Playdate
EE.UU., 2025, 93′
Dirigida por Luke Greenfield
Con Alan Ritchson, Kevin James, Sarah Chalke, Alan Tudyk, Benjamin Pajak, Banks Pierce, Hiro Kanagawa, Stephen Root, Isla Fisher
Ser padres hoy
Un día fuera de control fue vapuleada casi en piloto automático por la crítica norteamericana. Fue, de hecho, uno de esos típicos casos donde los críticos suelen apelar a frases ingeniosas y lapidarias, pero que, apenas rascando la superficie, se revelan como vacías y banales. Es posible que esto esté relacionado con los nombres involucrados en el film: desde Luke Greenfield, un realizador muy irregular (y en ocasiones mediocre), hasta Alan Ritchson, a quien no se suele asociar con la comedia, pasando por Kevin James, que es cierto que tiene una carrera despareja, pero cuya labor suele ser subestimada.
El film se centra en Brian (James), un tipo piola y a la vez limitado, que no está en un momento precisamente óptimo: lo acaban de despedir de su trabajo por hacer, valga la paradoja, su trabajo, y encima no sabe realmente cómo ser el padrastro de Lucas (Benjamin Pajak), un pibe que es un total freak, a tal punto que el blanco favorito de sus compañeros. Por más que ambos le pongan ganas, no pueden ayudarse y complementarse debidamente, y la situación parece empeorar con el reciente despido de Brian. En ese contexto desesperanzador, la luz al final del túnel aparecerá de manera paradojal, cuando se topen con Jeff (Ritchson) y CJ (Banks Pierce), otro padre con su hijo (supuestamente), que dan la impresión de ser recontra unidos, pero por un vínculo violento hasta el límite de lo paródico. Jeff en particular es un sujeto absolutamente disfuncional, que arrastra a Brian y Lucas a una aventura que siempre va a estar al borde lo inverosímil, en la que son perseguidos por un grupo de mercenarios por motivos que solo iremos conociendo a medida que avance la historia.
Se nota un aprendizaje de errores previos en Greenfield, que, a diferencia de Agentes del desorden, que arrancaba con todo para después ceder a la tibieza y la bajada de línea moralista, en Un día fuera de control se toma solo el tiempo precios para lecciones de vida, porque la prioridad es lo humorístico. Pero, además, el aprendizaje que emprenden los personajes va de la mano del movimiento, de las piñas, tiros y persecuciones, con Ritchson como un héroe inconsciente y amoral, James como acompañante voluntarioso pero torpe, y ambos encontrándose (o reencontrándose) a sí mismo en la aventura. Por eso la película puede asumirse como un relato sobre la paternidad, o más bien sobre cómo encontrar algún tipo de vía para ejercerla. A tal punto que incluso no teme señalar que hay gente -como el breve personaje interpretado por un gran Stephen Root- que es incapaz de ser padre, o que puede haber madres (como la encarnada por Isla Fisher) que son psicópatas apenas encubiertas.
Es cierto que, cuando tiene que dejar explícitas las razones que movilizan tanto a los héroes como a los villanos, o las reconfiguraciones a las que se ven obligados los protagonistas, Un día fuera de control no dice nada particularmente renovador o rupturista. Pero lo hace desde lo afectivo, desde las acciones de las personas, no desde lo institucional o lo discursivo. Lo hace a toda marcha, apostando a una fisicidad entre cómica y estimulante, con secuencias de acción bien coreografiadas, divertidas y políticamente incorrectas a partir del alegre protagonismo que tienen los pibes en el ejercicio de la violencia. Con todo eso -que parece poquito, pero en estos tiempos seriotes es bastante-, Greenfield logra su mejor film desde Animal, que también en el momento de su estreno, en el lejano 2001, fue subvalorada y hoy está prácticamente olvidada. De paso, Ritchson sorprende con su capacidad para la comedia y James recupera lo mejor de sí mismo. Un día fuera de control merece ser disfrutada, por más que Greenfield esté quizás condenado al olvido.

