Brightburn: hijo de la oscuridad (Brightburn) 
EE.UU., 2019, 90′
Dirigida por David Yarovesky
Con Jackson A. Dunn, Elizabeth Banks, David Denman, Meredith Hagner,  Matt Jones, Jennifer Holland, Steve Agee, Becky Wahlstrom, Stephen Blackehart, Terence Rosemore, Annie Humphrey, Christian Finlayson,  Emmie Hunter, Mike Dunston, Gregory Alan Williams, Elizabeth Becka,  Gwen Parrish, Leah Goodkind, Shaun McMillan, Michael Rooker

Contracara

Por Sergio Monsalve

De la fusión de La profecía y Superman (casualmente ambas del mismo director, Richard Donner) nace Brightburn, la inflamada venganza de James Gunn, tras su salida estrepitosa y escandalosa de la saga de Guardianes de la Galaxia, por la publicación de unos tweets políticamente incorrectos sobre la pedofilia en el pasado. De hecho Disney lo despidió y muchos dieron su carrera por terminada. En ese contexto, el nuevo rearme moralista de Hollywood parecía cobrarse otra víctima en la figura del creador de una de las películas más felices del MCU. Por suerte, la desmesurada reacción fue corregida en tiempos recientes. El realizador volverá a la franquicia de Star lord para dirigir su tercera parte. Menos mal. 

El problema merece encuadrarse en el ascenso de las últimas campañas del conservadurismo, de la progresía y la extrema derecha, por limitar la libertad de expresión. El macartismo del siglo XXI se gesta en laboratorios de redes sociales, cebándose en opiniones sacadas de contexto. Es una policía del pensamiento entrenada para condenar a una serie de autores a una inquisición visceral, sin capacidad de respuesta inmediata.

Hoy la audiencia sufre los estragos de semejante cacería de brujas en la cartelera. ¿Cómo responder ante los ataques de una legión incontrolable de fanáticos indignados, alienados y fáciles de manipular? ¿Qué hacer con una oferta acaparada por el buenismo y la purificación apolínea de géneros anteriormente malditos de serie B? En Brightburn encontramos una posible alternativa. 

Si la escritura es venganza para Vargas Llosa, el cine supone un ejercicio de reivindicación para directores condenados como el caso de James Gunn, quien articula y gesta un proyecto de deconstrucción del mito del hombre de acero, desde el campo de la producción independiente.

El film apenas costó 6 millones de dólares y envuelve tanta complejidad como cualquier pieza del universo de The Avengers. Ahí radica el triunfo simbólico del largometraje atribuido al emergente David Yavoresky, con un guion escrito a cuatro manos por los hermanos del líder del emprendimiento audiovisual. Por tanto, la familia y los amigos salen adelante, poniéndole rostro al concepto de resiliencia, cuando un miembro del núcleo es afectado de forma injusta. 

Vayamos al meollo del conflicto. En la Kansas rural de las infancias de Clark Kent, una pareja infértil recibe el milagro de la caída de una nave espacial, en las inmediaciones de su granero, con la ofrenda de un niño en el interior del ovni. Los primeros minutos del espectador basculan entre la duda por un relato de origen algo estereotipado y la sorpresa por el reencuentro con el esquinado Jeff Nichols de Midnight Special, una análoga revisión del viaje iniciático de un chico con poderes especiales.

Por contexto y locación, la cinta discurre en los mismos paisajes costumbristas del fantástico de Un lugar en silencio. La realidad de la América olvidada de los votantes de Trump se palpa en el conformismo de una aparente normalidad de rutinas escolares y caseras, cuyas esencias llevan implícitas la germinación de una semilla de descontento, la concepción de una manzana de la discordia, la incubación de un huevo de la serpiente como en El pueblo de los Malditos, pero en la versión de John Carpenter. 

Del principio al desenlace, la obra de ese disidente político y director de Halloween inspira los momentos cumbres de la película. De hecho, la conclusión inesperada trafica con el nihilismo de Snike Plisken en Escape de Los Ángeles. Sentí un aire contestatario que admiramos en Sobreviven y que es inexistente en el mainstream actual.

A partir del segundo acto, el sentido sobrenatural cobra el protagonismo de la historia, al condicionar el desarrollo del personaje principal, una especie de anticristo, de derivación posmoderna y pop del Damien de La Profecía

A la inversa de Spider Man, la película no narra la génesis del héroe sino que cuenta el surgimiento de un villano, carente de medias tintas, abocado a sembrar el terror en las comunidades, los suburbios y las ciudades. Madre y padre lucen inútiles para encarrilarlo y redimirlo. Las instituciones y las ideas tampoco logran domesticar al engendro del demonio, proveniente de un lugar remoto.

Brightburn es inteligente y hábil como para dialogar con el entorno y no cancelar el discurso en una sentencia, en una batalla decisiva. Así James Gunn confronta el canon binario de las películas de la saga Avengers, proponiendo lecturas inquietantes censuradas por el mainstream.  

La indolencia del adolescente traduce los conflictos y las incomunicaciones del tercer milenio. La violencia actualiza el núcleo duro de Tenemos que hablar de Kevin y el de Elephant. El no futuro se proyecta en la victoria de una especie de esquizofrénico al borde del espectro autista. 

Una cultura del malestar consigue la representación de sus fantasmas y de sus neurosis transgresoras. La subversión del iconoclasta gana la partida, pero quizás en servicio de la explotación de un nicho de mercado. Como sea, James Gunn y su equipo revelan el agotamiento del modelo Iron Man y la necesidad de proponerle interpretaciones divergentes, pesimistas. 

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