Bafici 2024 – Diario de festival : Bajo naranja, Ciclón fantasma, Barcos y Catedrales

Por Marcos Ojea

Michael Taylor Jackson. Ese es el primer nombre al que me enfrento en esta edición del Bafici, y no puedo evitar relacionarlo con Michael B. Jordan, a quién una letra separa de la gloria eterna. Acá son seis letras, y como el legado del Rey del Pop ha sido mediáticamente puesto en duda (el musical no, el otro), evitaremos pensar a este Michael Jackson en relación con aquel. Aunque, claro, en Bajo Naranja, la ópera prima de MTJ, el pop está presente en el estallido de colores, incluso en esa Frida Kahlo zombie que acusa a Diego Rivera en un cementerio. No baila al ritmo de Thriller, pero casi. ¿Un poco perezoso y fácil utilizar la coincidencia de nombres para establecer puntos en común? Tal vez sí. Si yo fuera MTJ, diría “que pesado el que escribe esto”. En tal caso, se pedirán las disculpas correspondientes, o no. Vuelta a lo que nos convoca: además de dirigir, MTJ escribe y protagoniza Bajo Naranja, una película que bordea los males del cine pensado para festivales, pero que también es capaz de parodiar esos vicios. O, al menos, de interpretarlos desde una mirada ajena, obviamente extranjera, aunque camuflada bajo los ritos del underground porteño.
¿De qué estamos hablando? La mano viene así: un turista norteamericano busca en Buenos Aires la tumba de Bouchard. Dos ladrones improbables lo asaltan y se queda sin plata y sin documentos. La embajada no le da una solución, así que no le queda más opción que dormir en el cementerio. Claro que hay más opciones, pero en la realidad un poco alternativa que plantea la película, es la única. De esta manera, despertando entre las tumbas, conoce a un grupo de personas -él, ella, ella, elle- a los que se unirá en una suerte de convivencia artística, poliamorosa y con fines de sabotaje, robo y secuestro político incluidos. Una trama disparatada, que invita tanto a la diversión como al divague existencialista, ese que surge en los debates de terraza, al calor de las sustancias, y que siempre tiene la fórmula para cambiar el mundo.
Los ojos del Yanqui son el prisma a través del cual todas las cuestiones (el arte, la política, la identidad sexual, Buenos Aires) son captadas. Su asombro ante los descubrimientos vuelven tolerables escenas que, de otro modo, caerían fácilmente en el regodeo de lo raro, lo extraño celebrando su propia extrañeza. Se sabe: muchos artistas creen estar locos, y muchos otros creen ser artistas. Las dos especies habitan el under con una población densa, y Michael Taylor Jackson los mira desde adentro, haciendo eco de sus hallazgos y sus miserias. No está solo: lo acompañan Sofía Gala Castiglione, Vera Spinetta, Bel Gatti, Gianluca Zonzini. También está Kevin Johansen, cuyo espíritu carnavalesco se infiltra en los pliegues de la película. Son artistas que juegan dentro de una ficción que parece una feria de atracciones, algunas cómicas, inteligentes, y otras caprichosas, esforzadamente bizarras. Eso es Bajo Naranja, una experiencia permeable al humor y las ganas que tengamos. Si es un buen día, sacaremos agua (o vino) de las piedras. Si estamos irritables, ante algunos eventos y zigzagueos del guión, diremos: pero la puta madre. 
Diana Cardini. No hay lazos fáciles para establecer con otras Dianas. Tampoco razones de peso para conectar su película con la de MTJ, salvo por el mencionado cementerio. No, en Ciclón Fantasma no hay específicamente un lugar de descanso eterno, pero sí hay zombies, muertos, monstruos, toda la fauna proveniente de la imaginería del terror clásico. Incluso hay dinosaurios. No es, como algún despistado podría pensar, una fantasía criolla de género, una ficción. Es un documental sobre personas y actividades muy concretas. Está la basílica de Luján, el río, el bosque, un parque de diversiones, y tres personajes: Fabián, Rosa y Alejandro. El primero se dedica al negocio de los sustos, en su versión más artesanal. Construye casas de terror, reciclando materiales e inventando su propia utilería. Los otros dos son una pareja que explora la naturaleza, al tiempo que recolectan fósiles del río y sus alrededores. En realidad, es él quien lo hace. Ella está enamorada, y lo sigue y alienta en sus aventuras.
Para narrar a sus criaturas, la directora desecha el formato clásico, televisivo, del busto parlante, y se decanta por la observación sin intervenciones. A la manera de los documentales de Frederick Wiseman, con una cámara que opera como un testigo silencioso, busca capturar desde la forma la existencia natural, orgánica, de los protagonistas. Puede tratarse de Fabián contándole a un ayudante sobre una antigua novia, o de Rosa y Alejandro recorriendo un museo. También puede ser que el protagonista no sea una persona y sea una experiencia, como la peregrinación en Luján o el detrás de escena de la casa del terror. La búsqueda no siempre se logra y, a veces, los recortes de esas vidas se sienten antojadizos, esforzadamente artísticos. En algunos de esos segmentos, los temas se ven eclipsados por el artificio, contradiciendo su propia vocación observacional. O quizás sea que los involucrados son tan extravagantes, tan entrañables, que no parecen pertenecer a este mundo. Alejados del ruido, se mueven bajo sus propios códigos, que incluyen como base la pasión y el trabajo. Unos locos lindos, como dicta el habla popular. Revelarlos al público es la principal virtud de Ciclón Fantasma, que encuentra su segundo acierto en una duración que apenas rebasa la hora.

