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Tiempo de lectura: 4 minutosMadame Curie

Por Ludmila Ferreri

Radioactive
Reino Unido, 2019, 109′
Dirigida por Marjane Satrapi
Con Rosamund Pike, Sam Riley, Anya Taylor-Joy, Aneurin Barnard, Simon Russell Beale, Jonathan Aris, Indica Watson, Mirjam Novak, Tim Woodward, Cara Bossom, Richard Pepple, Michael Gould, Mark Phelan, Corey Johnson

Señora de nadie

Si bien cuenta con un par de años de manufactura (es de 2019), Radioactive anduvo pululando por plataformas sanctas y non sanctas durante el 2020. Quizás por haberse lanzado en medio de la pandemia en donde todos necesitábamos consumir, cine, series, libros y cuanto material se nos cruzara, si, pero también porque Amazon, que se encargó de producirla y exhibirla fue el principal responsable de un extraño boicot sobre el material (disponibilidad extraña, difícil accesibilidad en todas partes del mundo: miserias del sistema de streaming, al final de cuentas), Radioactive quedó olvidada.

Ludmila, que habla de si misma en tercera persona y que es pobre y que no volvió a encontrarla en Amazon, la había encontrado en una plataforma pirata. Pero el cansancio no le jugó a favor (no sé si recuerdan, pero promediando la cuarentena monstruosa de 2020 todos estábamos agotados, entre el encierro y la angustia) y apenas si pudo ver unos 20 minutos antes de dormirse y olvidarla al día siguiente, prosiguiendo con otras películas, otras series y otros libros. Bueno: resulta que en 2021 Netflix le compró el material a Amazon y lo re-brandeó (lo volvió a sacar al marcado con otro nombre y con la presunción de que era un contenido original de esa productora-distribuidora dueña del mayor mercado de consumo de streaming al momento, pero no le crean: es de Amazon), reemplazando al sintético y amplio Radioactive por el más prosaico y conservador Madame Curie.

Debo decir: se nota la mano de Joe Wright, quien oficia aquí como uno de los productores, por eso me interesaba. A su vez hay otra mano, la de Marjane Satrapi, una de las responsables de Persépolis, es decir, una de las grandes narrativas feministas en primera persona de los últimos años (que además no cayó en los lugares comunes que tendemos a ver habitualmente). Por otro lado estaba Rosamund Pike, a quien amo con intensidad y a quien considero una de las grandes actrices del presente, capaz de cambiar de registro sin que se note (es decir, la actitud contraria a esa tontería del elogio de la actuación camaleónica). Pero como última cuestión (no por eso menos importante: last but not least) una de mis heroínas vitales, Marie Curie (o para los entendidos Marie Sklodowska-Curie, luego veremos que esto del apellido es vital), que sin lugar a dudas debe ser uno de los ejemplos históricos más extraordinarios de poder femenino en un mundo de hombres (pero feminismo en serio, feminismo sin marco teórico, feminismo de acción, no feminismo falopa de piripipí de pico pero a la primera de cambio cuando hay que condenar a uno de la propia tropa te callás la boca…en fin).

Indistintamente, toda esa combinación me volvió a convocar ahora que Netflix nos presentaba la misma película como una novedad. Ya sea porque no hay cuarentena, porque nos acostumbramos al Coronavirus, Radioactive volvió y la vi completa. Pero contrario a lo imaginado, la decepción se me fue imponiendo con el paso de los minutos: por qué habían convertido a esta promesa de biopic no tradicional en una de esas biografías de manual, plagada de lugares comunes asombrosos, pero, además, buscando sacar ventaja de un contexto de época en el que el feminismo y sus figuras podrían ser bien apreciadas? La película de Satrapi no deja de tener un aspecto que reconecta con su obra previa: la construcción de un mundo personal e intransigente, lo que hace de Marie Curie una persona difícil. Esa decisión no la convierte en un personaje empático sino más bien desagradable, algo que la desplaza de un lugar de víctima, que es una decisión en donde el feminismo de la cuarta ola gusta ponernos a las mujeres habitualmente. Ahora bien, exceptuando esa decisión inteligente, ninguno de los recortes vitales que nos propone resulta particularmente dilucidatorio sobre nuevos aspectos de ella como personaje célebre. Más bien tiende a reafirmar lo conocido hasta el momento. Pero supongamos que eso no fuera un problema, sino que fuera un punto de partida para explorar otras posibilidades. Si lo pensamos de ese modo, específicamente gracias a los saltos temporales con los que la película juega (el lanzamiento de la bomba atómica, las pruebas previas, el desastre de Chernobyl y sus consecuencias y algunas otras cosas más), como si la misma Curie pudiera desplazarse en el tiempo y anticipar algunos de los problemas derivados de su extraordinario descubrimiento, el asunto cambia. Hay, en ese juego que rompe con el verosímil de la época, pero también en el juego de exacerbación del artificio (el uso del color es uno de los ejemplos más evidentes), también una referencia al cine de Joe Wright, en particular a Anna Karennina.

El problema es que ninguna de las decisiones con las que la película juega terminan de integrarse plenamente. Ese recorrido hace que convivan varias películas en el interior de Radioactive, lo que convierte a la experiencia en una oscilación entre la mesura conservadora y los gestos de ruptura, pero sin definiciones claras, concretas y organizadas detrás de un fin. En este sentido no podemos decir que estemos ante una película fallida (de hecho no lo es), pero en todo caso estamos en condiciones de afirmar que el recorrido es lo suficientemente inogránico como para ser una película de varios y de nadie a la vez. En ese punto es interesante el juego meta cinematográfico con la misma Marie Curie, exacerbada defensora de su individualidad, de su cuerpo (de su sexualidad también), de su palabra, es decir, de su propia capacidad de autorealización. Radioactive no le pertenece a nadie, excede un autorismo en particular, por eso todos los logros vuelven a ese agujero negro de potencia feminista que es Marie Curie, o mejor dicho a Marie Sklodowska, dueña de sus ideas, de su vida, señora de nadie.

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