Sinners
Estados Unidos, 2025, 138′
Dirigida por Ryan Coogler.
Con Michael B. Jordan, Hailee Steinfeld, Miles Caton, Jack O’Connell, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Omar Miller, Li Jun Li y Delroy Lindo.
Soberbia
Es linda esa sensación que se genera en uno cuando descubre a un director por primera vez y ve que lo que tiene para mostrar es estimulante, potente, movilizador. También es linda otra sensación posterior: cuando se conocen los primeros detalles o arriba el trailer de la próxima película de ese realizador, y uno se prepara, un poco conscientemente y otro poco no tanto, para revivir la sensación previa. Me ha pasado eso, con todos sus desniveles, durante toda la carrera de M. Night Shyamalan. Me pasó, al menos con sus dos primeras películas, Fruitvale Station y Creed: corazón de campeón, con Ryan Coogler. Pero esas sensaciones gratas se extinguieron con las dos entregas de Pantera Negra: la primera era un compendio de corrección política, una película que pedía ser reivindicada por su discurso antes que por su relato, por sus simbolismos antes que por la construcción de sus personajes; la segunda era una experiencia larguísima e irritante, un film pedante y machacón, que tras sus bajadas de línea no tenía nada para ofrecer.
Convengamos que Pecadores, la nueva película de Coogler -y otra reunión con Michael B. Jordan, un actor también demasiado creído de sí mismo-, está lejos de ser tan pesada y soberbia como Pantera Negra: Wakanda por siempre. Lo cual no significa que no se note que está invadida por la autoimportancia: Coogler podrá decir que sus mayores influencias fueron Aulas peligrosas y Del crepúsculo al amanecer, pero rara vez aparece en su película la ligereza y apología por el disparate de los films de Robert Rodríguez. De hecho, Pecadores hecha para gustarle a los que no les gustan las películas de terror y/o vampiros, para ese público que quiere sentirse importante cuando ve algo y poder presumir de que dedicó algo más de dos horas de su tiempo a ver algo “complejo” y no una de chupasangres. Y lo cierto es que, cuando despejamos un poco toda la parafernalia verbal, las metáforas, las bajadas de línea políticas, sociales y culturales, estamos simplemente ante un slasher con vampiros, uno que podrá estar situada en el Mississippi de los años treinta, pero que tan solo presenta a personajes que quieren pasar una noche de diversión y en cambio terminan luchando por sus vidas.
Es verdad que Pecadores también se construye a sí mismo, especialmente durante su primera mitad, como un drama afectivo y moral con componentes espirituales y religiosos, con dos hermanos gemelos que retornan a su pueblo de origen luego de un largo tiempo de andanzas ilegales, tratando de demostrarse a sí mismos y los demás que pueden superar un pasado de tragedias y miserias para delinearse un futuro promisorio, aunque al final solo terminen recreando el marco trágico que querían anular. También que esa línea narrativa podría haberse unido sin demasiados problemas con la trama de terror: al fin y al cabo, Aulas peligrosas era también una comedia dramática adolescente y Del crepúsculo al amanecer un thriller criminal con dos hermanos que buscan redención y solo terminan encontrándose con más horror. Pero esas películas asimilaban esos moldes sin necesidad de subrayados y, principalmente, sin culpa por sus afiliaciones genéricas.
Distinto es lo de Pecadores: Coogler quiere decir un montón de cosas más, no solo contar un drama conciso con elementos de terror vampírico. Es entonces que se la pasa remarcando que los dos protagonistas son espejos de sí mismos -porque claro, ¡son gemelos!- e introduce toda clase de alusiones al racismo sistémico, los discursos religiosos dogmáticos, las conexiones entre la esfera espiritual y nuestra realidad, y cómo las artes musicales influyen a nivel histórico, sociológico y comunitario. Además, mete un sinfín de conflictos hasta convertir al relato en algo parecido al folletín, con amores frustrados, hijos perdidos, paternidades violentas y otros hechos traumáticos. Todo esto está explicado una y otra vez, como para que no queden dudas de que los personajes son gente buena y con sentido comunitario, pero también oprimida y marginada, que solo encuentran liberación a través de la música. Y encima, con supuesta poesía: por ejemplo, con un plano secuencia que quiere explicitar cómo los ritmos musicales de diferentes eras y territorios están unidos entre sí, y que lo hace convirtiendo lo metafórico en literal, en un gesto estético que habría abrumado al mismísimo Eliseo Subiela. Al igual que con el cine de Christopher Nolan, da para preguntarse cuál es la supuesta complejidad de una película que se la pasa explicando un único sentido posible para lo que se ve en pantalla.
Por suerte, no todo el tiempo Pecadores es así de seriota. Por momentos, Coogler se da cuenta de que lo que está narrando es un disparate absoluto, con personajes que toman decisiones arbitrarias y sólo sostenibles dentro de un subgénero muy flexible. También que los negros en los treinta, a pesar de todas las desgracias que los aquejaban, se las arreglaban para pasarla bien aunque sea un rato. Pero son solo unos pocos minutos dentro de una película larga, grandota y cara, que tenía todo para ser pequeña, directa y divertida, pero que en cambio elige ser solemne y remarcada. Coogler necesita recuperar la humildad y volver a ponerse al servicio de lo que cuenta.

