Al salir de la segunda proyección de Bajo tus pies (a las corridas, como casi todos durante el Bafici) me empezaron a aparecer algunas dudas, no en el mal sentido, sino de extrañamiento: ¿qué acababa de ver? Incluso hablamos sobre la nueva película de Cristian Bernard con Fede Karstu (nuestro guía espiritual y garante de entrega de notas en esta benemérita publicación mensual), con quien coincidimos en algunas cosas y en otras discrepábamos. Luego del visionado me puse a leer de vuelta la (excelente) crítica (de Ludmila Ferreri) que publicamos en su momento sobre Ecos de un crimen, la anterior película de Bernard. Y me di cuenta que Cristian filma con el corazón cinéfilo bajo el brazo todo el tiempo. Pero a diferencia de los pavos que hacen citas explícitas, la cinefilia de Bernard es discreta, se esconde. No es tarantinesca y pop (de hecho creo que odia a QT), sino que sus maneras de ejercer la cinefilia en pantalla son aterciopeladas, solapadas, elípiticas: si la viste, la viste. Y si se te pasó, te jodiste, pero la película sigue igual. Por eso si Ecos de un crimen era un ejercicio cinéfilo hitchcocko-depalmiano, Bajo tus pies juega al cosplay disimulado de ser Polansko-Spielberguiana (mediando también el Tobe Hooper de Poltergeist). Pero las referencias se multiplican por mucho más (de hecho es casi un desafío cinéfilo descubrir las alusiones en los planos), pero a película no se valida por eso. ¿Qué es Bajo tus pies? Además de ser una película maldita que tuvo que esperar doce años (¿Acaso la negativa de apoyo local habrá tenido que ver con la posición política muy crítica de Bernard con distintas adminstraciones en los últimos 25 años?), hablamos de una película de otra época, una película que pertenece a los 60s/70s incluso aunque Bernard no haga un ejercicio de estilo. No, la apuesta aquí es más arriesgada, porque se instala en el presente, pero lo lee como si sus personajes fueran del pasado, atravesados con una sensibilidad del siglo XX antes que del siglo XXI. Esa suerte de anacronismo involuntario genera una suspensión de la incredulidad (de hecho probablemente sin esa apuesta nos habríamos preguntado por qué dos niños en el presente actuarían como si fueran niños de otra época) que obliga a ver la película como un cuento de brujas urbano. Y es ahí donde mejor funciona lo que se nos cuenta: el aislamiento, la maternidad llevada a los ponchazos, la idea del fin de la infancia a cargo de ver que la estructura psíquica de tus padres no resuelve los problemas y hay que afrontarlos (aquí se abreva desde el Reiner de Cuenta conmigo al Donner de Los Goonies hasta la primera temporada de Stranger things y su salto al otro lado), los chicos de Bajo tus pies tienen que crecer de golpe. Por eso quizás es consecuente el cambio tan acelerado del segundo al tercer acto, como si Bernard no quisiera esperar y expusiera a los chicos a una serie de situaciones de mierda tan traumáticas como imposibles de resolver. Pero ahí creo que se equivoca, justamente al abandonar el fuera de campo (escuchen el trabajo del dolby con el fuera de campo en una buena sala, porque las de cinépolis no le hicieron justicia) y optar por revelarnos a los monstruos (de hecho todo el segmento que va de la revelación de las brujas a la reunión satánica en el salón del edificio parecen salidas de otra película, como si ahí Bernard si necesitara recordarnos su cinefilia y nos tirara a Kubrick por la cabeza). Creo, de hecho, que es el mayor problema de Bajo tus pies, a tal punto que es como si Bernard no tolerara exhibir tanto y por eso precisa desencadenar el desenlace con la mayor velocidad, fuerza y pesimismo disponible, incluso atentando un poco contra la luminosidad de sus personajes en pos de una declaración pesimista contra los poderes en las sombras (lo que alegoriza algo que en la mayor parte de la película era metonimia). Así las cosas, cuando terminamos de ver la película nos preguntamos si Bernard y su cine en solitario pertenecen a alguna fauna cinematográfica local. Pero se vuelve casi imposible clasificar a su obra ecléctica y a su cine elegante de referencias ocultas. Bernard acaso sea el último caballero local representante de una forma de cine que ya casi no se practica. Y eso es bueno, siempre.
Al día siguiente vi Notes of a true criminal, que es un ensayo humanista y desgarrado sobre la perspectiva ucraniana de la guerra contra Rusia. Alexander Rodnyansky, su director, de hecho, se pone al frente de la empresa del registro (con todo el riesgo que esto conlleva: político y de muerte) y el resultado es demoledor porque las imágenes que muestra no solo son terribles, sino que también son el testimonio de la exposición a un peligro altísimo. Pero para Alexander Rodnyansky (quien parece salido de otro tiempo), es peor el precio a pagar por el silencio. Pero la novedad es que todo el periplo convierte a su director en un criminal acusado, título al que no parece temerle demasiado, pero que al mismo tiempo naturaliza con una tranquilidad pasmosa que asusta. De hecho cuando termina Notes of a true criminal nos preguntamos por el hombre y el cineasta, como una forma de preocuparnos por el mundo. El mundo es ancho y ajeno y en cada esquina (con cámaras ridículas) hay un pequeño héroe esperando su turno de hablar. Quizás debamos mirar más en detalle.
La tercera, en mi anteúltimo día de estadía, fue compartida con mi hija, con quien nos vinimos al Baficito en tándem para ver Olivia y el terremoto invisible, una película hecha en stop motion, técnicamente para niños, pero que debe tratarse de la película con mayor grado de quejas y huídas de la sala por parte de padres que creían que estaban yendo a ver otra cosa. Y es que el cuentito que cuenta es especialmente oscuro (más allá de su edificante y caprino final). A saber: una madre actriz (desempleada, un poco fantasiosa, pero también depresiva) no puede pagar la hipoteca de su departamento centrico y lo pierde, por lo que cae en la calle sin tener adonde ir con sus dos hijos. Terminan por caer en un edificio tomado por okupas mientras la madre profundiza su depresión y se enferma a tal punto de no poder sostener la menor cotidianeidad de su supervivencia, lo que termina generando que la madre deba ser internada y que el servicio social la amenace con quitarle a los hijos, quienes ante ese peligro huyen de la casa con la finalidad de ir a Italia con sus abuelos. Depresión, como se imaginarán, es poco. Pero el problema no es esta oscuridad realista, sino su edificante discurso a favor de la socialización de las viviendas, romantizando la pobreza y naturalizando un tercermundismo que debe hacer las delicias del progresismo español. Hacia el final, un poco como en esa otra payasada demagógica llamada Calle Málaga, todo se resuelve (pero en este caso para peor). ¡Qué hermoso es ser pobre! Los niños, al menos, divertidísimos po escuchar la palabra «pija» mas de 50 veces sin que nadie les pueda decir nada (porque en España es sinónimo de «cheta», pero ningún padre quiso aclarar).

