El motoarrebatador
Argentina-Uruguay-Francia, 2018, 93′
Dirigida por Agustín Toscano.
Con Sergio Prina, Liliana Juarez, León Zelarrayán, Daniel Elías, Camila Plaate, Pilar Benítez Vibart y Mirella Pascual.

Frente al límite

Por Hernán Schell

En el final de Nueve Reinas, el personaje de Gastón Pauls le entrega a su novia interpretada por Leticia Brédice un anillo que, según él, pertenecía a su abuela desde hace mucho tiempo. Es un momento particularmente irónico, porque uno sabe dos cosas: que el personaje de Pauls no lo consiguió por su abuela sino estafando una pobre viejita, y que el personaje de Pauls era, hasta ese momento de la película, supuestamente alguien más bueno que el interpretado por Darín. En algún punto, la idea que encierra el final de Nueve Reinas es la que uno viene sospechando durante toda la película: que acá no hay ningún protagonista esencialmente bueno, que todos son, en el fondo y en la lógica de aquella película, estafadores. Si un personaje como el de Darín no nos cae tan mal no es sólo porque sea la interpretación de un gran actor en estado de gracia, sino también porque en el fondo no es otra cosa que un estafador más en un verosímil que se construye bajo la lógica del sálvese quien pueda y la paranoia generalizada de finales de los 90s o principios de los 2000, por lo pronto previo a la crisis de 2001.

Hay bastante de ese espíritu en El Motoarrebatador, con sus dos protagonistas engañándose mutuamente, fingiendo lo que no son y diciendo que tienen cosas que en verdad no tienen, pero sobre todo con la lógica de una película donde este tipo de vida de estafa parece ser una salida válida. Su comienzo encuentra a Miguel (Sergio Prima) esperando que Elena (Liliana Juarez) salga del banco para poder asaltarla. Miguel conduce una moto y atrás tiene a su cómplice y ambos utilizarán la vieja y conocida técnica del motochorro para poder sacarle la cartera. El robo será especialmente llamativo, no sólo porque el cómplice de Miguel terminará arrastrando a Elena por la vereda con tal de arrebatarle la cartera, sino también porque esto se dará a pleno día, y filmado en un plano general que filma esta escena como si fuese un acto completamente cotidiano. La cotidianeidad del delito es una constante en esta película, donde incluso la figura del saqueo a negocios se da en contextos tranquilos, donde la gente entra y sale de negocios con productos con la tranquilidad de quien está comprando en supermercados. En Nueve Reinas pasaba algo muy similar, ya que buena parte de las estafas y robos se daban también a pleno día, pero si en la película de Bielinsky esto estaba marcado por el contexto de la vida porteña en plena época de la normalización de chantada frívola del menemismo, en el relato de Toscano esto se da en el contexto de un Tucumán atravesado por un lado por la huelga policial, y por el otro por la propia condición marginal de la mayoría de estos personajes. En algún punto, es como una forma de pensar dos excusas perfectas para el delito: gente que vive en un sistema que no está vigilado y que al mismo tiempo ha nacido fuera de ese sistema y siente que no le debe nada.

El gran mérito de El Motoarrebatador es no hacer miserabilismo con eso, y mucho menos entregarse a discursos ampulosos y lastimosos respecto de su condición de pobreza. Por el contrario, uno va entendiendo la necesidad de los personajes por el solo hecho de ver las condiciones en la que viven, y la remarcación es algo de lo que este largometraje carece. Como contraposición al miserabilismo, incluso, la película cuenta con una enorme dosis de humor. Y en vez de pensar a los personajes de clase baja como un colectivo unificado de gente sufriente e indiferenciada, los piensa individualmente. De este modo, cada uno de estos personajes tiene una personalidad propia, una forma de encarar sus situaciones y un código personal. Esto es algo que se ve desde el principio, cuando vemos que de los dos motochorros hay uno que tiene preocupación por la salud de su víctima mientras el otro no.

En algún punto quizás, por esto es que El Motoarrebatador sea una película sobre la búsqueda ética de cada personaje. O sea, ante un vacío legal, los personajes de este relato parecen más bien preocupados por saber cuáles son los límites de lo que pueden o no hacer. Quizás por esto es que la película de Toscano puede recordarnos por momentos un western: con sus personajes habitando un espacio que coquetea con lo anárquico, y tratando de vivir según sus propias reglas. Incluso esta sensación se acrecienta hacia el final, en donde aparecen la figura de los caballos y el cruce de la frontera.

En ese final además aparece otra cosa: los límites de un personaje que se da cuenta hacia el final de lo que puede o no hacer, tanto dentro de los límites legales de una sociedad en la que parecía que todo estaba permitido, como en sus límites éticos, que descubren, hacia el final, y en un gesto tan veloz como contundente, que debe ante todo proteger a su hijo. No mucho después de esta acción nos encontramos con un final especialmente agridulce. Con su protagonista perdiendo la libertad pero volviendo a ganar también una amistad. Es un final raro, en el que finalmente se encuentran una ley y un límite, y con ello un afecto que quizás por primera vez en toda la película se manifiesta completamente sincero, con personajes conociendo totalmente sus virtudes y miserias. En algún punto, El Motoarrebatador termina partiendo de bases similares a Nueve Reinas para terminar yendo a lados contrarios: ambos son mundos de estafadores, pero ahí donde Bielinsky vio pura oscuridad, Toscano puede encontrar una modesta luminosidad. Quizás sus personajes estén viviendo una situación desfavorable; así y todo, Toscano sabe filmarlos de modo tal que han hecho de esta situación su hábitat natural. La pobreza es, para los personajes de esta película, simplemente el lugar en el que se mueven, y la secreta grandeza de esta película es convencernos de que, incluso en medio de ese lugar nada deseable, se puede encontrar de vez en cuando una fugaz forma de felicidad y ternura.

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