I Love You, Daddy
EE.UU., 2017, 123′
Dirigida por Louis C.K.
Con Louis C.K., Chloë Grace Moretz, John Malkovich, Rose Byrne, Helen Hunt, Pamela Adlon, Charlie Day, George Aloi, Ebonee Noel, Suzanne Lenz

El último humanista

Por Federico Karstulovich

Sucede algo particularmente curioso con la figura de Louis CK. Para quienes no lo conozcan hablamos de un comediante que tiene al menos un par de décadas de trayectoria como cómico stand up (pero en serio, no la versión empobrecida y mal copiada que se multiplicó a lo largo y ancho del orbe, incluyendo el stand up argentino, que sin dudas está entre los peores exponentes del género) pero que recién logró dar un salto de reconocimiento por fuera de ese mundo tan claramente delimitado cuando su sitcom en tono dramedy llamada Louie se convirtió en el secreto mejor guardado de la comedia contemporánea. Bueno, lo curioso es que Louie (el actor-guionista-director de la serie) se despachó en esos capítulos de las varias temporadas de su programa con una  notable gama de recursos, que convirtieron a su serie en una suerte de exposición a corazón abierto de todas las miserias posibles de un cuaren-cincuentón recién separado, con el fracaso en sus hombros. Y en esa gama de recursos dramáticos e historias siempre dejó a la vista un costado desagradable, incómodo, difícil de tragar. Si algo hace de ese extraordinario programa lo que es (aquello por lo que será recordado) es su humanismo expresado en la posibilidad de contener una amplia variedad de las experiencias humanas sin por ello tomar partido. Los personajes del mundo de Louie son queribles precisamente por sus contradicciones. Luego llegaría BoJack Horseman y subiría la apuesta iniciada por Louie. Pero es otra historia.

Todo esto viene al caso de que Louie pareció mejorar y perfeccionar al más incómodo Woody Allen de los 80’s (director al que el mismo Louie admira y rinde pleitesía directa e indirectamente en su película maldita, que es sobre la que voy a empezar a hablar en breve) pero a su vez supo configurar un mundo propio lo suficientemente rico como para no morir en la angustia de las influencias. Bueno, en ese salto hacia el vacío de la mierda personal usada como material dramático (al fin y al cabo el mejor stand up radica en eso: capacidad de observación del mundo y de auto observación para con eso poder lograr momentos de incomodidad que permitan un reconocimiento de las miserias compartidas) no hay con qué darle a Louie y a Louie. Quizás por eso la expectativa de una película ponía toda la carne en torno a cuánto de esa capacidad desarrollada en el programa de televisión podía explotar en el cine.
Pero hagamos antes un breve excursus: en 2016 Louie, ya con cierto prestigio ganado con su serie (emitida durante cinco temporadas entre 2010 y 2015) decide invertir su propio dinero en una patriada notable y anacrónica. Para eso inventa un programa llamado Horace and Pete, drama de una hora con un formato de puesta en escena anticuado, al mejor estilo de la vieja televisión con tres cámaras, con personajes en una sola locación, plagado de diálogos filosos y con un aspecto casi teatral. El resultado fue un experimento que resultó un fracaso económico pero que a la vez hablaba de una angustia propia del mismo Louie, la de llevar a cabo productos para televisión que pudieran portar algún riesgo. Louie, en este sentido, no quería dormirse en los laureles sino probar cosas distintas. Y en ese plan aparece en 2017 un proyecto largamente postergado que ve la luz para cine: sí, hablamos de I love you Daddy. El asunto es qué implica esta película para el sistema dramático del director.

I love you Daddy tiene un gran punto en contra. Y acaso su mayor problema sea la generosidad o el descentramiento del mismo Louie para dar lugar a sus actores. Me hizo acordar este movimiento menos al Woody Allen más inspirado de los 80’s que a Nanni Moretti en sus últimas películas, pero más particularmente en Mia madre (sobre la que hablamos aquí ), que también hacía ese movimiento, corriéndose del centro pero a la vez llenándolo de otro protagonismo. El asunto es que ese centro en la película no está lleno por nadie. Ni por la hermosa Chloë Grace-Moretz ni por John Malkovich ni por Pamela Adlon ni por Charlie Day ni por Rose Byrne. Y esa ausencia de centro redunda en una suerte de baja intensidad empática, que era precisamente lo que hacía de las mejores cosas que había escrito y dirigido Louie ser lo que son: obras maestras devastadoras. Pero hablábamos algunas líneas arriba de Horace and Pete y de su registro anacrónico. Similar es el caso de lo hecho en I love you Daddy, película que también juega al anacronismo de ciertas formas televisivas de la década del cincuenta, como si Louie pusiera en la multiprocesadora a la puesta de cámara de Yo quiero a Lucy con la angustia del Spencer Tracy de El padre de la novia pero visto desde la amargura contemporánea de Louie a la vez que con la auto indulgencia del Woody Allen de mediados de los 90. El resultado es un artefacto rarísimo, con un timming errático para el humor (algo raro en Louie, que es un verdadero especialista en el manejo del tempo necesario para hacer reír).

