Ray Donovan
EE.UU., 2013-2018, 12 capítulos de 45′ a 60′ (cinco temporadas)
Creada por Ann Biderman
Con Liev Schreiber, Paula Malcomson, Eddie Marsan, Steven Bauer, Dash Mihok, Katherine Moennig, Pooch Hall, Kerris Dorsey, Devon Bagby, Jon Voight, Alyssa Diaz, William Stanford Davis, Michael McGrady, Elliott Gould, Hank Azaria, Dominique Columbus, Denise Crosby, Brooke Smith, Katie Holmes, Octavius J. Johnson, Frank Whaley, Rosanna Arquette, Tara Holt, Chasty Ballesteros, Ambyr Childers, Sheryl Lee Ralph, Ian McShane

Luces y sombras 

Por Diego Kohan

Racconto. Vayamos atrás en el tiempo y establezcamos una breve y reconocible evolución de las series. Las series clásicas (el formato, que es algo distinto al modo laxo en el que utiliza el término hoy por hoy) tenían un puñado de pautas en común casi irrenunciables: protagonistas carismáticos, esqueleto narrativo similar en todos los episodios, inicio-nudo-desenlace en el episodio en cuestión, son algunas de las más destacadas. Pensemos en El Zorro o más cercana en el tiempo en Brigada A, por ejemplo. Recién a finales de los noventas se produjo un quiebre, que ha sido fechado en torno a la emisión de Los Soprano, en 1999 (se pueden aceptar experiencias previas, pero más o menos coincidiremos). La histórica serie de HBO introdujo una tridimensionalidad en los personajes que no era habitual para los formatos de ficción que habían funcionado históricamente durante las décadas anteriores (el formato serie, el formato de tira diaria o telenovela, el formato unitario y el telefilm), a través de recursos de guión como desarticular los lugares comunes del género de gangsters, humanizándolos.

Personajes y evolución. Ray Donovan, en este sentido, no aporta nada nuevo, ya que se inserta en un contexto en el que la TV ha aprendido a desarrollar personajes, una facilidad que hoy por hoy la televisión ha naturalizado. Pero al mismo tiempo da un pasito más y se establece como un melodrama de acción, por lo que la evolución de los personajes es hiperbólica. No es casualidad que ambos géneros respondan, correspondientemente, a los puntos más notables que puede ofrecer una serie: personajes y entretenimiento. ¿Y cómo es que en este caso se conjugan ambas reglas?  A través del contraste entre luz y oscuridad y la continua rotura de límites éticos de los personajes, al tiempo que esto desafía la tolerancia y empatía del espectador. Pero para que haya personajes hay una especial atención en las elecciones actorales: comenzando con Schreiber y su discreto Ray, que reduce sus modos a pocas palabras y a mantener sus brazos constantemente caídos, y siguiendo con la fenomenal composición de Eddie Marsan como Terry, con su enfermedad crónica, su desánimo y sabiduría no académica (el único personaje con cierta autoridad sobre el protagonista) o el retrato de Malcomson como una ama de casa absolutamente destarada que a pesar de eso no pierde su imagen de mujer potente y corajuda aunque pase buena parte del relato llorando; y no podemos olvidar a Jon Voight, que aquí hace uno de los mejores papeles de su enorme carrera, pasando de clima en clima tan cómodo como si su personaje le recordara a alguien a quien conoce a la perfección.

Ray al comienzo de la serie trabaja para un estudio de abogados de Hollywood que entre sus clientes tiene distintas estrellas, como actores o deportistas de elite. Su tarea es la de “cleaner” (limpiador) o “fixer” (arreglador), se ocupa de que los asuntos que puedan perjudicarlos no salgan a la luz. Aquí está inicialmente la parte del relato que responde al género de acción. En el ala del melodrama, apenas corren los primeros minutos de la serie (allá por 2013) se exhibe la notable diferencia entre la lujosa vida del protagonista (ubicada en Calabasas, Los Ángeles) y el lúgubre y polvoriento gimnasio donde trabajan y viven sus hermanos. Gimnasio que, con el correr de las temporadas, sabremos que es propiedad de Ray y que se usa para lavar dinero. Son frecuentes los contrastes entre lo claro y lo sombrío y muchas veces se plasman en el abrupto paso inmediato de escenas en ambientes cerrados a planos generales diurnos.

