Drácula 
Reino Unido, 2020, 3 episodios de 90′
Creada por Mark Gatiss y Steven Moffat
Con Claes Bang,  Dolly Wells,  John Heffernan,  Joanna Scanlan,  Morfydd Clark, Sacha Dhawan,  Mark Gatiss,  Jonathan Aris,  Clive Russell,  Catherine Schell, Nathan Stewart-Jarrett,  Tim Ingall,  Youssef Kerkour,  Lujza Richter,  Samuel Blenkin, Dilyana Bouklieva,  Paul Brennen,  Andrew Byron,  Lily Dodsworth-Evans, Phil Dunster,  Anthony Flanagan,  Rob Horrocks,  Anthony Kaye,  Abdulla Majid, John McCrea,  Sarah Niles,  Sofia Oxenham,  Natasha Radski,  Joakim Skarli, Veronica Stanwell,  Alec Utgoff,  Patrick Walshe McBride,  Cat White,  Lydia West

Todo rompen, todo

Por Luciano Salgado

Uno debería preguntarse qué carajos acaba de ver. No porque estemos ante algo tan radicalmente nuevo ni ante algo tan radicalmente raro ni ante algo tan radicalmente malo. El punto es que estamos ante un Zelig audiovisual.  Porque Dracula, la serie, hace eso que alguna vez supo hacer el personaje encarnado por Woody Allen en esa obra maestra de 1983: muta para que no se note su presencia. Pero al mismo tiempo necesita dejar en claro el gesto.  Porque si algo hace de esta miniserie breve (aunque sus tres episodios de 90′ buen podrían durar menos,  porque se sienten como si fueran de 180) una serie contemporánea es esa necesidad por quedar bien con todas y cada una de las agendas disponibles: mirar al mito pasado, deconstruirlo y criticarlo desde el presente, satirizarlo con cinismo,  pedir disculpas apelando a un romanticismo que emparente a la serie con las versiones mas condensadas del mito (la Dràcula de Coppola como un espejo en el cual mirarse…para fracasar). Querer estar en todos lados a la vez y en ninguno es ni más ni menos que el talón de Aquiles de esta serie que en su pretensión de pasarse de lista termina emulando a su personaje: se comporta como un viejo choto intentando levantarse pendejas en una noche de boliche.

Destruir mitos es una actitud cool. Ya lo comprobamos desde Scream para acá (en el marco del terror). Pero acerarlos mediante su depuración hasta convertirlos en una superficie límpida sobre la cual poder pensar el lugar del presente de cara a ellos (Moulin Rouge!) es lo que menos vemos, es la excepción a la regla. Pero en la contemporaneidad deconstructiva de esta serie mediocre la excepción es la regla. Todo el tiempo la serie se ve necesitada de establecer un cambio de eje. Presumo que esta voluntad responde a un criterio elemental que puede inferirse fácilmente: quién querría ver una serie sobre un personaje mega-hiper-archi-recontra mítico? A primera vista podríamos contestar que se trata de una serie sin público. O en todo caso: una serie con un público que reconocerá todos y cada uno de los lugares transitados por la novela y por la historia del personaje en el cine y la televisión.

Ahora bien. En esa inferencia está operando un prejuicio: si en efecto esa fuera la reacción de cualquier espectador promedio entonces deberíamos eliminar de nuestra memoria y de las memorias de conservación a las películas canónicas de género ya que en la repetición y en la conformación de expectativas previsibles estaría el fin de los géneros tal y como los conocemos. Bueno, el punto es ese mismo: solo puede haber género en tanto haya expectativas que puedan ser torsionadas, violadas. Pero al mismo tiempo solo puede haber modificación sobre el sistema de expectativas en tanto haya una base sobre la cual poder trabajar. Las modificaciones, los cambios, las evoluciones solo pueden ser posibles como producto de un intercambio, de un diálogo. Y si algo prima en esta serie británica es el desprecio por el pasado. Ni siquiera el juego retro. El abierto desprecio, que se manifiesta con el traje del cinismo, del comentario que interpela al espectador antes que ser parte de la narrativa. Será por eso que, en mayor medida (exceptuando el caso de la Dra Van Helsing) la serie carece de personajes. Los sujetos que la forman apenas si atraviesan la pantalla para cumplir una función pobre y degradada. Por eso la serie parece estar esperando durante dos episodios, desesperadamente, que llegue el tercero, en donde se produce el salto cualitativo: el personaje llega al presente.

Toda la serie, por tanto, funciona como una gran postergación para llegar a ese momento fatídico. Pero hasta entonces, en donde todo derrapa completamente, en el capítulo de cierre, se nos ofrecen variantes de diversa clase: un Drácula que parece ser creación de Johnathan Harker, un homoerotismo desatado con el cual la serie coquetea pero que apenas si utiliza como anzuelo, un rol distinto para Van Helsing, en este caso personificado por una mujer (inicialmente monja, posteriormente científica), un sucesión indivisa de comentarios metanarrativos de parte del mismo Drácula, que funcionan claramente como notas al pie para los espectadores atentos al guiño…y luego si, en la actualidad, un evidente juego de paralelismos, un forzamiento deliberado de los personajes aggiornados al presente (el caso más evidente es el de Lucy Westerna, la novia de Drácula entregada a sus demandas): celulares, laptops, skype, derechos humanos, discotecas, cinismo y una presunción de romanticismo que funciona como si de la parodia de una película de Tim Burton se tratara.

En su olímpico desprecio por el mito, en su incapacidad de releerlo y repensarlo, en la necesidad imperativa de actualizarlo de manera forzada e iconoclasta, pero fundamentalmente, en la incapacidad de entender qué tiene para decir el pasado y el imaginario cristalizado en ciertos géneros, es donde tenemos que encontrar el por qué de esta serie sobre la que vale la pena preguntarse: para qué carajos se filmó?

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