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#Polémica: El peso del talento

Por Varios Autores

The Unbearable Weight of Massive Talent
EE.UU., 2022, 105′
Dirigida por Tom Gormican
Con Nicolas Cage, Pedro Pascal, Tiffany Haddish, Neil Patrick Harris, Demi Moore, Sharon Horgan, Jacob Scipio, Alessandra Mastronardi, Paco León, Nick Wittman, Caroline Boulton, Christine Grace Szarko, Ricard Balada, Ike Barinholtz, Lily Mo Sheen, Rebecca Finch, Joanna Bobin

Un poco en contra

El metalenguaje como posibilidad, pero también como límite

Por Rodrigo Martín Seijas

La carrera de Nicolas Cage fue, desde sus mismísimos comienzos, un subibaja permanente, que lo llevó a abarcar múltiples extremos. En su filmografía aparecen trabajos con Francis Ford Coppola, Mike Figgis, John Woo, David Lynch, Brian De Palma, Paul Schraeder, Norman Jewison y Spike Jonze, entre varios otros, pero también películas de realizadores totalmente ignotos. Lo mismo se puede decir en cuanto a los géneros: acción, drama, comedia, terror, thriller, con niveles de calidad completamente desparejos. Esa tendencia se acrecentó en la última década y media, donde empezó a promediar unos cuatro films por año, con picos de seis. El tipo hace de todo, pero siempre es Cage: hay algo de su personalidad multifacética y desbordada que constantemente invade la pantalla, incluso con los cineastas más controladores y obsesivos. Quizás por eso a veces nos cae muy simpático, mientras que en otras ocasiones nos resulta insoportable.

Quizás por todo eso es que la concreción de una película como El peso del talento no resulta sorpresiva, aunque al mismo tiempo genere expectativa: al fin y al cabo, alguien tenía que hacerse cargo de ese significante vacío que es Cage, que ha pasado a convertirse en un envase -también vacío- donde depositar todo lo bueno y malo que se puede pensar o repensar sobre la maquinaria hollywoodense e incluso sobre el negocio del cine a nivel general. El que asume esa tarea es Tom Gornican, con una película con reminiscencias de otras obras cargadas de autoconsciencia y meta-lenguaje, como El ladrón de orquídeas, ¿Quieres ser John Malkovich?, Una guerra de película y JCVD. El argumento tiene una considerable cuota de giros y enredos: Cage está arrinconado por las circunstancias, casi en la lona -no solo artísticamente, sino también financiera y personalmente-, por lo que no le queda otra que aceptar un cheque de un millón de dólares para viajar a España y asistir a la fiesta de cumpleaños llamado Javi Gutierrez (Pedro Pascal). Este último resulta ser un capo de la droga y responsable del secuestro de la hija de un importante político de la zona, por lo que Cage terminará involucrado en una operación de rescate a cargo de la CIA, mientras debe lidiar con su crisis existencial y egomaníaca.

Lo de El peso del talento es, esencialmente un relato sobre un hombre teniendo que hacerse cargo de que no puede estar todo el tiempo mirándose el ombligo, de que hay un mundo que lo trasciende y que hay gente que necesita que cumpla con otros roles además de estrella de su propia vida y fantasía. Pero es, al mismo tiempo, unas cuantas cosas más: una historia de amistad entre dos tipos como Javi y Cage, que son tan megalómanos como inseguros; un análisis sobre las dinámicas de los vínculos paterno-filiales y de pareja; un abordaje sobre la fama, las demandas del público a los famosos, y viceversa; una comedia de acción con toques de espionaje; y algunas cosas más desperdigadas en el camino. ¿Cómo trata de ensamblar todo esto Gormican? Con un despliegue casi infinito de ideas, algunas de ellas realmente potentes -el alter ego de Cage, la necesidad de construir ficción sobre la realidad, las instancias de paranoia sostenidas sobre la nada misma-, pero que solo en algunos pasajes llegan a confluir en un todo coherente y consistente.

