Ferrari

Por Diego Maté

EE.UU., 2023, 130′
Dirigida por Michael Mann.
Con Adam Driver, Penélope Cruz, Shailene Woodley, Sarah Gadon, Gabriel Leone, Jack O’Connell y Patrick Dempsey.

Vendetta

Como muchos directores de su generación, Michael Mann, hacedor de éxitos que marcaron la memoria cinematográfica de las últimas décadas, ya no tiene lugar en Hollywood. Ferrari no solo es la vuelta de Mann al cine grande, a las salas, sino también la ocasión para filmar una película personal, querida, un proyecto dormido durante veinte años. Mann sabe que le quedan pocos cartuchos, que sus películas, a diferencia de otros directores octa o nonagenarios que trabajan mucho como Eastwood, son caras, que el cine que le interesa, que conoce, el único que puede hacer, ya no tiene lugar (como él mismo) en los balances de Excel de la industria. Y el hombre filma con la conciencia de las cosas últimas y hace de su película un statement velado, como si enviara un mensaje apenas cifrado a Hollywood y al cine (o lo que sea) del presente. Hacker: peligro en las redes (2015) era todavía un intento por sostener cierta posición dentro del cine estadounidense, una película pequeña pero correcta, afilada, en la que, más allá de los resultados, existe una vocación por lograr un mecanismo articulado y eficaz. Ferrari no. Ferrari es una película sobre un personaje inconmensurable, un visionario, un hombre roto, bigger than life: la figura vuelve imposible cualquier intento de contención, de adecuación narrativa y de la puesta en escena. Enzo Ferrari es la llave que le permite a Mann filmar una película libre, abierta, felizmente inestable, que está lejos de los dispositivos milimétricos del pasado como Fuego contra fuego o El informante.

En Ferrari reverbera el pasado. No solo el del protagonista, su tiempo, sus inventos prodigiosos o la épica de la Mille Miglia, sino el pasado del cine que Mann trae al presente para conjurar la medianía y la pobreza de una industria que él mismo ayudó a sostener desde los 90. La historia es conocida: Enzo, responsable del imperio que lleva su nombre, debe mantener la empresa en momentos de turbulencia, de grandes cambios, de aumento de la competencia, de nuevos modelos de negocios (como Enzo, a Mann también le tocan “tiempos interesantes”). Al drama del sueño que se hunde se le agrega el duelo por el hijo muerto hace un año, la relación tormentosa con su esposa y el reclamo de su otra familia, la clandestina pero verdadera, que no tiene apellido y, con justicia, cree habérselo ganado. Este gigante acechado desde todos los frentes recupera la tradición de los megalómanos entregados febrilmente a la defensa de un proyecto propio y desquiciado, pero también el linaje de los patriarcas coppolianos, sean de apellido Corleone, Kurtz o Tucker (de Tucker: el hombre y su sueño, otro creador de un imperio automovilístico). Si tiramos del hilo de los italoamericanos, la madeja lleva a Italia, pero al cine italiano. En una de las primeras escenas, Enzo vuelve a la mañana a su casa después de pasar la noche con su novia y su hijo. Laura (Penélope Cruz), que ya estuvo respondiendo varias llamadas por él, le arma un lío tremendo, le dice de todo y hasta le revolea un tiro en la pared, no muy lejos de la cabeza. Los parientes y empleados, ya un poco acostumbrados, van a la habitación a ver de qué se trata el escándalo: todo se resuelve en apenas un par de líneas de guion, sin efusiones dramáticas. Estamos en el mundo de la comedia a la italiana, de alguna película de De Sica o de algún artesano sin nombre de finales de los 50 donde abundan la gritería y los juramentos, donde el exceso de las pasiones a veces encuentra como respuesta un estupor silencioso; una geografía emotiva donde el espectador, como el impávido Enzo, comprende que no tiene que tomarse las cosas demasiado en serio.

El espectador entiende, también, que Ferrari es una película armada con parches en la que la tragedia convive con una comedia discreta, la historia del visionario con la adrenalina de los jóvenes corredores, las sombras del clan quebrado con los brillos de la familia por venir. Mann filma todo eso y a veces con todos diferentes, como si le importaran un rábano las presuntas máximas de la industria del cine como la consistencia, la organicidad, la fluidez, el equilibro y todas otras cosas que muchos críticos, que no saben de guion, aplican como barómetros destinados a evaluar la calidad de la obra. Hasta el público habla en esos términos, de “guiones flojos” o “personajes mal construidos”. En la era del script-doctoring, Mann, el viejo perfeccionista, el tecnócrata del cine, hace la película que le viene en gana, con dosis apenas medidas de todo lo dicho antes: hay que contar la historia de Enzo Ferrari, ¿cómo recuperar algo de la escala de la figura, de su grandeza desbocada, si la película no puede adoptar los tonos que prefiera, pivotear entre la risa o la pena, entre las escenas sombrías y las luminosas, entre todas las referencias cinematográficas que se procesan a lo bestia, como en un tartamudeo?

Esa película deshilachada, con sus costuras a la vista, monstruosa (en el sentido romántico de la palabra), es la que entrega Mann. Tal vez sea la última, y se la dedica a Hollywood, la fábrica de sueños que hoy apenas produce relatos amodorrados sobre causas de agenda o cuentos sumarios de superhéroes (que ya no son ni lo primero ni lo segundo). Se la dedica, además, con una vendetta apenas disimulada que cualquiera productor o agente de la industria puede leer rápidamente en el tema de la herencia, y que se juega en la relación que Ferrari mantiene con sus pilotos, sobre todo con los más jóvenes, a los que nutre y convierte en estrellas hasta que una falla o error de ingeniería los liquida en alguna carrera infausta. El conflicto generacional en Hollywood parece darse en términos exactamente inversos, pero el problema es el mismo: la imposibilidad de la transmisión de un legado y la degradación, más lenta o más rápida, de un imperio.

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