Captura de Pantalla 2022-04-16 a la(s) 07.17.46 p. m.

Las Rojas

Por Gabriel Santiago Suede

Argentina, 2021, 92′
Dirigida por Matías Lucchesi
Con Natalia Oreiro, Mercedes Morán, Diego Velázquez, Alberto Leiva

Una cuestión de confianza

Las Rojas está circunvalada por dos momentos del cine nacional: el de los 80s y el de los 90s. Pero no cualquier cine, sino dos casos en particular: por un lado el amor a los géneros, la sequedad y el clasicismo del Aristarain de los 80s y de los 90s pre Martín (Hache), de quien sobrevuelan varias influencias por aquí. Del otro, el que refiere al cine de los 90s, el cine de Marcelo Piñeyro, con su voluntad de gran público a partir de la obsesión no sé tanto si por los “temas importantes” que por las “perspectivas moralmente adecuadas” propias de los personajes principistas del cine del Piñeyro pre Plata Quemada. Hablo de esa doble condició porque resulta fundamental para entender la lógica que maneja Matías Lucchesi en Las Rojas, precisamente a caballo entre un posicionamiento discursivo anticorporativo y uno que cree en los géneros, se preocupa por los personajes y, de paso, narra un mundo en el que se presentan intereses contrapuestos pero no determinados por maniqueísmos.

El inicio de Las Rojas es económico, consistente y no precisa explicar demasiado: una excavación, un duelo entre paleontólogas, un interés en observar por qué se protege tan ciegamente un secreto y el espacio como lugar determinante. En este sentido tanto director como coguionista (con Mariano Llinás), lo que logra Lucchesi es contundente porque permite que confiemos en su mirada sobre los géneros, en particular el de aventuras acaso cargado con cosas propias de un western. Esa confianza permite que nos olvidemos que estamos viendo a Moran y a Oreiro. Y habilitan que ese mundo de probabilidades improbables se manifiesten frente a nuestros ojos porque la acción, los gestos y la economía de palabras hace lo propio.

No obstante, Las Rojas también está atravesada por otro aspecto, uno que todo el tiempo es dubitativo y compensa el mundo presentado con un paisajismo de manual y unos personajes estereotipados (como el villano de Diego Velazquez)que no solo no pertenecen al género (o al menos no a una versión actual) sino a una versión casi caricaturesca del mismo, como si en el fondo los lugares comunes debieran quedar expuestos para que los espectadores progres argentinos digan “aquí se está burlando de las películas yanquis”.

Es curioso como en su oscilación contradictoria, entonces, la película demostrara no terminar de confiar plenamente ni en una cosa (el clasicismo y los géneros) ni en otra (la denuncia biempensante y el discurso anticorporativo como caballito de batalla rimbombante). En ese territorio de duda es en donde hay que preguntarse cómo funcionan los géneros en Argentina, al menos para ciertas formas del mainstream, que no logran entender dónde tienen los pies parados.

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