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El arponero

Por Mariano Bizzio

En djevel med harpun
Noruega, 2022, 76′
Dirigida por Mirko Stopar

Historia particular de la infamia

La película de Mirko Stopar, que pudo verse en la edición 2022 de Bafici, encierra detrás de sí un aire borgeano al intentar dar cuenta de la vida y obra de Lars Andersen, un arponero, cazador de ballenas, en este caso de aliento melvilleano. Borges aparece una y otra vez cuando testimoniamos una vida que nada tiene que envidiarle a los documentales apócrifos (de hecho de no ser por buena parte de los documentos y entrevistas bien podríamos afirmar que se trata de una falsa biografía como la del extraordinario Historia universal de la infamia), pero también aparece Melville (y no por la presencia de una obsesión con la caza de una ballena portadora de símbolos, precisamente), sino por la narrativa de la historia inverosímil de un antihéroe exiliado, un infame como en El embaucador, el olvidado texto de Herman Melville sobre un fabulador capaz de inventar su propio pasado y leyenda.

Si de leyendar la propia vida para vivir hablamos, El arponero construye un sistema armado en torno a redundancias varias: los viajes, los secretos, la camaradería que oculta otra clase de relaciones, pero, sobre todas las cosas, la necesidad de dar cuenta de un tiempo que ya no existe más, como si en alguna medida la película de Stopar estuviera trazada por una nostalgia por un mundo machista, con simpatías fascistas, alejado de cualquier respeto por la vida animal. En este sentido se trata de un ovni cinematográfico, ya que sin hacer pie en ninguna forma de denuncia extemporánea (nunca juzga al personaje que retrata), la película se limita a narrar con fascinación una vida absolutamente reprochable para los estándares del presente.

Acaso el anacronismo de El arponero suponga su mayor logro. Y no, no me refiero a la provocación, ni siquiera a la indignada corrección política presente que en dos pases mágicos señala al protagonista como portador de todos los males posibles del patriarcado simbolizados en una figura tan lateral como esquiva en su representación. No: el logro de la película (amén de su gigantesco trabajo de archivo) está en el estado de indeterminación que nos deja frente al personaje y frente a la historia que nos narra, siempre al borde del más pleno de los artificios, como si en el fondo lo que importara fuera avanzar en el relato incluso a costa del propio verosimil histórico.

Cuando El arponero termina nos recuerda que estamos frente a una narrativa que propicia un fin, que no es mas que un cierre diegético. Porque si alguna conciencia expresa ese final es, precisamente, aquel que indica que las vidas más interesantes son aquellas que pueden ser contadas, no las que alguna vez existieron.

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