Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada

Por Gabriel Santiago Suede

Argentina, 2020, 94′
Dirigida por Matías Gueilburt
Con Guillermo Vilas, Eduardo Puppo, Gabriela Sabatini, Boris Becker, Björn Borg, Roger Federer, Rod Laver, Rafa Nadal, Mats Wilander

Las pasiones frías

A mi viejo

No es cierto que el tenis sea un juego pura y exclusivamente cerebral. Para quienes lo practicamos en algún momento de nuestra vida sabemos que se trata de un deporte (pero también un juego) que incluye un nivel de adrenalina y energía que no deja abandonada a la pasión. En todo caso la subordina a una estrategia de administración regulada. En ese sentido se trata (como bien sucede con otros deportes) de una pasión fría, oscilante, que opera por medio de ramalazos de furia creadora y muscular pero también por medio de retracciones estratégicas, plenas de pensamiento. En ese territorio oximorónico se mueve la esperada Vilas: serás lo que debas ser o no serás nada. Pero la película cuenta bastante menos de la persona de lo que podríamos esperar. Porque en el fondo, en el centro duro de sus imágenes lo que importa es menos la historia de un jugador excepcional y la injusticia histórica que rodeó su mito (se trata del único jugador que fue número uno del mundo y que por una omisión estadística nunca fue reconocido como tal por la ATP, asociación del tenis profesional) antes que la historia de una amistad, en particular entre el mismo Guillermo Vilas y su exégeta (y responsable de la investigación que se propuso reparar la injusticia estadística), el periodista Eduardo Puppo.

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Ahora bien, en el marco de esa pasión fría que suscita el tenis la película también elige una estrategia acorde, adecuada a esa frialdad. Prácticamente en nada de lo que elige narrar la película opta la intensidad. Mas bien la elección es casi distante, tímida, discreta (incluso algo de esta estrategia me recordó notablemente a Esto no es un golpe, otra película que elegía la tibieza en el tono para describir un momento álgido y dramático). Quizás esto se deba a la disociación temporal que la misma película dispone en escena: por un lado dar cuenta de la narrativa lineal de la carrera del mismo Vilas desde su niñez hasta casi su retiro; por otro narrar desde el presente, en particular desde 2007, la obsesiva reconstrucción histórica de los datos estadísticos a partir de los cuales Eduardo Puppo busca recomponer los faltantes del período, lo que lleva primero a una reivindicación personal y luego a una presentación judicial ante la mismísima ATP. Ahora bien: por qué atinar a narrar un biopic cuando siempre se estaba eligiendo narrar el inicio feliz de una amistad milagrosa? No lo sé. Y creo que la decisión de parte de los responsables tampoco parece tener del todo claro el porque más que por incluir a la figura de Puppo, hoy por hoy casi un albacea en vida de los bienes y objetos personales de Vilas asociados al tenis.

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Es justamente, frente a ese problema, que el documental se aferra a sus propias contradicciones: por un lado, gracias a la renuncia al entusiasmo, hay una evidente recuperación del carácter paradojal del tenis, como si en efecto la misma película se pusiera a si misma un freno ante la tentación épica del deporte. Nada, pero prácticamente nada de lo que la película elige narrar está cargado de la emocionalidad propia del cine deportivo. Al mismo tiempo no se trata de un material exclusivamente racional. Es, en alguna medida, como si la película optara por la sustracción de elementos narrativos clave. Como si en su parquedad también se mimetizara con la mismísima figura del deportista, quien asimismo supo tener una vida pública reconocida (dentro y fuera de la cancha), pero también supo construir un templo de soledad en el cual se había habituado a vivir. Quizás en ese sentido el efecto desafectivizado que propone el acercamiento sea, extrañamente -por su choque con la tradición del cine deportivo- la elección más adecuada.

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El problema es queVilas: serás lo que debas ser o no serás nada concentra el otro eje, el de la pasión (sobre la cual Vilas vuelve una y otra vez como motor) sobre un aspecto característicamente ausente de pasiones: la estadística. En ese sentido, todo el recorrido reivindicatorio tiene algo de policial, de thriller político de David contra Goliath, pero al mismo tiempo es una pasión conducida por otro personaje también acaso mas frío que el mismo Vilas. En esta dirección de cosas, la elección de narrar la injusticia estadística desde la distancia de la estructura documental de cabezas parlantes (a diferencia de esto, el segmento del pasado del jugador está reconstruido por archivo, el presente en cambio está filmado por medio de entrevistas a cámara) no aporta un contrapunto adecuado, sino que parece expresar una disociación, como si se tratara de otro documental (incluso la desafortunada inclusión de un video de Vilas llorando captado a escondidas parece fuera de lugar). A primera vista el asunto parece tratarse de un error estructural (ya en The Last Dance vimos que una adecuada oscilación entre pasado y presente, entre archivo y entrevista puede intercalarse perfectamente y potenciar el material), pero la película no da cuenta de esto, mas bien naturaliza el problema y amalgama los dos frentes.

El resultado final nos pone de lleno ante un biopic con un gran trabajo de archivo, pero acaso incompleto en su aspecto presente. Ya no solo un ejercicio desapasionado, sino a medio avanzar. Por el otro con la narración de una injusticia mediada por la historia de una amistad encomiable. Pero esas dos películas no se potencian mutuamente, sino que perviven en el tiempo hasta que el asunto se termina para nosotros. Al finalizar los créditos queremos pensar que el mito merecía más emoción, mejores interlocutores, más ideas. Pero que esa amistad emocionante también merecía otro tiempo, otro espacio y otra sensibilidad. A veces los matices y las zonas grises funcionan bien en la vida, pero en el cine pueden ser letales.

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