Nicolás Aráoz. Su ópera prima, Barcos y catedrales, es la tercera y última película por la que pasa esta crónica. Afuera, el Bafici se ve envuelto en el ruido de un INCAA que agoniza, para transformarse en otra cosa o desaparecer. El tiempo dirá. Dentro de los márgenes de la ficción, el tiempo parece detenido, y los eventos se encadenan sin mayor correspondencia. Es decir: hay una lógica interna, hay personajes en un pueblo tucumano (Antonio, el ingeniero; Emilia, su amante; Sergio, el ayudante), y hay un fondo de muerte no resuelta, que tiene tanto que ver con el duelo como con los fantasmas. La cámara se mueve muy poco, dando forma a un recorrido de planos fijos. Algunos funcionan como una invitación para que el espectador los complete, les busque un significado, simbólico o real. Otros son sencillamente aburridos, estáticos. Quizás sea una forma de construir a contramano de la velocidad del presente, un recurso del que algunos artistas echan mano para justificar el paso lento de sus historias. La lentitud, ese mote con el que muchos califican al cine nacional. A veces están errados, apurados, sin capacidad de detenerse a admirar la belleza. Otras veces, no.
Tomando distancia de ciertas condiciones de producción que podrían inspirarnos un rapto de chauvinismo, es válido decir que al cine argentino le cuesta sobrepasar la medianía. Claro que no vi el grueso de películas que conforman el festival, pero los años y la experiencia en el oficio me animan a tal declaración. Si hacemos el recorte en los tres filmes abordados, la tesis no hace más que confirmarse. Cerremos el objetivo sobre Barcos y catedrales, para ser justos y darle un espacio equivalente al de sus pares. Si la analizamos con ojo crítico, qué es lo que intentamos, podemos encontrar cosas; un plano acá, un diálogo allá, y con voluntad tal vez aparezca el argumento que la sostenga. Podría también facilitar la cuestión, hacer un resumen impresionista y decir que, simplemente, no me gustó. Pero es tarea de la crítica excavar en los pormenores de esa sensación, y el cine nacional independiente (el que nos convoca acá) siempre problematiza la tarea. Hay grandes excepciones, por supuesto. No son las que me tocó cubrir en esta edición del Bafici. De cualquier modo, ojalá, nos veamos en la próxima.

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