Tully
EE.UU., 2018, 94′
Dirigida por Jason Reitman
Con Charlize Theron, Mackenzie Davis, Mark Duplass, Emily Haine, Ron Livingston, Elaine Tan, Maddie Dixon-Poirier y Lia Frankland.

La esquizofrenia simpática

Por Marcos Rodriguez 

Una de las supuestas novedades (y encantos) de Tully es que viene a retratar la maternidad de una forma en la que no se la había retratado antes. Digamos, sin mentiras, con materialidad y honestidad o desprejuicio. Y un poco de humor canchero. Hay horas sin sueño, angustia, una enfermera que le grita a la reciente madre porque tiene que comprobar que puede hacer pis para asegurarse de que la uretra no está obstruida después del parto y no es necesario volver a ponerle una sonda. También hay un rol femenino fuerte, de piba que se las sabe todas, o se las sabía. Un coctel más o menos estándar de lo que uno espera cuando se sienta a ver una película escrita por Diablo Cody.

En Tully tenemos un reencuentro de equipo. Por un lado, las palabras de Diablo vuelven a mostrarse de la mano de quien dirigió su primer guión: Jason Reitman. Por otro, parece ser que ambos habían trabajado ya con Charlize Theron en una película que se llamó Jóvenes adultos, que no vi pero cuyo póster promete más o menos las mismas coordenadas. No es necesariamente malo que la gente se repita, pero uno ya sabe qué atenerse.

En este caso, la historia de esta madre desbordada, que parecería arrancar en el código de cotidianismo de La joven vida de Juno(ese realismo suburbano que nunca renegó de las tradiciones narrativas fuertes de Hollywood) vira hacia un tinte levemente más de suspenso, que no termina de funcionar del todo pero tampoco se supone que debía hacerlo. La trama, uno descubre, venía a ser una metáfora más o menos explícita para hablar, de nuevo, de la maternidad. La tensión es leve porque la historia casi no existe pero, sobre todo, porque era tramposa, pero de una trampa doble. Por un lado está la trampa narrativa, que algunos considerarán legítima bajo el rótulo “vuelta de tuerca”, pero de otro está la trampa tranquilizadora.

Tully se presenta como una visión sin concesiones de la maternidad. Esa visión del desborde y la depresión postparto deriva hacia la aparición del personaje de Tully, niñera de noche que viene a ayudar a la madre. La cosa juega con ponerse perturbadora, hasta que aparece una sirena. Entonces entendemos la vuelta de tuerca y nos damos cuenta de que Tully era un desdoblamiento de la pobre Charlize, que al parecer se pone a charlar con una representación de ella misma cuando tenía 26 años, sin reconocerse al principio. Con la sirena se rompe de forma explícita el realismo pero en realidad para entonces ya habíamos dejado bien atrás la supuesta “crudeza” de esa mirada feminista que patenta Cody. Su realismo siempre supo ablandarse bien fácil y es así como, con un pase de magia medio choto, al final de todo este trayecto venimos a descubrir que lo que no podría clasificarse más que como brote esquizofrénico se soluciona con que el marido se decida a ayudar un poco a lavar los platos.

Ese final conciliador toma también una forma explícita en los diálogos de la película, cuando casi sobre el final esclarecer Tully le explica con su sabiduría desprejuiciada a Charlize/madre que el paso del tiempo y la maternidad no vinieron a destruirla y aplastar todos sus sueños y su entidad como ser humano independiente, sino que, por el contrario, ella está haciendo realidad el que era su verdadero sueño: sacrificar cada minuto de su existencia a una vida rutinaria y gris (cuanto más gris, mejor) para que sus hijos tengan estabilidad. La joven debe sacrificarse en aras del hogar, incluso si eso puede conducir a un ocasional brote.

 

Resulta un poco pasmoso (y algo agotador) ser testigo de las piruetas a las que tiene que entregarse Tully para convertir toda la mierda que fluye por esa vida sin horizontes, alegría o proyectos (más allá de la alegría y los proyectos de los hijos) en un edificante relato de reconciliación familiar. Nadie pretendía que Reitman/Cody nos entregaran un manifiesto revolucionario, pero tampoco hacía falta tratar de convencernos de que este es el mejor de los mundos posibles.

Al parecer, basta con unos buenos auriculares con los que escuchar una canción que nos recuerde aquel lejano momento en el que sí éramos libres para sobrellevar más o menos cualquier cosa. Y así debe ser.

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