Categoría: Volver al Futuro

Podemos pedirle a Emmet Brown y a Marty McFly que nos lleve algunos meses atrás para decir lo que no dijimos oportunamente sobre algunas películas en su momento de estreno.
Si son esa clase de personas que llegan tarde, bienvenidos, nosotros también procrastinamos.

Un sueño hermoso

El documental de De Leone bucea a través de una ardua labor de investigación a partir de material de archivo televisivo, de la prensa gráfica, de fotografías, de fragmentos de películas y del formato de entrevistas a diversos participantes de De eso no se habla (el asistente de dirección Alejandro Maci, la entrenadora actoral Berta Goldemberg, el co-guionista Jorge Goldemberg, la productora Lita Stantic, la vestuarista Graciela Galán y los actores enanos Beatriz Colavita y Juan Carlos Ramírez) para acercar al espectador a la vida de Alejandra Podestá, para que podamos conocerla no sólo en su faz de actriz, sino también en tanto persona recuperando sus sufrimientos y sus sueños más íntimos. A su vez, narrativamente, la película se construye en cinco capítulos: La directora, La actriz, La película, El después y Alejandra, donde el último tiene la virtud de hacer resonar en el aire la voz luminosa que evoca su presencia.

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Araña

Araña ha sido defendida por ciertos sectores críticos argentinos, a pesar de que su testarudo discurso ni siquiera está apoyado en la autoconciencia que si expresaba un director como Todd Haynes -que, digan lo que le digan, si algo sabe hacer es manipular al espectador-. Vayamos a la película de Wood. Pensemos, por ejemplo, aquella escena donde se presenta al personaje de Gerardo, en la que la desidia vence al drama, porque la puesta en escena, así como la marcación actoral, evitan el progreso hacia el enojo del personaje. Bien por el contrario, este se plantea como una irrupción en un clima que tampoco se siente tan calmado. Esa irregularidad lejos está de plantear sistema, todo está lejos de plantear sistema, siquiera un sistema de irregularidades.

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Buscando justicia

Suelo llegar tarde a casi todos lados. Es una constante en mi vida. La cuestión es que, para no perder la costumbre, había leído algunas reseñas favorables a esta película pero por esas cosas del trabajo, hijos, esposa, vida en general, se me había hecho imposible ver. Bueno, llegó el fin de semana. Por esos azares que brindan los compromisos familiares me tocó quedarme solo entonces me puse al día. Por algún motivo empecé por Buscando justicia. Todo lo que había leído sobre ella me resonaba a esas películas bienintencionadas sobre juicios malhabidos y condenas injustas. No me pregunten por qué, pero conmigo suele funcionar muy bien eso: En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993) me había afectado bastante al final de mi adolescencia, allá por inicios de los 90. El problema es que estas películas suponen un problema más bien del orden de lo afectivo, de lo emocional, antes que cualquier otra cosa.

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Bacurau

Bacurau, desde esta perspectiva, amén de su ejercicio antropofágico de poner los ejes temporales en trance pero también las influencias culturales -que gusta mucho, porque mal entendido la atropofagia simula un discurso multicultural cool-, no podría estar más lejos de Carpenter. Por sus alegorías de manual? Bueno, algo de esto ya estaba en Glauber Rocha, es cierto, pero era el mismo Rocha quien subvertía la linealidad de lectura para llevar el asunto a otros terrenos bastante más problemáticos que una relación de doble entrada entre opresor y oprimidos. Por su uso lúdico de los géneros? Hasta cierto punto lo de lúdico. Porque si algo hace la película con esos géneros que atraviesa (algo del cine de aventuras, algo de terror, algo de western) es convertirlos en un material transparente, haciéndoles perder la opacidad. Y con su transparencia, perdemos matices.

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Cartero

Cartero procede, entonces, gracias a un estudio meticuloso de las obsesiones narrativas del NCA. Películas que mostraban al argentino de clase media, luchando el día a día, calladito sin levantar el rostro hasta que en algún momento explotaba todo, en un climax, a veces, un poco inverosímil, pero que simbolizaba un cambio de rumbo doble: el final de una época pero también un cambio en el modo de narrar. Y los críticos y cinéfilos aplaudíamos entonces, enceguecidos, por la novedad del recurso. Pero los últimos 5 minutos de Cartero no solamente son inverosímiles y abruptos, sino que además pecan de una cursilería ridícula y manipuladora, efectista, incluso para un film que apela a cierta nostalgia a la vez que critica valores y costumbres perdidas. Incluso, hay que atribuir que el film tiene buen ritmo y momentos atrapantes, y podría haber continuado tranquilamente durante media hora más, exprimiendo un poco más el comportamiento del protagonista con su obsesión. Era preferible eso antes que justificarlo de la forma más naif posible. Un giro narrativo forzado e innecesario, que demuestra la ausencia de una idea o concepto más allá del retrato formal o reconstrucción llena de matices de una época.

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