Familia sumergida
Argentina-Brasil-Alemania-Noruega, 2018, 91′
Dirigida por María Alché
Con Mercedes Morán, Marcelo Subiotto, Esteban Bigliardi, Diego Velázquez, Laila Maltz, Ia Arteta y Federico Sack.

Unos fantasmas

Por Rodrigo Martín Seijas

Cuando mi padre murió, no se fue tan fácil: el tipo siguió rondando por ahí, su presencia continuaba latente, merodeando la existencia cotidiana de quienes lo habíamos conocido y querido. Estaba en los espacios vacíos, en los objetos, en las ropas, en las situaciones que evocaban recuerdos. Estaba pero no estaba, y esa presencia de su ausencia era una forma de evidenciar lo descolocados que estábamos por su muerte, por el hecho de que nuestra vida ya no iba a ser la misma. Era un fantasma al que le otorgábamos un marco de entidad relacionada con lo físico, pero que era una expresión de lo que ocurría en nuestro interior, porque al fin y al cabo ese fantasma estaba dentro de nosotros. ¿Cómo acostumbrarse? ¿Cómo seguir adelante? ¿Cómo recordar sin que ese recuerdo abrume? Las respuestas no eran simples ni lineales, y hasta en cierto modo eran imposibles de contestar, básicamente porque no hay un manual que permita afrontar esas situaciones. Por eso, el orden no se podía retomar; había que construir un nuevo orden, una nueva rutina, otro tipo de cotidianeidad, que excluyera a quien ya no estaba. Y eso no fue precisamente fácil.

Con Familia sumergida, su ópera prima, María Alché toma buena parte de esos enigmas siempre presentes cuando se produce una pérdida, a través de la historia de Marcela (Mercedes Morán) una mujer tratando de sobrellevar el fallecimiento de su hermana y todo el proceso que eso implica. Alché hace de esos dilemas pura corporalidad, que se retroalimenta con lo espacial y lo temporal, alcanzando un tipo de desestabilización cuando menos inusual. El comportamiento de Marcela se va haciendo cada vez más errático para todos los que la rodean, pero como la puesta en escena la sigue de manera casi obsesiva, en una fusión sensitiva con su cuerpo y su mirada, sus acciones cobran una lógica comprensible y a la vez retorcida para el espectador. Lo que progresivamente vamos viendo es ese interior de Marcela, en plena crisis y reacomodamiento, exteriorizado, cobrando vida, imagen, sonido y cuerpo.

En Familia sumergida lo fantasmal se hace tangible, lo extraño se vuelve habitual y lo que antes era cotidiano pasa a ser una entidad extraña. Y si el posicionamiento de Alché –que se apoya en buena medida en una actuación sobresaliente de Morán- se da desde lo subjetivo, esa subjetividad difusa (que en momentos puntuales se permite un corrimiento hacia la mirada del otro, como en la escena donde Marcela se larga a llorar frente a uno de sus hijos) habilita también una mirada sobre la institución familiar como una instancia que puede ser un refugio, pero también una prisión o un mecanismo de ocultamiento. Allí es donde la película adquiere connotaciones tan inestables e inquietantes que hasta coquetea con el terror, particularmente en una secuencia tan arriesgada como lograda, donde todos los límites entre las dimensiones de sentido parecen derrumbarse.

Alché, que pareciera buscar la historia con su cámara en constante movimiento, pero que al mismo tiempo tiene muy claro qué narrar y cómo narrarlo –lo demuestra su impecable utilización del sonido y el fuera de campo como medios expresivos-, sabe llegar al final justo y preciso. Es un cierre que no es cierre, por más que se vea en Marcela y su entorno un intento de culminar con esa etapa errática y arribar a una conclusión con certezas. Hay un baile que se pretende alegre y hasta aliviador, pero que no deja de ser una mascarada porque no hubo catarsis. Los fantasmas, aunque ocultos, siguen rondando.

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