve (aunque sus tres episodios de 90′ buen podrían durar menos, porque se sienten como si fueran de 180) una serie contemporánea es esa necesidad por quedar bien con todas y cada una de las agendas disponibles: mirar al mito pasado, deconstruirlo y criticarlo desde el presente, satirizarlo con cinismo, pedir disculpas apelando a un romanticismo que emparente a la serie con las versiones mas condensadas del mito.

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