Joy

Por Marcos Ojea

Reino Unido, 2024. 115’
Dirigida por Ben Taylor. 
Con Thomasin McKenzie, James Norton, Billy Nighy, Joanna Scanlan, Adrian Lukis. 

Una película linda

Joy es una película linda. No es un calificativo que se utilice en la crítica de cine, ni una palabra que suene muy intelectual, con un análisis sesudo por detrás. De hecho, parece ser todo lo contrario; una apreciación nacida de la emoción inocente de una tía, una tarde cualquiera, donde el cine y la telenovela pueden ser experiencias intercambiables. Sin embargo, aunque el crítico de turno se ponga quisquilloso, la evidencia es irrefutable: Joy es, ni más ni menos, una película linda, de esas que te hacen pensar, al final, que el mundo puede ser un lugar un poquito mejor. A veces.

Inspirada en hechos reales, narra los esfuerzos de tres profesionales, durante diez años, para conseguir la primera fertilización in vitro. La enfermera Jean Purdy (Thomasin McKenzie), el científico Robert Edwards (James Norton) y el cirujano Patrick Steptoe (Bill Nighy) son quienes llevan a cabo la hazaña médica, a la vez que se enfrentan, por un lado, al desdén de la comunidad científica, y por el otro, a la condena social, acusados de corromper la naturaleza y jugar a ser Dios. En esta cruzada de desprestigio, la prensa jugará un rol fundamental, llegando a invocar el nombre del Doctor Frankenstein para referirse a Edwards.

También estarán los obstáculos personales, que tomarán cuerpo principalmente en la figura de Jean. De educación religiosa (y con un secreto a cuestas), sus principios se verán vapuleados una y otra vez. En la piel de una actriz talentosa como McKenzie, es el personaje ideal para guiar el relato: su historia concentra varios de los problemas de época que contextualizan la gesta de la fertilización in vitro, desde el dilema moral hasta la propia necesidad de que el procedimiento exista. Que la película elija poner el foco en estas cuestiones íntimas, narrando desde adentro hacia afuera, la aleja del relato wikipedista en piloto automático; ese mal que acecha a las producciones de este tipo, donde los personajes son más excusas que seres vivos.

Otro de los aciertos de Joy, que podría ser criticado pero acá funciona, es el tono de fábula aleccionadora, con una Inglaterra visualmente encantadora como telón de fondo. Sabemos que, quizás, las circunstancias y las conversaciones hayan sido más duras, menos elocuentes, más “reales”. Pero la realidad, en términos estrictos, a veces no es funcional al hecho cinematográfico. Por supuesto que hay verdad en lo que vemos, basta con investigar en Internet y chequear la información, pero la película elige un camino menos riguroso, más cercano al mito. Es así que existe, por ejemplo, un cirujano polémico para la época, severo, que se vuelve entrañable en la piel del gran Bill Nighy.

Si aceptamos ese registro como una decisión formal consciente, sustentada en evadir el rigor y concentrarse en la leyenda, aparece también la posibilidad de correrse de los parámetros anquilosados de la crítica, para poder decir sin miedo que Joy es una película linda. Porque sí, es exactamente eso. 

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