No obstante el punto central de la película parece conectar con otro lado. Y ese costado es el que mejor funciona, a la vez que nos reconcilia con el mejor Louie posible. Ese costado no es otro que el abrazo a la experiencia humana, al reconocimiento de las contradicciones, a la ausencia de certezas. Ahí es cuando Louie logra retomar alguna clase de centralidad y es el lugar en el que su película, que despotrica a los cuatro vientos contra la corrección política, en el fondo no hace más que sostenerse como uno de esos focos de resistencia contra el totalitarismo biempensante. Bueno, en el medio del proceso de estreno del largometraje llegó la ola del #MeToo. Y Louie fue acusado por acoso, frente a lo cual aceptó las responsabilidades de haber hecho un abuso de poder que implicó un problema con la gente que empleaba. Desde ese entonces Louie cayó en un ostracismo sin fin, y su película se convirtió en una película maldita, condenada a no ver la luz.Y sus programas fueron inmediatamente retirados de todas las plataformas disponibles. Louie, en vez de enfrentar una acusación judicial, se convirtió en un paria en su vida social (que no nos importa ni nos compete) pero indirectamente se nos privó a los espectadores que conocemos su obra y a los potenciales de poder hacerlo.

Hoy Louie ya no existe como artista, fue eliminado socialmente y sus obras también, censuradas como en las épocas del más rastrero puritanismo, actualizando esa tradición estadounidense de la persecución que no repara límites entre lo público y colectivo (la obra de un artista) y su vida privada (plagada de miserias y en algunos casos de crímenes). Bueno, el segundo aspecto curioso es que antes de que la bomba de sus propios problemas le estalle en la cara, Louie concibió con I love you Daddy una película autoreferencial (no, no voy a ingresar en el morbo de las comparaciones con los hechos reales, tranquilos), que se caga en la corrección política, que discute el convencionalismo de llamar feminista a cualquier atisbo de empoderamiento de la boca para afuera pero que no puede ser sostenido con actos de independencia, que pone en el tapete la naturalización de los abusos de poder y la manipulación sexual (de mayores hacia menores…y a la inversa, sí, así como lo escuchan). Lo hace como una suerte de último gesto desesperado, como despedida a una época que parece presentir que se terminará. Pero lo hace con la naturalidad de quien reconoce que la vida está plagada de esas cosas terribles y que, si estamos atentos, podemos sobrevivir a ellas sin morir en el intento. Porque en definitiva el mundo tan siglo XX que cuenta la película es el mundo de la experiencia humana, que es jodida, que es difícil de explicar, que es injusta, que puede ser feliz pero también complicada de sobrellevar.

Quizás esta última cualidad sea lo más querible de la película, sintetizada en la relación padre-hija. I love you Daddy no necesita ser un alegato contra nada ni nadie. Precisa que los temas estén sobre la mesa, pero justamente lo hace para no sobredimensionarlos, para no caer en la denuncia elemental. Porque Louie parece recordarnos (hoy desde su ostracismo personal, pero desde nuestras computadoras para quienes pudimos ver y descargar sus programas y películas) que el mundo podrá estar hecho pelota, pero que todavía quedamos nosotros, que damos sentido al hecho de vivir en él gracias a los vínculos amorosos que podemos crear junto a quienes amamos, gracias al amor a lo que hacemos y algunas pocas cosas más, recordando así que la admiración por Woody Allen (particularmente el de los 80’s y en especial el de Crímenes y pecados) no es en vano. Con la censura a Louie como artista perdemos a un existencialista. El mundo se nos hace más pobre. Y su obra más grande. En el siglo XX no sucedían estas cosas. Es hora de que nos vayamos acostumbrando.

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