Summer of 84
Canadá-EE.UU.,2018, 105′
Dirigida por François Simard, Anouk Whissell y Yoann-Karl Whissell.
Con Graham Verchere, Caleb Emery, Judah Lewis, Cory Gruter-Andrew, Tiera Skovbye, Rich Sommer, Jason Gray-Stanford, Shauna Johannesen, Mark Brandon, J. Alex Brinson.

La última película (memorabilia menor)

Por Federico Karstulovich

 “Despierta de ese sueño sin poder recordar exactamente qué era. No recuerda nada, salvo el simple hecho de haber soñado que era niño otra vez. Toca la suave espalda de su mujer, que duerme a su lado y sueña sus propios sueños. Piensa que es bueno ser niño, pero que también es bueno ser adulto y poder analizar el misterio de la infancia… sus convicciones y sus deseos. “Algún día escribiré sobre todo eso”, piensa, pero sabe que es sólo un pensamiento de amanecer, un pensamiento posterior al sueño. No obstante, es bonito pensarlo por un rato, en el límpido silencio de la mañana: pensar que la infancia tiene sus propios secretos dulces y que confirma la mortalidad y que la mortalidad define todo el valor y el amor. Pensar que lo que has mirado adelante también tienes que mirarlo atrás y que cada vida hace su propia limitación de la inmortalidad: una rueda. Al menos, eso es lo que Bill Denbrough piensa a veces, en esas horas tempranas de la mañana, después de soñar, cuando casi recuerda su infancia y a los amigos con quienes la compartió.”

Párrafo final de It, Stephen King (1986)

Un asesino serial en un barrio de suburbio. Una serie de desapariciones de adolescentes sin ninguna clase de explicación. Un grupo de adolescentes con mucho tiempo libre, con hormonas desatadas y con padres ausentes. Un verano. Una década puntual, la de los ochentas. Sintetizadores para marcar musicalmente, colores estridentes, estereotipos audiovisuales de una época. Se pueden pedir más lugares comunes que los que maneja Summer of 84 desde su primer minuto? Posiblemente no. Pero al mismo tiempo no podemos decir que se trate de otra eigthiesplotation tan en boga en estos días. Hay algo más y vale la pena pensar un poco qué puede ser eso que hay detrás.

Si bien lo mencioné en su momento en la crítica a seis manos que hicimos sobre It con mis compañeros de aventuras Ignacio Balbuena y Hernán Schell, creo que lo que King planteaba en aquella novela bien puede hacerse extensivo hacia otros territorios de la cultura popular americana, que no suele llevarse muy bien con el horror al vacío y, contrariamente, no hace otra cosa sino llenarlo de experiencia, de aventura, de postergación frente a la muerte inminente, que en definitiva no es otra cosa mas que la aceptación de la adultez. De ahí que cada retorno al pasado sea cada vez más tortuoso, mas asignificante, más desgarrado del presente. Ya lo era para Bogdanovich en 1971 cuando dirigió La última película, en la que no hacía más que constatar un espíritu mortuorio, en donde la cultura popular, el mito y el pasado se iba deshaciendo por los dedos como arena. Ni hablar de Texasville (1990), que es la continuación más desgarrada, desarticulada, cínica. El asunto es que los 80s fueron quedando atrás. Y la revisión que en esa época operaba sobre el pasado (es lo que hace King en definitiva) ahora retorna casi con la misma cantidad de años como para hacer del pasado una cristalización plana, un molde de la memoria sin contradicciones. Treinta años atrás todo siempre se mezcla y lo que emerge a la superficie es una suma de momentos seleccionados que unimos con líneas imaginarias para pensar que tuvimos un pasado memorable. No casualmente el poster oficial de la película refiere, glosa, plagia descaradamente a otros casos, como para dejar bien en claro que estamos frente a una operación cerebral y no frente a una propuesta emocional. Digo: Summer of 84 no solo no es Los goonies ni Los exploradores ni Cuenta conmigo. Ni siquiera es Super 8. Pero tampoco es Ready Player One. Esto quiere decir que así como no conecta con el pasado emocionalmente ni logra una reformulación emocional como la de JJ Abrams tampoco es una summa nostálgica reflexiva todoterreno como la de Spielberg.

Si algo hace bien Summer of 84 es lograr ya no una simple revitalización del pasado, sino condensar toda la suma de los lugares comunes de una memoria selectiva como si se tratara de un grandes éxitos de la memoria popular en torno a tropos narrativos y a tópicos audiovisuales. Con un pie puesto en la narración y otro en la exposición de los lugares comunes, el territorio de la película es el de la parodia, pero nunca como operación cruel para con aquellos que todavía creen en la operación de la nostalgia como un hecho con un futuro posible (ya la segunda temporada de Stranger Things no hizo otra cosa mas que demostrar los límites de la explotación descarada de la nostalgia como consumo). Quizás por eso cualquier tentativa de avance en la narración puede ser adivinada, como si se tratara de un hit de Belinda Carlise que se pegara al cerebro y que al sonar en la radio pudiéramos seguir y anticipar en cada estribillo. Pero el problema es justo ese: si podemos anticipar todos y cada uno de los movimientos de esta película con adolescentes hormonales que no tienen nada mas que hacer excepto querer debutar sexualmente y de paso resolver algún crimen…¿qué nos queda para sostener los 105′ que se extienden a lo largo de Summer of 84? Lo único que nos queda es conciencia, que como dije antes, también es una operación desgarrada y antinarrativa. Es extraña esa demanda: un cine que pone su centro en la narración clásica (no como la película de Bogdanovich, que precisamente operaba al revés) pero que al mismo tiempo nos pide que no nos fiemos demasiado de ella porque no va a aportarnos nada novedoso. Insisto: si lo único que nos queda es la conciencia, ¿qué podemos hacer con ella? La respuesta está en el final de la película.

El problema que tiene Summer of 84, por otra parte, tiene el mismo origen que sus virtudes. El acto de conciencia es el mismo que impide que podamos conectar mínimamente con lo que está narrando, por lo que las ambiciones de la película terminan siendo las principales gestoras de su autoaniquilación: si no se narra desde el cinismo, si no se cree en lo que se narra o si no se opera una vuelta de tuerca en la lectura del pasado, lo único que queda es una sumatoria de poses, algo propio de los ejercicios de estilo. Ahí es donde retorna King y el horror al vacío que mencionábamos al inicio. Y ahí, en los últimos minutos de película, es en donde ingresa una tercera capa que permite repensar lo que acabamos de ver. Entonces si aparece una conexión emocional, extrañamente, de retorno a Bogdanovich. Porque lo que nos plantea la escena final es que quizás esa vida ochentosa de hechos extraordinarios quizás siempre fue un vacío que había que llenar, un imaginario que había que inventar, para poder relatarle a los hijos o a los nietos que tuvimos un pasado grandioso, aventurero, mítico. Y que quizás todo eso que vimos no fue otra cosa más que un delirio de grandeza que buscaba llenar una experiencia que no existió. Quizás la melancolía del final radique en esta idea: a veces es duro aceptar que no tuvimos otra cosa más que una infancia común y que estamos promediando nuestra vida sin nada memorable. El pasado, nos dice Summer of 84, es el último refugio del presente mediocre. No es poco para una película que solo parecía ser una suma de lugares comunes.

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