The Conjuring: Last Rites
Estados Unidos, 2025, 135′
Dirigida por Michael Chaves.
Con Vera Farmiga, Patrick Wilson, Mia Tomlinson, Ben Hardy, Steve Coulter, Rebecca Calder, Elliot Cowan, Kíla Lord Cassidy, Beau Gadsdon, John Brotherton y Shannon Kook.
No respires
Si definiera al universo de El conjuro bien podría decir que siempre apostó por la asfixia informativa. Desde la primera película James Wan presentaba muchos fantasmas, demonios, personajes, subtramas y por supuesto sustos acumulados a raudales, algo que Wan arrastraba desde Insidious (2010), película que operaba bajo la misma óptica: no dejar respirar al espectador a la vez de crear una potencial franquicia…si los números daban.
Las secuelas (de ambas sagas) siguieron ese camino pero convirtiéndose en universos donde no había espacio para el descanso: en todo momento tenía que pasar algo y todo se unía con todo con hilo fino, siempre tirante, siempre a punto de romperse. Estas películas del Universo Cinematográfico El Conjuro fueron, en este aspecto, penetradas por la idea de los multiversos del cine de Marvel, pero con un público amante del género de terror.
Ahora bien, si de Wan podíamos quejarnos por su asfixia narrativa como aspecto central de su rasgo autoral -sumado esto a un regodeo en sumar artefactos e ideas adornadas por estrambóticos movimientos de cámara-, no podemos dejar de decir que Wan es también un hábil narrador, un tipo que incluso en sus películas más irregulares usa recursos visuales creativos para sorprender y que incluso se toma un valioso tiempo para construir sus mundos, siendo el género de terror donde mejor se maneja.
El problema que se pone de manifesto en El Conjuro 4: últimos ritos es el costado de Wan como productor, quien al explotar a sus gallinas dio espacio a imitadores menores, meros empleados copiones de gestos. Y si bien algunos los sindican como artesanos, yo los llamo contratados para completar la faena. En ese reclutado encontró a un tipo como Michael Chaves, quien se llevó todos los premios como el empleado del mes (venía de filmar La maldición de la llorona, La monja 2, El conjuro: El diablo me hizo hacerlo y ahora esta nueva secuela).
Si, El conjuro: Últimos ritos es un poquito mejor que la anterior ya que desde el guión hay infinidad de situaciones pensadas en mantener al espectador en la butaca con algunas buenas ideas. Ahí es donde aparece el problema de la asfixia y la abundancia: es difícil que un cine en el que tiras mil ideas por minuto, al menos una de ellas no dé en el blanco. Y eso es lo que por momentos ocurre en esta última entrega de la saga del matrimonio Warren. Hay ideas: una imagen aterradora (como aquella mano agarrando a la hija de Lorraine Warren en medio de una cena familiar), alguna situación que potencialmente podría convertirse en recordable (la secuencia del teléfono siendo arrastrado en la oscuridad) y algunas actuaciones sobresalientes (Ben Hardy es un hallazgo ya que le da tridimensionalidad a un personaje de por sí plano). Incluso en la idea que el villano sea un espejo y no una entidad monstruosa hay algo interesante: el ser un reflejo depurado y contrario de de todo lo que ocurrió en la saga, con la que dialoga expresamente.
Pero una vez más esa abundancia y a asfixia se hacen presentes: hay una familia de ocho personas dentro de la cual algunos personajes no cumplen ninguna función (los abuelos) y otros que parecían importantes terminan diluyéndose (nunca se establece si el demonio quiere a una hija específica, o a la madre, o a toda la familia); hay mucha información y mucho susto, lo que demuestra la diferencia entre Chaves y Wan. Y es que mientras uno apuesta a sucesiones de situaciones que no tienen peso a menos que el guión lo dicte, para el otro cada acción llega a una conclusión lógica y por eso sus películas y climas terminan siendo recordados.
Para sumarle problemas a esta última entrega, además, a Chaves se le va la mano con la duración, de poco más de 135 minutos, solo para que el conflicto empiece a resolverse en la última media hora. El problema es que para ese entonces ya es tarde, porque estamos ante una película que podría haber sido mejor si la hubiera dirigido el padre de la criatura, James Wan, quien en un último fuck you al público -al menos como productor- nos regala un cameo suyo. Hablame de fantasmas.