A El peso del talento hay que agradecerle que no se limita a ser un conjunto de guiños para la tribuna, sino que incluso se permite apostar por la incomodidad y el ridículo, incluso corriendo el riesgo de producir un distanciamiento en el espectador. El más beneficiado en ese esquema termina siendo, un poco inesperadamente, el personaje de Javi, un individuo que concibe al cine como una vía de escape -y hasta redención- frente a la angustia y contradicciones que ofrece la realidad que afronta. En eso también es clave la interpretación de Pascal, que sorprende con sus dotes para la comedia y hasta por momentos se roba la pantalla. Sin embargo, el film no llega a trasladar del todo esa mirada, desperdicia algunos personajes en el camino (como los de la dupla de agentes que conforman Tiffany Haddish y Ike Barinholtz) y arriba a resoluciones un tanto apresuradas para los conflictos que plantea. De hecho, termina cayendo en el artificio y la corrección político que amaga con criticar. Por eso termina siendo una película más atractiva en el antes y después de su visionado, y no tanto en el durante, una suerte de ejercicio estético y lingüístico más interesante para pensar que para experimentar.

A favor

Boulevard of broken dreams

Por Federico Karstulovich

Desde Cervantes y Ariosto para acá (pero andá a saber si no estaba dispersa en los clásicos grecorromanos) eso de andar mirándose en el espejito retrovisor y luego mirarnos se fue convirtiendo, con el tiempo y las costumbres, en un tropo narrativo posible, estimulante, luego un recurso remanido, olvidado, odiado, renacido y vuelto a utilizar. Ese tropo, como casi todos, es un ciclo perfecto. El tema es el modo de traerlo de vuelta sin que el deprecio anteceda a las ideas, que es algo que pasa con la reflexividad cancherita. El cine sabe mucho de eso porque ha hecho de la reflexividad y la autocinciencia la materia prima para su supervivencia allá lejos y hace tiempo, cuando el Hollywood clásico transicionaba hacia otro plan de negocios y genios como Frank Tashlin, como Preston Sturges, pero también, a su manera, Alfred Hitchcock se preguntaban si había algo más. Bueno, siempre que un rizo se pueda rizar, habrá otra vuelta posible, otro rulo para la montaña rusa. Salteemos la previsible avanzada modernista de los 60s a los 80s y lleguemos a McTiernan, que es adonde hay que llegar para comprender la invención feliz y colorida de El peso del talento, que es el McTiernan de El último gran héroe menos El ladrón de orquídeas dividido Spike Jonze y multiplicado por el trash al que Nic Cage nos viene acostumbrando en la última década.

Parece, pero El peso del talento está bien lejos de ser un artefacto trash y ruidoso como otros desprecios a la figura de NC (ante los cuales Nic pone el cuerpo y la billetera necesitada). Aquí el artefacto es merecedor de nuestras lágrimas porque hay un amor convocante que es el que motoriza la narrativa, no el que se pone por encima de ella. En el centro de esta aventura que, acaso criticable, pedía alguna vuelta mas para llevar el experimento hasta su límite, está Nic, claro, pero está esa estrella refulgente que es Pedro Pascal, que es un Sancho Panza perfecto para llevar adelante cualquier pelea contra los molinos de viento. Por eso todo este delirio no podía haber sido concebido en otro lugar que no fuera España, tierra de Cervantes pero también tierra del esperpento y de la tristeza de lo horrible. Pero no hay nada espantoso en Nic y su conciencia de final. No hay despedida de ninguna clase ni salto hacia ningún vacīo, sino que hay un cuento moral que no se olvida del juego del cine dentro del cine, pero que, abismal en su amor, no se olvida de los personajes a los que cuida entre algodones, a los que quiere y a los que, por amarlos, les regala el cine como una forma de felicidad (que también nos reconforta a los freaks de este lado).

No, no se trata de “una película de Nic Cage haciendo de Nic Cage”. Tampoco es una Cagexplotation. La cinefilia puede ser un colchón contra la miopía desesperante. El peso del talento es un cuento moral sobre la paternidad, sobre las amistades, sobre los duelos y los sueños perdidos, pero está contado con una velocidad y un ritmo propio de un cine de hace dos décadas. Narra con rapidez y cambios de ritmo para que no nos asustemos de la tristeza que emerge de ese rostro que se llena de años. Por eso, como es una película triste, es también una película sobre la cinefilia y sobre como a veces, las películas, son la mejor manera de no pensar tanto en todo lo que alguna vez pudimos haber sido pero quedó olvidado en el boulevard de los sueños rotos.

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