El diablo viste a la moda 2

Por Ludmila Ferreri

The Devil Wears Prada 2
Estados Unidos, 2026, 119′
Dirigida por David Frankel.
Con Meryl Streep, Anne Hathaway, Stanley Tucci, Emily Blunt, Justin Theroux, Kenneth Branagh, Lucy Liu, Lady Gaga.

20th Century

Algunos años atrás, cuando se estrenó Whiplash, en pleno auge del progresismo, muchos nos espantábamos con el personaje del profesor sádico que disfrutaba torturando a sus alumnos con grados de exigencia supremos. Pero desde su progresismo de manual, quizás, en el fondo, la película de Chazelle estaba anticipando algo que se profundizaría una década después: la estandarización de la mediocridad como norte cultural.

En 2006, casi diez años antes que Whiplash se estrenara, Miranda Presley demostraba, con una simple recorrida en torno a la invención del azúl cerúleo, que nunca, nadie, incluso queriéndolo, puede escapar del sistema de la moda (que en realidad, haciédose más extensivo y rico es el sistema de la cultura). Miranda miraba descalificativamente a Andy Sacks en quien veía reflejada la avanzada de los nuevos bárbaros que acabarían con el imperio del buen gusto. Y nosotros disfrutábamos de sus poses y gestos, hoy convertidos en memes automáticos. Pero Miranda siempre tuvo razón y nosotros no supimos ver. Por eso si en El diablo viste a la moda empatizábamos con Andy, que representaba la ilusión del escape del sistema y la presunción de humanismo, veinte años después Andy vuelve para darle la razón simbólica y literalmente a Miranda.

El diablo viste a la moda 2 no es una simple secuela, sino que es una película sobre las secuelas de haber abandonado culturalmente al último siglo que siguió haciendo de la cultura popular (la moda pertenece a ese sistema al fin y al cabo) un lugar de excelencia: el siglo XX. Por eso el mundo que muestra veinte años después es uno en el que el valor del mérito y la calidad aparece suplido por la corrección política, por las buenas intenciones, por las capacidades más o menos hábiles de comunicar por redes (en alguna medida sería la inversión perfecta de Emily in Paris). En su pesimismo, El diablo viste a la moda 2 entiende que los grandes saberes de la estética (y la capacidad de observarlos y transmitirlos a generaciones siguientes) son una suerte de lujo cada vez más vedado, una experiencia marginal. Por eso la Miranda Presley que miraba de arriba a abajo a la Andy de 2006, retorna para invertir el gesto: «el gusto por la belleza y la excelencia en una disciplina es una de las pocas cosas que nos quedan» bien podría decirle.

Los cuatro personajes centrales de la película, por lo tanto, funcionan como variaciones de ese horizonte de excelencia: la última gran maestra, el eterno segundo pero también poseedor de la capacidad de encontrar belleza, la aprendiz reconciliada y, finalmente, la resentida social. Todos y cada uno de ellos (en este sentido esta segunda parte es una mejora porque los vuelve más sofisticados y menos estereotipados que en la primera) encuentran su lugar para brillar. Y el cuentito moral melancólico sobre el fin de una época es también el cuento de ellos y su crecimiento (o su techo) profesional, mientras el mundo se va volviendo cada vez un poco peor, un poco más gris, más mediocre, en donde la experiencia subjetiva reemplaza a la voluntad de excelencia que, en vez de afectar solo a uno, nos puede mejorar a todos. Pero este siglo de mierda no está preparado para esta conversación. Por eso, que al estreno la gente haya acudido lookeada como si Miranda las fuera a evaluar todavía me da esperanzas: hay poco tiempo y pocas películas que crean que la belleza puede ser un ideal alcanzable que nos pueda hacer mejores. Esta es una de ellas. Albricias.

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