Captura de Pantalla 2021-07-16 a la(s) 09.53.41 p. m.

Tiempo de lectura: 3 minutosThe Amusement Park

Por Diego Maté

EE.UU. 2019, 54′
Dirigida por George A. Romero
Con Lincoln Maazel, Harry Albacker, Phyllis Casterwiler, Pete Chovan, Marion Cook, Sally Erwin, Michael Gornick, Jack Gottlob, Halem Joseph, Bob Koppler, Sarah Kurtz, Aleen Palmer, Georgia Palmer, Arthur Schwerin, Bill Siebart, Gabriel Verbick

Zombieland

Las películas de George Romero siempre oscilaron entre el gusto desembozado por el género (el terror, el gore, la catástrofe) y el comentario político que indicaba que había que entender todo eso en clave: el shopping como metáfora de la sociedad de consumo, el zombie como ciudadano alienado, las discusiones entre sobrevivientes como reflejo de las diferencias de clase, etc. Director de una gran inteligencia, Romero se las arreglaba para que esa tensión tuviera siempre algo de coitus interrumptus: cuando uno se entusiasmaba con el peligro y la violencia, algo suspendía la hecatombe para recordarnos que debíamos interpretar (en el sentido sontaguiano, de reemplazo) lo que veíamos; cuando el espectador con ínfulas estaba en su salsa con la alegoría política, el tipo le pasaba por la cara un montón de zombies extrayendo y devorando las entrañas de una víctima de ocasión. Esa aleación anfibia e inestable le permitió a Romero alimentarse de diferentes públicos y apetitos: el fan del terror disfrutaba del espectáculo pero además encontraba una vía para legitimar el objeto de sus pasiones; el espectador con otros intereses, cautivado más por el statement, por la consigna política, descubría un mundo de vísceras, efectos pobres y actuaciones excesivas, un cine de la inmediatez cuya precariedad no estaba del todo exenta de encanto y a la que posiblemente nunca hubiera llegado por otra vía.

The Amusement Park sugiere un camino alternativo para el cine de Romero, casi como si el director viviera y se le diera por hacer un viaje al pasado a lo Marty McFly para probar un un proyecto alternativo. Financiada por la Lutheran Service Society of Western Pennsylvania, descartada por la misma institución y olvidada hasta 2017, TAP es un encargo oficial que debía enseñar al espectador el problema de la ancianidad en Estados Unidos. Romero, poco dispuesto a cuadrarse, se aparta rápido de lo requerido y produce un objeto extraño, inquietante, impertinente, indecoroso. La película cuenta la ¿historia? de un viejo que se pierde en un parque de diversiones. Allí asiste a todo tipos de escenas que representan el destrato padecido por adultos mayores el parque es la sociedad, los viejos son los viejos, y los demás somos nosotros, artífices de la desgracia o testigos cómplices. La estructura secuencial deja al director con las manos libres para filmar lo que se le canta, desde alegorías hiperbólicas (la cena del hombre rico) hasta escenas que funcionan como historias autónomas (la pareja joven que conoce su vejez miserable en la bola de cristal de una adivinadora).

Decíamos que TAP sugiere una filmografía alternativa: ¿qué hubiera sido del cine de Romero sin los holocaustos de zombies, soldados, virus y catástrofes planetarias? Algo parecido a TAP, una película que se va toda en una lección severa, sin el contrapeso del género, pero que igualmente exhibe algo del tono trash, la carestía y el gusto por el desborde del terror e más bajo presupuesto. Por ejemplo, TAP empieza y termina con Lincoln Mazeel, el protagonista, pontificando y llamando a la toma de conciencia: un día también nosotros seremos viejos, nos recuerda Maazel con aire de predicador satisfecho. Contra cualquier pronóstico, el momento no molesta e incluso tiene algo de placentero, aunque cuesta identiificar las razones: tal vez sea la gravedad discreta que exhibe Maazel, o la sinceridad con la que parece dirigirse a su auditorio, o la elegancia y la justeza de las palabras que usa (Romero no es un demagogo: la protesta nunca fue una excusa para descuidar el lenguaje, y por eso sus personajes, como Maazel, hablan bien). Poco después se ve una habitación blanca con un viejo medio destruido. Por la puerta entra otro en buen estado (los dos son en realidad el mismo personaje interpretado por Maazel, o son dos instancias suyas, o son dos ideas que el tipo se hace de sí mismo) y empieza una discusión sobre si conviene o no “salir”: el viejo destruido le dice que no salga, y el otro sale (abre la puerta y está en el parque de diversiones). Es curiosa la ambición narrativa, seguramente involuntaria, de este comienzo. En apenas unos pocos minutos de película, Romero bate un récord insólito filmando al mismo actor en ¡tres! roles diferentes, dos de los cuales son ¡el mismo personaje!.

TAP fue encontrada, restaurada y estrenada después de 2017 con décadas de retraso, pero lo que vemos es un cine del futuro, paralelo, el atisbo de una filmografía que no fue, alternativa, una monstruosidad virtual hecha de viejos rotos, metáforas excesivas, actores multiplicados y nudos de tiempo.

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