Black Mirror – Temporada 5
Reino Unido, 2019, tres episodios de 60′ aprox
Creada por Charlie Brooker
Con Anthony Mackie, Yahya Abdul-Mateen II, Nicole Beharie, Pom Klementieff, Ludi Lin, Andrew Scott, Damson Idris, Amanda Drew, Topher Grace, Miley Cyrus, Angourie Rice, Madison Davenport y Susan Pourfar.

La audacia y el cálculo

Por Gabriel Santiago Suede

Los formatos televisivos cortos (unitarios, miniseries) suelen exponer en mayor escala problemas que los formatos largos (series, seriales) a veces pueden eludir: narrar sin apoyarse en los personajes puede ser un problema grave. Se sabe: la televisión narra personajes, el cine narra historias. O al menos es lo que dice el canon realista al que estamos habituados. El tema es que los formatos largos televisivos tienen suficiente tiempo como para equivocarse una y mil veces hasta tomarle la mano al asunto. Los formatos cortos no. Equivocarse en ese sutil arte que supone generar empatía puede ser un factor de muerte para un formato breve. Por eso un tipo como Ricky Gervais, que de formatos cortos sabe, apela casi siempre a esa interpelación: sin humanidad no hay horizonte. La mejor tradición de La dimensión desconocida (serie en la que se referencia inevitablemente la serie de Charlie Brooker) siempre supo construir esa humanidad con breves y efectivas pinceladas, a pura capacidad narrativa y muñeca dramatúrgica de su creador, Rod Serling, pero también de sus guionistas más notables, como el subvalorado Richard Matheson.

Si algo le viene pasando a Black Mirror, al menos desde hace un buen par de temporadas, es que se ha olvidado casi completamente de los personajes en función de los giros ingeniosos relacionados a dispositivos tecnológicos incidiendo sobre la vida cotidiana. Quizás por eso en esta última temporada -breve, escasa- la decisión fue clara: dejar la centralidad de los dispositivos tecnológicos y su relación con las personas para, de manera mas específica, focalizarse en los personajes y sus padecimientos. El asunto es si ese cambio salió bien o por lo pronto si fue una decisión sustentable.

El primer episodio de esta corta temporada es el menos identificable con la identidad de la serie. Hablamos de Striking Vipers (que es el título de un videojuego que alude al ochentoso Street Fighter), que en concreto es un capítulo más preocupado por pensar la universalidad de lo que narra (la historia de dos cuarentones a los que se les revela, tardíamente, una presumible homosexualidad, que reprimirán de todas las formas posibles) antes que por definir una continuidad de las temporadas anteriores. Lo interesante de este capítulo, por lo tanto, es la recuperación de los personajes por sobre los gadgets tecnológicos. De hecho la irrupción de los mismos es más bien tardía y lateral. Pero vayamos a un breve resumen en concreto: dos cuarentones se reencuentran para jugar videojuegos de realidad virtual. El que eligen es un juego de lucha en el que cada uno de ellos elige un avatar (valga aclarar: no hay un salto hacia la representación de relaciones homosexuales en pantalla, ya que los avatares son hombre y mujer). Pero en el interior del juego lo que inicia como un espacio para experimentar la violencia torna hacia un espacio de prácticas de fantasías sexuales. Naturalmente lo que inicia como un hecho extraño comienza a escalar hasta un punto en el que la vida real de cada uno se ve afectada. El punto es que el capítulo no logra salir de cierta previsibilidad para narrar la progresión evidente de la tensión sexual entre sus dos protagonistas y el correlato en el interior de una pareja monógama. El final es, en todo caso, aquel que vuelve, postcréditos mediante, a algo del cinismo tradicional que es marca de BM desde sus inicios. Si, retornan los personajes y cierta humanidad necesaria, pero a regañadientes.

