Buena suerte, diviértete, no mueras

Por Sergio Monsalve

Good Luck, Have Fun, Don’t Die
Estados Unidos, 2025, 136′
Dirigida por Gore Verbinski.
Con Sam Rockwell, Juno Temple, Haley Lu Richardson, Michael Peña y Zazie Beetz.

Deepfake

Gore Verbinski ha vuelto con una película de ciencia ficción que revisita a Terminator 2 y Doce Monos, para criticar a una sociedad  zombificada por la inteligencia artificial.

La paradoja de la cinta es que parece un cine de prompting, elaborado con retazos de referentes de la literatura de anticipación y de la distopía digital, después del impacto de Black Mirror.

Por tanto supone el clásico ejemplo de una rebeldía en venta, de una contracultura como negocio, que encapsula a la disidencia con el fin de monetizarla en los propios algoritmos que cuestiona.

El filme no es necesariamente malo o fallido, tampoco distanciado de la realidad que desmonta, pero sí que se siente forzado en decisiones de guion, reparto y direccion, al extender su acción dramática por medio de los giros maximalistas y surreales que decanta su realizador a la enésima potencia de Hollywood.

Un indigente viene de otro mundo con el propósito de organizar a un grupo disfuncional de anti héroes, que logren enfrentar al cerebro de la Matrix y destruirla con éxito, en un multiverso paralelo.

El dream team de salvadores incluye al melting pot, al crisol de razas y tendencias, que la meca ha impuesto en sus protocolos de trabajo y corrección política, de modo que el filme es más adocenado de lo que aparenta.

Hay diálogos de sordos, parejas disparejas, una cierta química generada en los laboratorios que se inspiran en las últimas oleadas de Marvel y Dc Comics.

Gore Verbinski logra rescatar su invento, su propuesta de reciclaje y acumulación de citas cutres, por la sobrada eficiencia de su protagonista Sam Rockwell, quien lidera al reparto coral como aquel Jhonny Deep de Piratas del Caribe, confrontando a una nueva amenaza colonial e imperial: la de una tecnología rebelde, de la que se sirve la misma película a través de su guion y su CGI.

Viéndola en pantalla grande, mi nostalgia se activó con el recuerdo melancólico de Sobreviven! de John Carpenter, de sus primeros sermones contra el futuro de un sueño americano que se percibía como una pesadilla de Reagan, intoxicada por la propaganda, la publicidad subliminal y el orden de los simulacros que denunció Baudrillard.

Había que consumir, obedecer mansamente e incorporarse al rebaño de androides en un mundo feliz de spam, como una versión contaminada de Los Angeles y Times Square en La Gran Manzana.

Pronto el fuera de la ley descubría la charada, desnudaba al Mago de Oz, y conseguía liberar al mundo.

Desde 2001 y Blade Runner, desde Metropolis incluso, el cine imaginó el escenario que describimos en la actualidad, entre una población lobotomizada por la adicción tecnológica y el terror de unos entes cibernéticos que se emancipan de nosotros, sustituyéndonos y procediendo a controlarnos.

La profecía se cumplió en el milenio, ha sido superada por nuestra capacidad especulativa, de manera que las guerras se libran sin ningún tipo de piedad y humanidad, operadas por drones que solo apuntan al rendimiento, la instrumentalidad, el deseo de conquista, al menor precio en vidas de soldados, que son sustituidos bombardeos dizque inteligentes.

Así que olvídense de las predicciones de “La Guerra del Golfo no ha tenido lugar”.

Todo ha escalado a un plano bélico, en el que la posverdad se sobrepone a los hechos, con sus redes de deep fakes.

En un planeta como el de 2026, llega a una película como “Buena suerte, diviértete, no mueras”, cuyo contenido se percibe vigente, aunque superado por el contexto de saturación informativa y globalización de los asesinatos en masa.

En uno de los pasajes de la cinta, padres clonan a sus hijos fallecidos por desquiciados artilleros escolares. Lo hacen como una transacción fría y alienada, la misma que ha enajenado a los estudiantes que no pueden dejar ver sus celulares, por un segundo, y que persiguen a los protagonistas, como una manada zombie de El Pueblo de los Malditos.

Uno ríe por no llorar, uno asiste a unos espectáculos del caos posurbano, que como diría Monsavais, uno paga para gozar de su miseria en fase de parodia.

Un ejercicio de catarsis, al final, tan viejo como el teatro, pero tan esquizofrénico como ver un Podcast de exposición de la Matrix en Tik Tok.

Otra fantasía de la cultura de la Red Phill, que nos mantiene atados al bucle infinito de la totalidad conspirativa, imposibiltando la auténtica desconexión.

No en vano, la película cierra donde termina, es decir, como un enganche a seguir en su tejido.

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