Memorias de un caracol

Por Marcos Ojea

Memoir of a Snail
Australia, 2024, 95′
Dirigida por Adam Elliot.
Con voces originales de Sarah Snook, Kodi Smit McPhee, Jacki Weaver, Eric Bana y Nick Cave.

Pozo de penas


La historia de Grace Pudel es una sucesión de desgracias. La muerte de su madre durante el parto es solo el comienzo de una larga cadena de eventos desafortunados, que la propia protagonista va hilando con su voz entrañable (cortesía de Sarah Snook, reconocida por su papel en Succession). Quién escucha esa historia, además del espectador, es un caracol llamado Sylvia, liberado de su frasco luego de otro suceso traumático. La figura del caracol atraviesa la existencia de Grace, para bien y para mal: desde la temprana obsesión con estos animales, interpretados como refugio y compañía, hasta la sobreabundancia de memorabilia caracolísitica en la adultez, operando como un ancla tanto emocional como física. La soledad de esta mujer, que desde hace años espera el reencuentro con su hermano Gilbert, de quien fue separada en la infancia, parece insondable, terminal. Cualquiera que se asome a su vida quedaría espantado y demolido ante tanto infortunio, pero lo bueno para nosotros es que lo hacemos de la mano de Adam Elliot, escritor, productor y director de Memorias de un caracol.

Elliot, australiano, de padre acróbata y madre peluquera, viene desde hace décadas trabajando en filmes animados. Harvie Krumpet, un corto suyo del 2003, se llevó el Oscar. Memorias de un caracol, para no ser menos, estuvo nominada a Mejor Película de Animación, aunque perdió dignamente contra Flow. Los años transcurridos entre cada producción de Elliot dan cuenta de su estilo artesanal y de su técnica, un laborioso stop-motion con herencia burtoniana. Es justamente ese tono tragicómico, el mismo que Tim Burton imprimía a las películas de su mejor época, el que da sentido a la escalada de sufrimientos que es la historia de Grace. Una mirada que integra el humor negro con la ternura, y que observa el disparate como parte esencial de la experiencia, incluso como contrapeso de tantos males. Estirando la lista de posibles influencias, nos atrevemos a decir que también hay algo de Charles Dickens, sobre todo en el retrato de personajes a los que les va terriblemente mal, pero que siempre son narrados con compasión y una mueca jocosa.

Aunque Grace pueda sentirse sola, y razones no le faltan, lo cierto es que la película la rodea de una galería de personajes, entre adorables y despreciables, que le otorgan espesor al relato. Está su padre, un artista callejero devenido en un cuerpo postrado luego de un accidente; Gilbert, su hermano gemelo, el más burtoniano de todos, pirómano y depresivo, siempre incomprendido; las familias adoptivas de cada uno, los swingers por el lado de Grace, y los psicópatas religiosos por el lado de Gilbert; Ken, un amor pasajero, técnico de microondas y fetichista del sobrepeso. Después, en otro escalón, está Pinky, una anciana que conoció el mundo y que se convierte en la gran amiga de la protagonista. Con la voz maravillosa de Jackie Weaver, Pinky se presenta como un modelo a seguir, una suerte de figura materna que viene a la vida de Grace para iluminarla, al menos un poco. De su presencia se desprende un camino posible para nuestra desdichada heroína, un brillo que conmueve y que es el corazón de Memorias de un caracol. Una película abarrotada de penas e injusticias, pero con cariño (y un poquito de esperanza) para las criaturas que la habitan.

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