Ella McCay: imperfectamente perfecta

Por Amilcar Boetto

Ella McCay
Estados Unidos, 2025, 115′
Dirigida por James L. Brooks.
Con Emma Mackey, Jamie Lee Curtis, Jack Lowden, Albert Brooks, Woody Harrelson, Kumail Nanjiani, Ayo Edebiri, Spike Fearn, Julie Kavner, Rebecca Hall, Becky Ann Baker y Joey Brooks.

Ordenar la realidad

Los guionistas de moda en Hollywood han logrado que la composición de personajes  determinados por la necesidad, sumidos en la urgencia del deseo o la ambición, sean una norma,  tanto para los premios de la academia como para otras películas menos prestigiosas pero  populares. Esos guionistas nos proponen un realismo sórdido, basado en la falta de escrúpulos y  en obstáculos cada vez más gigantes que alejan a sus personajes sedientos de su preciado  objeto de deseo. En el medio, sucede la película, como un gran segundo acto en donde, en palabras de David Mamet, es muy difícil pensar en salir del pantano cuando estás luchando con cocodrilos.  

Ante Marty Supreme, Ella McCay parece una película ingenua, en la que el mundo le permite a su  personaje principal una victoria moral sin humillar a los demás ni a sí misma. Pero la palabra  ingenuidad bien podría reemplazarse por la palabra libertad. Es decir, el hecho de que el  personaje de Ella no sea presa de su necesidad la vuelve ingenua a los ojos de un espectador  contemporáneo, demasiado comprometido con la real politik como para pensar en problemas  morales. Cuando se anula la capacidad del personaje para decidir, como sucede, por ejemplo, en  La Sustancia, la moral desaparece como un problema que afecte a los personajes. El guionista se  convierte en el dictador de la moral de la película, poniendo a sus personajes en situaciones  límites y llevándolos siempre más allá, sin que ellos puedan decir hasta acá.  

Y precisamente ese hasta acá es el que define a Ella McCay, una reinterpretación del cine de  Frank Capra a través de las películas que el propio James L. Brooks filmó desde los años  ochenta. Al igual que George Bailey, Ella debe decidir en qué momento dejar de lado sus  ambiciones personales en servicio de un bien común, pero Brooks va incluso más lejos que  Capra en este aspecto, porque para él ni siquiera la familia es un bien último e inamovible. Brooks  pone en escena un conflicto similar al de su How Do You Know: la negación del perdón al padre  abandónico es otro aspecto en el que Ella McCay es una película libre, porque Ella, al igual que  Paul Rudd en How Do You Know tiene la potestad de cuestionarse y de decidir sobre todos los aspectos posibles de su vida.  

El mundo no es el mismo que en 1946 y Ella no puede ocupar el centro de su comunidad. Por el  contrario, su rechazo a la familia y al matrimonio, que deriva muy rápidamente en un escándalo  político, la condena al ostracismo en su propio partido. Pero el mundo tampoco es igual al 2008 y  James L. Brooks tiene que contextualizar su película en ese año para que sea verosímil que un  personaje como Ella McCay exista. La amarga realidad es que la película de Brooks fue  condenada al mismo ostracismo que su protagonista y que un público que se cree más vivo que  la película la condena por sus aspiraciones utópicas.  

Como es habitual en Brooks, el solipsismo de sus personajes se desarrolla como un blindex  resquebrajado. Algunos personajes tienen grietas más grandes y otros mantienen bien blindado  su domo protector. Las relaciones humanas son un modo de entender la política para Brooks,  donde el solipsismo provoca las mayores desatenciones comunicacionales de un mundo poblado  por personas demasiado separadas entre sí. Ella se diferencia de otros personajes de Brooks  porque es consciente de este problema e intenta remediarlo. Particularmente con su hermano  agorafóbico, pero también con el ex alcalde interpretado por Albert Brooks, Ella fuerza la  posibilidad del diálogo y del gesto afectivo. La debilidad política de Ella es, precisamente, la  comunicación, venderse a sí misma, ser seductora en sus discursos. Por lo menos eso es lo que  le plantea el personaje de Albert Brooks. Pero para James L., la comunicación no se trata  precisamente de la propaganda, sino de mirar a través de la rendija del blindex que separa a dos  personas. Eso es lo que intenta Ella del mismo modo que lo intenta James L. Brooks. La escena  de Ayo Edebiri con Spike Fearn es el centro de la película en este sentido: dos personajes que no  pueden decir lo que sienten evitan el enfrentamiento mediante una serie de excusas. La de Edebiri es salir a un restaurante, la de Fearn es hablar de lo que pasó el año que no se vieron. Lo  que se desata actoralmente a partir de que estas excusas se van desmontando expresa de una  mejor forma la urgencia que cualquiera de las películas de moda en la que sus personajes son  presos de sí mismos. Aquí, Brooks hace el proceso inverso y en lugar de maniatar, desata. Su  montaje es, precisamente entre la contención y la explosión, como en esa escena en la que el  hermano pequeño trata de contener las lágrimas por el fallecimiento de la madre, mientras  escuchamos de fondo el llanto de Ella en el cuarto. 

Al volver a dotar a sus personajes de la posibilidad de decidir, Brooks dota a su puesta en escena  de mirada. Cada escena vuelve a tener un sentido específico, un tono determinado y una serie de  eventos sucediendo. El realismo sórdido y ansioso de Josh Safdie nos plantea una puesta en  escena basada en el nerviosismo: los personajes quieren hacer algo y son interrumpidos por otra  cosa, esa otra cosa los lleva a un lugar en el que son perseguidos y empiezan a desarrollarse dos  o tres conflictos en paralelo, conflictos que son tratados como una acumulación de gritos. Esta  idea vitamínica de la realidad nos hace olvidar la función de la cámara, del montaje y de la  actuación. Ella McCay continúa el legado de How Do You Know, películas rápidas que no por  poseer esa cualidad tienen que pasar a ser confusas.  

Ordenar la realidad también es una respuesta política a un cine que nos propone fascinarnos con un determinismo decorado como caos. James L. Brooks narra a un personaje con un cierto ideal  firme y lo expone a lo largo de su metraje. A decir verdad ese es un riesgo mayor que el que casi  cualquier película de Hollywood corre actualmente. No solo porque es difícil ver a personajes que  interpreten el mundo en el que viven, sino porque los guionistas no creen que las personas sigan  creyendo en algo que no sea el dinero o el sexo.

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