Smithereens, el segundo episodio, retorna al país del cinismo que es tan caracteristico a la serie. Es, me atrevería a decir, un run for cover como alguna vez lo definió Alfred Hitchcock. Retorna el desprecio reaccionario a cualquier desarrollo tecnológico, retorna el distanciamiento-burla con respecto a los personajes y sus padecimientos. Pero se construye en tiempo presente, por lo que el paradigma de pensar en un futuro oscuro que signaba a la serie parece quedar un poco grande a la hora de narrar esta historia en donde una suerte de conductor de Uber obsesionado con trasladar a personas que trabajan para una red social imaginaria (la que da nombre al capítulo) decide llevar a cabo una venganza debido a una pérdida personal asociada a la red social en cuestión. Así y todo resulta muy difícil empatizar con este personaje, que no se hace querer, para ser sinceros. A ello se suma una morosidad y una extensión en la duración de la historia que no parece jugar a favor. Muy por el contrario la historia parece ganar más cuanto más se apunta en el tiempo real y concentrado. Sigue resultando más interesante, no obstante, todo lo que sucede entre los personajes que habitan el automóvil en el que se produce un secuestro con la finalidad de comunicarse con el responsable de la red social antes que la perorata demagógica sobre los peligros de entregar nuestras vidas a compañías que digitan los modos de interactuar con el mundo exterior en esta contemporaneidad hiperconectiva.

Nos queda el último episodio, acaso el que expresa mayores altibajos, pero al mismo tiempo el que exhibe un aliento vital derivado de sus errores antes que de la previsibilidad y el cálculo. Rachel, Jack and Ashley Too resulta un híbrido entre una historia menor de una adolescente insegura y dependiente de la imagen que le devuelve su obsesión por una cantante de moda (en este caso Miley Cyrus haciendo una versión fasrsesca pero acaso no tan lejana a lo que podríamos presuponer fue en un pasado reciente) con una historia de manipulaciones familiares que no tiene mucho que envidiarle a la narrativa de la familia de Luis Miguel. El tema es que las historias en paralelo no dialogan correctamente. Por un lado una familia de dos hermanas y un padre, quienes deben recuperarse luego de una pérdida dolorosa (la muerte de la madre). La elaboración del duelo incluye un pequeño robot que articula esta línea con la otra historia, que pertenece a Ashley O., una cantante pop desencantada y agobiada por las presiones que intenta deshacerse de la estructura que la vampiriza. En el medio un intento de envenenamiento. Un coma farmacológico y la irrupción de la tecnología para conectar el mundo interno de Ahley O con el mundo exterior. Bueno, si hasta aquí les resultó dificil unir ambas historias, lo que sigue no mejora, ya que a puro volantazo de guión deberemos aceptar que ambas narraciones se crucen de manera imposible. Pero personalmente el inverosimil no es lo que me da miedo. El problema con este último capítulo es que ahí donde logra momentos vitales (la transmigración de Ahley al “cuerpo” del robot Ashley Too, convirtiendo a esa mascota feelgood en una verdadera letrina verbal, llena de puteadas y maltratos, que nada tiene que envidiarle al Bender de Futurama) no tiene tampoco mucho con que sostenerlos. No solo desde el verosímil sino desde el interés narrativo. Por lo tanto, el capítulo vive más en los intersticios de lo que narra y en sus personajes antes que en aquello que presume contar.

Hacia el final, como siempre, post créditos mediante, una vuelta de tuerca terminará de reacomodar todo. Lo que hace que, en alguna medida nos sigamos preguntando para qué se sigue poniendo la tecnología en el centro como un hecho inevitable, como si nuestro destino de autodestrucción estuviera sellado. El final de cada uno de los capítulos oscila entre el cinismo del “no tenemos escaopatoria del poder y de la tecnología como aplicación cotidiana de esos dispositivos” y la ingenuidad de “bueno, siempre podemos resolver volver al pasado”. Lo curioso es eso: más avanza en sus temporadas, más nos demuestra esta serie que su obsesión no es el futuro, sino el pasado cristalizado, donde todo, alguna vez fue bueno, hermoso y duradero. Y no había esas mierdas de internet y redes sociales. Y la gente salía a jugar al futbol a la vereda. Si, reaccionarismo puro y duro, pero vestido de contemporaneidad.

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