Suspiria
Italia-EE.UU., 2018, 152′
Dirigida por Luca Guadagnino.
Con Dakota Johnson, Tilda Swinton, Doris Hick, Malgorzata Bela, Chloë Grace Moretz, Angela Winkler, Mia Goth, Ingrid Caven y Sylvie Testud.

Fashion terror

Por Sergio Monsalve

La media desinformada habla del terror elevado y otras hierbas para analizar el trabajo de la legión de Ari Aster y Panos Cosmatos. En realidad la categoría del terror arte viene siendo estudiada, desde antiguo, por autores como Carlos Losilla y Noel Carroll(en su libro esencial La Filosofía del terror). 

Al respecto, el profesor Losilla identifica a la primera “Suspiria” con el clímax de la tendencia italiana del Giallo, explotando los colores y las esencias de la escuela manierista de posguerra, donde Reino Unido e Italia llevaron la voz cantante. 

Por su parte, Noel Carroll emplea una serie de categorías para enmarcar un filme como el de Dario Argento, cuyos códigos expresan el descubrimiento de una complejidad profunda a través del estímulo de la repulsión en una clásica casa encantada. 

En ambos casos, el terror arte corresponde a una etapa de absorción industrial del cine fantástico, derivada del lenguaje de las vanguardias y de la tentación del suicidio de la media sensacionalista. Gerard Imbert lleva décadas, reflexionando en torno a ello. Por tanto, preocupa la insistencia del periodismo por reencauchar etiquetas, sin el debido conocimiento de causa, con el estricto interés de ofrecer contenidos esnobistas a las generaciones de relevo. Entonces, los milenials descubrieron tarde el proceso de estilización del gore en los filmes oportunistas de la última ronda Festivalera. 

El qualité de Hollywood también capitalizó el pánico anglosajón, cuando la competencia se puso dura con La Matanza de Texas y sobre todo con El Exorcista. Así vino la réplica de La profecía a cargo de un gran estudio(20 Century Fox). Aquella cinta con Gregory Peck fue profética del futuro del género, bajo el aura de un tenebrismo adocenado y aspirante al reconocimiento de la academia. El prestigio cultural acompañaba siempre dichas propuestas de la meca, organizando la producción alrededor de la adaptación de un libro con estrellas infalibles del viejo sistema. Al tiempo de hoy, la fórmula se mantiene y actualiza de acuerdo a las exigencias del gran público. 

Verbigracia hemos padecido el ejemplo del remake de Suspiria, un fallido trabajo del kistch más próximo a la especulación de las productoras “independientes” que de la fuente original de inspiración. 

La versión apócrifa de Luca Guadagnino costó la friolera de 20 millones de dólares que puso sobre la mesa el gigante del streaming, Amazon, en su lucha por desbancar a Netflix. La operación se ha saldado con una tibia recepción de la crítica y una nula repercusión en las instancias conservadoras del Oscar, que censuran al pánico anglosajón al margen de su procedencia.     

Al largometraje no le faltan pretensiones y enfermedades de importancia. Tilda Switon encarna tres papeles diferentes en una interpretación camaleónica que aspira al elogio de la publicidad y del consenso superficial de la prensa del corazón. 

En uno de sus roles, como el psiquiatra Josef Klemperer, el maquillaje y las prótesis impiden que nos tomemos en serio al personaje, fuera de una apelación consciente a un teatro grotesco y goyesco del absurdo, que genera la plena confusión del espectador. Menos se puede soportar la cargante y chirriante caricatura de la profesora de danza contemporánea, Madame Blanc, adicta a la nicotina y a la vampirización lésbica de sus alumnas, en uno de los múltiples estereotipos de la gansada. 

Tuve la suerte de ser pareja de Vanessa Vargas, profesora de la disciplina y una de las mejores bailarinas de danza contemporánea de Venezuela. Gracias a ella aprendí las claves de su arte. Desde ahí disiento de la coreografía efectista y seudoporno de la película, llena de tics y de clichés derivativos de la obra de Pina Bausch. Nunca se entiende cómo la insípida Dakota Johnson deslumbra a sus tutoras del instituto del aquelarre de las brujas. Sus movimientos son de una aficionada que ha recibido clases a domicilio. Ella insiste en arrastrarse durante todo el metraje, mientras la tirana del convento la obliga a pegar brincos de ballet moderno. Pensarían que Dakota iba a repetir el engaño de Natalie Portman en “Cisne negro”, consiguiendo una nominación. En general, el diseño de los pasos es entre redundante y subrayado. De no ser por la edición, los defectos y las carencias del ensamble se amplificarían. Pero el montaje se anula en el armado de la estructura. 

Si el epílogo sobra y es reiterativo, el prólogo mata cualquier pasión, extrañando la potencia del intro de la película original, a la cual el autor quiere machaconamente traicionar y superar, agregándole un pretencioso y grueso contexto político en la Alemania asolada por los fantasmas del nazismo y del terrorismo revolucionario. 

La duración épica funcionaba en el Tarantino de Kill Bill. La especulación con los minutos solo comprueba el problema que sufre el director de A Bigger Splash para comprimir sus historias. En efecto, Suspiria toma el mal camino de las series infladas, buscando subvertirlas con estallidos de violencia visceral. El resultado huele a truco obsoleto que compagina con la pátina forzada de la fotografía y el diseño fashion de la ejecución vintage. Es el terror a la mujer el que se vehiculiza en un conjunto de filtros de Instagram. El toque misógino se palpa en un título que vuelve a asociar lo femenino con lo sectario y lo soberanamente plomizo. Y ojo que no hablo desde una posición reivindicativa, moral o políticamente correcta. Mi enojo con la película procede de su desprecio por la ruptura de moldes.  Aunque se cree transgresora. 

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