Secciones Paralelas

El problema de la propaganda en el cine político argentino (I)

Nos gustaría comenzar a garabatear algunas ideas clave para pensar algunos problemas que se repiten en el cine argentino contemporáneo una y otra vez. Más específicamente en el cine político argentino contemporáneo. O al menos de 1983 a la fecha. El cine político argentino está obsesionado con un pasado selectivo. O con un presente selectivo. Construye discontinuidades históricas en vez de procesos en continuidad. Hace saltos selectivos lo suficientemente graves como para que la historia quede en suspenso y pueda ser fácilmente manipulada. Solo los procesos históricos, con sus idas y vueltas, con sus tiras y aflojes pueden dar cuenta de la situación cabal que una crítica política quiere efectuar. Por eso el cine político solo puede ser político en tanto respete esos parámetros. Si no lo hace y su horizonte está contra aquel que asume algún poder constituido entonces es cine de resistencia. Si por el contrario el discurso es desde el interior del poder constituido, es propaganda lisa y llana.Habría que preguntarse, entonces, frente a estas características, que rol asumió el cine argentino en los 37 años de democracia. Acá podrán leer la primer parte de varias entregas en un intento por responderse esa pregunta: en qué se convirtió en cine político argentino a lo largo de estos casi 40 años?

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Si es cine: épica, epopeya y amnesia cinéfila

Bastante cansado (sino directamente harto) de escuchar las misma voces repitiendo las mismas cosas desde los mismos lados sobre la falsa antinomia cine de autor vs cine de superhéroes, el autor de esta nota se sentó a pensar extensamente qué es lo que podía estar pasando de fondo. Por qué el cine de supehéroes funciona como funciona, qué relación tiene con el cine de autor y con la épica en particular. Y a partir de las declaraciones de Martin Scorsese las cosas parecieron aclararse. El texto es extenso, eso asi. Están avisados.

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Scorsese, violencia y veneno

Habría que retrotraerse y pensar en algunas cuestiones. En Scorsese la celebración del gánster no es producto de un mito, como en los viejos arquetipos del género en los 30s, sino que es el resultado de una operación subjetiva. Henry Hill siempre quiso ser un gángster y lo dice desde el mismo inicio de Buenos Muchachos. De hecho la película se posiciona en la mas plena subjetividad. Por eso la idealización de esa figura no es objetiva, sino que la procesión va por dentro. No estoy diciendo nada nuevo, por supuesto. Pero ese momento que mencionaba antes despierta una posición ambigua de MS respecto al tema. Hay algo de una sensación de disgusto ético frente a la crianza que luego se convierte en abandono de parte del mundo de los gángsters frente a Henry.

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The witchfinder general (Michael Reeves, 1968)

A lo largo de la década del 60 pocos actores hubo que trabajaran de manera tan incansable para redefinir las reglas y posibilidades de un género. Uno de ellos fue Vincent Price, quien no conforme con construir una carrera que redefiniera los arquetipos del terror post-clásico, también participó en los cambios de estilo y forma. En esta dirección de cosas The witchfinder general es una perfecta película de transición. Y es que ahí en donde el terror empezaba a desarrollar un veloz proceso de modernización (recordemos que en 1968 fueron concebidas tanto El bebé de Rosemary como La noche de los muertos vivos) otras películas ejecutaban silenciosas transiciones, en mayor medida en manos de artesanos competentes.

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The Beast with five fingers (Robert Florey, 1946)

Hacia mediados de la década del 40 el malestar comenzaba a instalarse con fuerza en el cine de estudios. Las viejas épocas en las que el terror arrasaba con una lógica demoledora comenzaban a quedar fuertemente cuestionadas por el avance de nuevas propuestas en el género, por lo que la relación que podía establecerse con el género empezaba a experimentar un cambio radical (no casualmente este cambio se profundizó de manera evidente hacia mediados de la década siguiente, con el sistema de estudios en plena crisis, en una competencia feroz que llevaría a la necesaria reformulación de eso que en algún momento habíamos conocido como el período del hollywood clásico). El terror del cine clase B podía permitirse tensiones, ambivalencias varias pero, fundamentalmente, podía habilitar algunos riesgos que el terror de estudio todavía no lograba adoptar. En ese marco de transiciones existieron películas anómalas y perturbadoras.

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