DTF St. Louis

Por Marcos Ojea

EE.UU., 2026, 8 episodios de 50′
Creada por Steven Conrad
Con Jason Bateman, David Harbour, Linda Cardellini, Richard Jenkins, Joy Sunday, Arlan Ruf, Peter Sarsgaard, Chris Perfetti

Nadie es normal


Un triángulo amoroso en un suburbio típico estadounidense. Esa parece ser la premisa de DTF St. Louis, que ya desde el póster nos da la primera pista: tres adultos sentados en hamacas, ella en el medio, ellos a los costados. El primer episodio da cuenta de los hechos: dos tipos se conocen en el trabajo, se hacen amigos, se presentan a sus esposas, y luego de una charla a corazón abierto, se bajan una aplicación de citas para gente casada. Se sienten estancados, quietos, necesitados de una aventura; será un secreto entre los dos. La escena siguiente nos ubica en unas piletas públicas, a la mañana, donde la policía ingresa para constatar que uno de los tipos está muerto. Apoyado contra una bañera, con la panza al descubierto, y con dos objetos que descansan a su lado: una lata vacía de Bloody Mary, y una revista porno gay.

No es spoiler, porque de hecho está en la sinopsis. Lo que sigue, la tarea que ocupará el resto de los siete episodios, es la de llenar esa elipsis, mientras, en tiempo presente, los sobrevivientes son interrogados y cuentan cada uno su versión de la historia. Si bien hay una investigación que guía el relato, de la mano de los detectives Donoghue (Richard Jenkins) y Plumb (Joy Sunday), lo que en realidad hace la miniserie es disfrazarse de policial. En el fondo cuenta otra cosa: la crisis de mediana edad, y cómo puede afectar y acercar a hombres que en principio no tienen nada que ver el uno con el otro.

Clark Forrest (Jason Bateman) es un meteorólogo estrella, que parece tenerlo todo: reconocimiento, una familia modelo, estabilidad económica, incluso su cara aparece en enormes carteles distribuidos por la ciudad. Floyd Smernitch (David Harbour) no tiene nada de eso, o lo tiene de forma disfuncional; trabaja como intérprete de lenguaje de señas, y sobre su espalda pesan variados sinsabores, que incluyen deudas, sobrepeso, problemas de salud, un hijastro que lo desprecia, y una esposa que ya no lo desea. Esa mujer, Carol (Linda Cardellini), será la punta de lanza del conflicto, y abrirá el juego para que estos hombres tan disímiles enreden sus destinos hasta límites insospechados.

Creada, escrita y dirigida por Steve Conrad, DTF St Louis (título tomado del nombre de la app de citas) tiene algunas virtudes muy marcadas, empezando por el desarrollo de sus temas, en plan comedia negra que poco a poco va virando hacia el drama y la oscuridad, y siguiendo por un elenco maravilloso, en el pico de su talento. La dirección de fotografía, a cargo de James Whitaker, brinda un paisaje ideal para el devenir de estos personajes: tonos opacos, sombríos, que sin embargo se sienten confortables, como si se tratara de un otoño permanente. La cámara sigue a Clark y a Floyd y utiliza sus cuerpos para narrar el contraste: la forma atlética pero poco viril de Clark se ensombrece ante la enormidad de Floyd, antes musculoso y ahora panzón, pero aún así, desde lo visual, más “hombre”.

Dentro de Floyd habita una contradicción muy común, el macho de afuera recubre al niño de adentro, al tipo inocente, de corazón gentil y amabilidad extrema. La interpretación de Harbour, con sus expresiones y el manejo de su físico, es uno de los puntos altos de la miniserie. Un contrapeso perfecto para la labor de Bateman, que es como un reptil al que nunca sabemos si creerle del todo. El misterio que representa para los detectives se extiende también a los espectadores. Linda Cardellini, por su parte, da forma a Carol desde todos los ángulos: mamá amorosa de un hijo con problemas, esposa desdichada pero orgullosa de su marido, árbitro de béisbol para sacar un dinero extra, y amante tan sexy como dominante, capaz de aplastar a cualquier hombre. A los dos últimos puntos la cámara los aprovecha para crear otro contraste, esta vez en una misma persona. Como árbitro, Carol queda anulada de su atractivo, y más aún cuando vuelve a casa y sigue vestida así. Pero como amante, ya sea en una charla informal o en el telo, su sensualidad se despliega como una magia envolvente y adictiva.

Decíamos antes que DTF St. Louis se ponía el disfraz de policial, pero en realidad era otra cosa. Este recurso, que en principio es provechoso y estiliza la narración, se vuelve luego una molestia, como si toda la investigación nos ensuciara la visión, en lugar de revelarla. A medida que avanzan los capítulos, y a pesar de que la intriga se mantiene, cada vez importa menos quién fue el culpable, si es que acaso lo hay. Tal vez sea por eso, cuando el panorama está claro y completo frente a nuestros ojos, que el último episodio se sienta extraño, con gusto a poco, anticlimático.

En cambio, si nos corremos de quién hizo qué, la miniserie nos ofrece su mejor acierto, que no es otro que el retrato de una masculinidad torpe, con el ego herido, que se mueve a tientas buscando afecto y, mejor aún, reconocimiento. No hablamos de fama, sino de la mirada de un otro, aunque sea uno solo, que diga que todavía sirven, que todavía valen algo. Ese fresco suburbano, existencial, y a la vez universal, es el campo de batalla donde la miniserie hace sus mejores jugadas, donde mejor clava el bisturí y disecciona a estos seres rotos, lastimados, que solo quieren ser normales. Aunque se sabe: nadie es normal, solo lo parecen desde la vereda de enfrente.

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