La casa es negra (Khaneh siah así)
Irán, 1962, 26′
Dirigida por Forugh Farrokhzad

Palmas (Ladoni)
Rusia, 1994, 140′
Dirigida por Artour Aristakisian

Contornos (*)

Por Fernando Luis Pujato

Enfrentarse a La casa es negra es, por decir lo menos, turbador. Tal vez tanto como enfrentarse a Freaks, aunque, como lo señala Serge Daney, el mismo Browning debe dejar de lado el registro documental e introducir la ficción dentro del film pues la vista de monstruos y personas normales en el mismo plano iguala las diferencias. Tal vez sea así, pero en el caso del film de la gran poetisa iraní la cuestión se complica no sólo porque la ficción -en el sentido de diseñar algo, que es la significación de fictio- está enteramente construída con imágenes de lo real sino porque todo se desarrolla dentro de una colonia de leprosos y lo que vemos es, verdaderamente, los desechos de la humanidad. ¿Cómo se las arregla Farrokhzad para que eso no sea insoportable?: acompañando un soberbio registro formal con poesías, con un texto que habla del dolor y de la humillación, del horror pero también de la esperanza y la solidaridad, del sentirse partícipes de la construcción de algo, de lo que sea, en ese lugar clausurado a la mirada, cerrado sobre sí mismo. Es dentro de esta clausura donde la poiesis del cine salvará a las imágenes del mundo.

Enfrentarse a Palmas puede resultar aún más sobrecogedor pues, ¿qué hay en el cine, en estos últimos cuarenta años, que pueda oficiar de puente o de nexo o de continuidad con este film? ¿cual es documento fílmico que podemos exhibir en este lapso? ¿alguien se ha ocupado de la basura que arrojamos al resto del mundo -como decía Lévi-Strauss en su bello y descomunal libro TristesTrópicos? Casi nada, casi ninguno, casi nadie. Es en esos casi donde está el film de Artour Aristakisyan, que se desarrolla en Moldavia en la década de los 90′, un lugar devastado, arrasado por una guerra reciente o un terremoto o un crisis económica-o todo esto junto a la vez-, atestado de ruinas y vehículos antiguos y suciedad. Y ese tremendo blanco y negro que hace parecer todo aún más decadente y más ominoso y más aciago. Y lo que queda, lo que aún sobrevive, está ahí afuera, en la calle, en ese espacio que no se puede ignorar, que el cine nunca pudo ocultar. Podemos cerrar los ojos, mirar para otro lado -sí, pero ¿dónde? ¿a quién?-, podemos salirnos de la sala, no ver, no ver más. Podemos simular. O peor, podemos enojarnos, con el director, con el film, con nosotros.

 

Pero nada de esto tiene sentido en el momento en el que las imágenes conectan con un texto que, sólo indirectamente, se refiere a ellas. Un escrito dirigido hacia ese hijo que aún no ha nacido, una suerte de carta hacia un porvenir desconocido desde un presente conocido tardíamente, reconocido dolorosamente, filmado desgarradoramente, con toda esa gente que representa lo no asimilable, el exceso no deseado, lo descartable, lo que no encaja en el sistema, en ningún sistema. A esto se refiere el discurso de Aristakisyan, al sistema en el que están basados los supuestos logros de nuestra especie, nuestros valores y nuestras certezas, nuestro bienestar y nuestro desahogo, este estar en el mundo agradable, tal vez dichoso, casi de sentido común; este alivio. Que la vista de discapacitados físicos y psíquicos -aunque ahora se los denomina discapacitados intelectuales-, tullidos e indigentes de todo tipo, habitando en altillos y sótanos y casuchas miserables, circulando y viviendo en las calles, con sus historias y su vida, literalmente, a cuestas, proporcione una visión de las cosas poco menos que estremecedora, un no future civilizatorio, no significa que Palmas sea una especie de terapia de choque visual momentánea destinada a conmover las bellas conciencias de los bellos espectadores o un propósito humanista con fines didácticos o un muestreo solidario con los “condenados de la Tierra”; Franz Fanon en la Europa suroriental. Significa más bien que aún hay preocupaciones por mostrar, preocupaciones siempre públicas aún cuando se las intente encerrar dentro de cuatro paredes. Es a través de estos contornos donde las imágenes del mundo salvarán la poética de aquello que todavía llamamos cine.

(*) Publicada sin título en La noche del cazador, Agosto de 2015

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