Un mundo de adultos. En su crítica sobre The Sinner, dice nuestro compañero Hernan Schell: “las series americanas han tomado la posta que el cine mainstream de los últimos años parece haber abandonado casi por completo: la de hacer un producto adulto con aspiraciones masivas”. Pues, bien, la serie protagonizada y luego producida por Liev Schreiber se propone tomar riesgos como llevar su relato a la intimidad de un matrimonio que establece extrañas reglas (que hablan de una ética personalísima, algo bien distinto a la moral, que es condenatoria), como infidelidades silenciadas y asumidas, destratos, incomunicación; o que tiene como único método para solucionar conflictos el sexo conyugal más bien violento. Así y todo esta pareja no se quiebra sino que, a fin de cuentas, solidifica su unión amorosa y su proyecto de vida. Además, en esto de la tridimensionalidad, el matrimonio a la vez tiene que lidiar con el crecimiento de sus hijos (Bridget saldrá con un profesor y Conor tendrá fascinación por las armas a la vez que duda de su sexualidad) o los traumas de los hermanos de Ray (Bunchy, abusado de chico; Terry, el mayor, exboxeador con Parkinson y Daryll, el menor, hijo de otra madre). Es imperdonable olvidar el romance de Ray con una periodista a quien llegado un punto sabe que debe asesinar para cubrirse o los episodios donde el relato se enfoca en la incapacidad de Bunchy para relacionarse con mujeres.

Sería imposible hablar de esta serie sin dedicarle unas cuántas líneas a un personaje central, quizás tan importante como su protagonista. Nos referimos, claro, a Mickey Donovan, padre de Terry, Ray, Bunchy y Daryll. Además de ser un personaje pintoresco, Mickey es utilizado por el guión no sólo para desestabilizar los pequeños reposos del relato sino también para conjugar drama y acción, porque en su tridimensionalidad el viejo Donovan es un delincuente bravo y un ser sumamente egoísta e irresponsable para con su familia (al punto de llevar a su nieto adolescente Conor a una orgía con chicas a las que “organiza” para trabajar sexualmente o involucrar a sus hijos en robos que terminan en tiroteos o detenciones), pero a la vez, motorizado por el cariño -creemos-, muestra un genuino deseo de oficiar de abuelo y padre, aunque su modo sea cristalinamente anacrónico, obsoleto y dañino. Un mundo donde los contrastes conviven.

Ética y moral. Decíamos al comienzo que una de las formas que utilizaba la serie para articular su relato era la constante extensión o rotura de límites éticos. Ray Donovan no juzga a sus personajes, y lo sabemos porque estéticamente decide poner en escena montones de situaciones horrendas bajo los mismos parámetros formales que cualquier otra situación cotidiana: da lo mismo un desayuno familiar o una golpiza brutal. Y es que para el protagonista su oficio ha convertido esto en algo tan habitual que generalmente no se ve alterado por estas cuestiones. Por eso la serie no se regodea estilísticamente cuando la historia pasa por estos caminos. Algunos llenan tablas de Excel, otros manejan un taxi; Ray extorsiona, golpea, secuestra, tortura o asesina. Y no goza con eso, pero tampoco lo sufre; tantos traumas lo convirtieron en un fantasma.

Valga aclarar que aquí el protagonista no es mucho más que el nexo entre los principales secundarios, que están a disposición y van variando en su importancia según convenga, como los palos que un golfista lleva en su carrito y selecciona según el hoyo. Esta vidriera de personajes tridimensionales rotos y polémicos es la que permite a Ray Donovan constituirse como una serie dramática articulada de forma envidiable, a la par que la trama policial impone un recorrido laberíntico por un submundo despojado de moral. No creo conocer muchas series que, como ésta, escondan tan bien sus hilos y, por qué no, le permitan al televidente suspender el juicio moral para disfrutar de el mundo horrible que nos muestra.

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