Honey don’t!
EE.UU., 2025, 90′
Dirigida por Ethan Coen.
Con Margaret Qualley, Chris Evans, Aubrey Plaza, Charlie Day, Billy Eichner, Gabby Beans, Talia Ryder, Lera Abova, Jacnier, Kristen Connolly, Lena Hall, Don Swayze.
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Después de años de trabajar juntos, los hermanos Coen se separaron. Al menos, tomaron rumbos artísticos separados; mientras que en 2021 Joel dirigió The Tragedy of Macbeth, Ethan se alejó del cine para volcarse al teatro, luego dirigió un documental sobre Jerry Lee Lewis, y finalmente volvió a la ficción en 2024, llevando a la pantalla un guión co-escrito con su esposa Tricia Cooke. La película se llamó Drive Away Dolls, primera parte de una trilogía cuyo eje bebe de dos fuentes: el cine clase B y el cine con lesbianas como protagonistas. No nos interesa ahondar en ella ahora mismo, porque a) no la recordamos lo suficiente (lo que quizás ya dice algo) y b) estamos acá para hablar sobre Honey Dont!, segundo intento del dúo Coen-Cooke por dar forma a su universo particular: relatos neo noir donde a las chicas le gustan las chicas y los cadáveres se acumulan por doquier. La clásica fórmula de “pueblo chico, infierno grande”, que los propios Coen ayudaron a edificar en el cine (con Simplemente sangre y con Fargo a la cabeza), agregando capas de irreverencia, cinismo y humor negro.
La Honey del título, interpretada por Margaret Qualley (en algunos planos, más parecida a su madre que nunca), es una detective privada que debe investigar la muerte de una mujer en un aparente accidente vial. El paisaje es el típico pueblito de la América profunda, ideal para barrer secretos debajo de la alfombra. Honey realiza su trabajo con un estilo old school, sin celulares ni computadoras, y la mueve un profesionalismo intachable. Mientras esquiva los lances constantes de un policía (Charlie Day) y se enreda sexualmente con una policía (Aubrey Plaza), descubre que el accidente quizás esté relacionado con una iglesia local, de esas con un pastor que grita y fieles que se desmayan. El chanta con sotana, de cuerpo demasiado atlético, está interpretado por Chris Evans, con un rol medio imposible que, sin embargo, permite verlo con cierto aire después de tantos años siendo el monolítico Capitán América.
Si Honey Dont! fuera solo lo anterior, y su desarrollo implicara la investigación y sus posibles consecuencias, tal vez estaríamos ante una película más funcional y menos desconcertante. Cuando usamos este término, cabe decir, no es para bien; la sensación de WTF que se impone rara vez suma, pero, de alguna manera, tampoco es que necesariamente resta. Escúchenme, no estoy loco ni balbuceo incoherencias: las derivas del guión y los personajes secundarios son 100% Coen (o Ethan, podemos decir ahora), pero aparecen como destellos geniales que no llegan a integrarse en una verdadera luminosidad. Las virtudes de la película se miran de costado, se esquivan, siguen de largo, como si los personajes de un libro de cuentos quisieran ser, de repente, parte de una misma novela. Eso sí: todo está filmado de manera impecable, con el oficio de un tipo que lleva 40 años en el negocio. Pero, por algún extraño hechizo, el resultado se asemeja más a lo que algún jovencito loco podría hacer imitando a los Coen, que a los Coen mismos. O, bueno, a uno solo de ellos.

