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Tiempo de lectura: 4 minutosWoodstock 99: Peace, Love and Rage

Por Ariel Esteban Ramos

EE.UU., 2021, 110′
Dirigida por Garret Price

Los bárbaros, la decadencia y la civilización occidental

Los bárbaros asediaron y eventualmente saquearon Roma, pero la herencia cultural de la ciudad eterna y el cristianismo los convertiría gradualmente en un sustrato humano muy diferente: europeos. A principios del siglo XVII, algunos de sus descendientes decidieron que Roma hedía como Babilonia, y zarparon hacia esa nueva Tierra Prometida, los Estados Unidos, para iniciar desde cero una civilización virtuosa y pía. Pero la impureza perseguía a los fugitivos, y en 1969, los nietos de esos puritanos, ahora pelilargos y enjoyados como sus tatarabuelos bárbaros, huyeron en masa hacia una nueva Terra Nova de amor y paz: la música. Woodstock fue, entre muchas cosas, la respuesta de la contracultura del Rock a lo que la generación ganadora de la segunda guerra mundial supo y pudo hacer con el mundo, pero sobre todo a lo que no supo ni pudo. ¿Qué mejor lugar para ensayar una nueva fuga de esta tierra desangelada que un evento musical en una ciudad llamada Bethel (estado de NY), igual que aquella donde Jacob habría soñado con una escalera poblada de ángeles que llevaba a la promesa celestial del Canaán propio? La historia del Rock se entrelaza en lugares insospechados con la venerable tradición de la utopía. Fue la dimensión que cobró el mito de Woodstock lo que tentó a sus organizadores a reeditarlo muy lucrativamente en 1994 y en 1999. Pero el evento se descontroló de todas las maneras posibles, como diez despedidas del Indio Solari en Olavarría todas juntas. Las razones materiales: masividad, locación inadecuada, infraestructura pobre y seguridad insuficiente. El resultado: violencia, abusos sexuales, desastre sanitario y saqueo. Una nueva invasión bárbara, ahora en un ignoto paraje del estado de NY llamado… Rome. Las palabras se ríen de nosotros. 

Pero el documental Woodstock 99 no se conforma con establecer las causas materiales de la barbarie. El desastre será considerado un caso testigo de la cultura de los 90 tardíos que requiere análisis. Habría sido la alerta sociológica que nadie vio; estaban ya ahí todos los cucos actuales. La conversación será a cuatro voces: el archivo fílmico y fotográfico; el testimonio de los organizadores (con un acento casuístico: fueron unos pocos inadaptados); los protagonistas, que aportan emoción, tragedia y falta de conciencia histórica, de perspectiva; y la voz cantante, los periodistas de Rock: hablarán del componente racial, de los chicos blancos jóvenes, consumidores de una MTV que habría traicionado su rebeldía original, de la masculinidad tóxica, de la cultura vacía y comercial de la rave. Volviendo a Woodstock 69, un periodista se refiere a la mitología romantizada bajo la forma del documental, una inmortalidad fílmica que convirtió aquel desastre original del 69 en mito, en un valor cultural o contracultural que debía ser rescatado. Me pregunto también si Woodstock 99 no peca, como forma documental, de una romantización de cierta mirada crítica dominante, anacrónica, rápida y limitada que con cada nueva producción filmográfica (teléfono para Netflix o Disney) alimenta el mito de su propia lucidez.

Como contemporáneo de todos esos testigos y protagonistas, me siento con derecho a recordar un contraste desde la otra punta del espectro: un hermoso capítulo de South Park en 2005 muestra al pueblito invadido por “hippies sabelotodos” que culpan de todos los males a las corporaciones. Para solucionarlo, no tienen mejor idea que organizar un recital que amenaza con destruir el pueblo. La referencia al 99 es inmediata, y resulta interesante la enorme diferencia de caracterización: el estereotipo de Stone y Parker fue el hippie y no el white fraternity rapist violent boy (y ojo que South Park no ahorra munición con los pobres de melanina cuando se le antoja): no es tanto el capitalismo sino su asociación eficiente, funcional, con aquella contracultura del 69, que percute machacona con su cáscara vacía. En esto, el primer Woodstock no habría sido muy distinto del último: simplemente hacía menos calor, había más porro que éxtasis y la música era infinitamente mejor.

El documental parece insinuar que la corriente contracultural del amor y la paz fue subvertida por una ideología mercantilista que dejó a la juventud totalmente vacía, sin objetivos más altos que emborracharse, drogarse o exhibirse en MTV. Si bien estamos de acuerdo en que las redes sociales todavía no habían llegado para llenar ese hueco de autoexhibición y agresión, esa no pueda ser toda la historia. Me pregunto si el Rock como cultura y sus cabezas visibles pueden ser totalmente exculpados cuando dice presente cierta forma elemental y banal de mal. Si vale culpar, como parodiaban los personajes de South Park, a las corporaciones. En sus testimonios, que salpican todo el filme, los artistas se despegan sumariamente de cualquier tipo de responsabilidad. Dave Mustaine llega a hablar de su oficio trovador como si la estrella de Rock no fuera propiamente un sacerdote oficiando un tipo muy especial de ritual. Y para jugar con fuego hay que estar a la altura. En un raro flash de buen juicio que no quiere pontificar ni posar, el cantante de Jamiroquai aparece echando con ironía a un camarógrafo del festival: “creo que ya filmaste bastantes tetas, borrate”. Una periodización que sólo es justa a medias separa a los primeros grungies de la tendencia popera que luego copó MTV. Digo a medias porque si bandas como Nirvana realmente tenían algún mensaje importante para darle a la juventud además de su gruñido de angustia existencial, fallaron miserablemente junto con nosotros: nos quedamos con su descarga cinética, con el gesto y no con su sarcasmo o algo más productivo… pero los adolescentes éramos nosotros, viejo. Recuerdo ahora un detalle de la presentación de Nirvana en Argentina: el público escupió y abucheó a la banda telonera. Cobain lo castigó con su típico sarcasmo, borrando “Smells like the teen spirit” del programa. Un adolescente castigando a sus pares. Al final me pregunto si esto que vertebra la cultura del Rock no es también lo que la hace insostenible: la ilusión de vivir sin padres, y sobre todo, la fantasía de que nunca tendremos que ocupar su lugar.

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