Balls Up
Estados Unidos, 2026, 106′.
Dirigida por Peter Farrelly.
Con Mark Wahlberg, Paul Walter Hauser, Sacha Baron Cohen, Benjamin Bratt, Eva De Dominici, Daniela Melchior y Molly Shannon.
Que vuelva la comedia
Llegué a Bolas Arriba con cierto escepticismo. Ricky Stanicky, la película anterior del legendario Peter Farrelly, me había gustado hasta ahí. No es novedad que los mejores años de la comedia americana quedaron atrás, como un recuerdo glorioso pero imposible de reinventarse. Bueno, no tan así, pero la corrección política, el miedo a ser cancelado y la necesidad de ofenderse hicieron lo suyo. Los chistes sobre pitos fueron desterrados como algo incómodo, innecesario, y de repente, en redes sociales, aparecieron las primeras imágenes promocionales de Bolas Arriba, con lo que parecía ser un tipo disfrazado de pito. Más tarde sabremos que se trata de una salchicha brasileña, pero la idea está. Aún no entendemos bien de qué se trata, pero está Mark Wahlberg (insospechada pero ya confirmada bestia cómica), Paul Walter Hauser (simpatiquísimo), y el mencionado Farrelly detrás. Uno que supo brillar con la comedia, después supo leer el clima de época y ganó un Oscar, y finalmente volvió al negocio de las carcajadas. Dudo, pero me pregunto: ¿será?
Respuesta: es y a la vez no es, aunque quizás sea más de lo que no es. Desarrollo: la vi, la disfruté sin demasiado impacto, y no escribí enseguida esta crítica. De haberlo hecho, tal vez sería distinta, más categórica en su negatividad. Pero con el correr de los días algo se fue sedimentando en mi interior, una sensación confortable cuando revivía alguna secuencia en Instagram o en mi mente. Gente cuya opinión valoro había destrozado la película, y otra gente cuya opinión también valoro la había puesto en un altar, tratándola de milagro. Sin referentes claros sobre los cuales apoyarme, mi propia opinión se encontraba a mitad de camino, sin decidirme. Y está bien, no hace falta decidirse, porque una misma película puede funcionar de maneras diversas de acuerdo a la edad, el estado de ánimo, la predisposición, etc. Pero a la hora de escribir, uno tiene que tomar una posición, por más mínima que sea. ¿Qué podía hacer? Tomé entonces el camino de la reconfirmación.
La volví a ver.
Antes de contar lo que sucedió, quizás sea necesario revelar al menos un poco el argumento de Bolas Arriba. Brad y Elijah (Walhberg y Hauser), ex empleados de una empresa que fabrica preservativos, viajan a la final de la Copa del Mundo en Brasil, donde el anfitrión enfrentará a Argentina. Ambos vienen de capa caída: el preservativo que Elijah inventó y que Brad vendió (uno que recubre no solo el pene, si no también los testículos) no logró quedar como el condón oficial del torneo y, escándalo mediante, los dos fueron despedidos. Son personas de carácter opuesto y se odian, pero en Brasil los ánimos se aflojarán, un poco quizás demasiado, y tras un incidente que conviene no adelantar, tendrán que sobrevivir a la cacería de un país entero que los quiere ver muertos. Ese es el plot de Bolas Arriba, uno tan absurdo que, solo por existir, prepara el terreno para el desborde y el disparate.
En una segunda vuelta, para mi sorpresa, me encontré esperando las escenas que la primera vez juzgué como poco graciosas. Como la relación tirante del principio entre Brad y Elijah, algo se aflojó en mi juicio, bajé la guardia, me dejé llevar, y la experiencia me abrigó. Las buenas películas, dicen, son un lugar. Uno ingresa ahí y siente el calor del hogar. Hay otras que, desde casi todo punto de vista, no son tan buenas, pero igual brindan contención. Como un monoambiente de soltero con un gato incluido. Bolas Arriba pertenece a ese segundo grupo: fallida en algunos aspectos, imposible en otros (como toda la representación de Argentina, que igual me hace pensar: ¿si el país retratado a los tumbos fuese otro, igual me haría ruido? Probablemente no), pero a la vez divertida y querible, tontísima, despreocupada.
No es del todo perceptible aún, pero se huele en el aire. Las comedias, las verdaderas comedias, están volviendo. Este mundo horrible las necesita, y películas como Bolas Arriba nos dan pistas de que algo se está gestando. Aún con sus imperfecciones, nos permite abrazar la estupidez (la buena, la graciosa, no la mala, que hoy está en todos lados) y reírnos como descerebrados hasta que nos duela la panza. Las comedias van a salvar al mundo. Y si no, cuando todo se desintegre y las llamas cubran el horizonte, nos iremos riendo, recordando secuencias como la del karaoke. Mejor quedarnos con esos momentos felices, y no con las broncas y las lágrimas a las que los cínicos nos tienen acostumbrados. Que vivan las comedias, hijos de puta.

