La última navidad de Julius
Bolivia, 2015, 48′
Dirigida por Edmundo Bejarano

Un poeta (solo) en Tarija

Por Fernando Luis Pujato 

A veces la fuerza de un personaje en un film es tal que todo, o casi todo, queda supeditado a su presencia escénica; y no es imprescindible que se trate de su personaje principal. Otras veces, sin embargo, el personaje es el film. No hay ninguna duda en cuanto a esto último en La última navidad de Julius porque no se trata tan solo de que la figura del poeta boliviano Julio Barriga sea poco más o menos que omnipresente -apenas un par de planos en los cuales no aparece- sino también, y principalmente, de su seducción, o mejor, de su querer seducir; y lo logra, claro. Tanto como cuando baila al ritmo de su amor no correspondido -la cantante londinense Amy Winehouse- mientras cita a Freud y a Hölderlin y a Marcuse y a Parménides y también aclara que la banda toca a dos compases y Amy canta a un compás sea lo que fuere que esto signifique- como cuando lee un poema dedicado a Roberto Echazú, un poeta que el admira, aclarando que al escribirlo se robó la mitad de La muerte tendrá tus ojos de Cesare Pavese antes de decir bueno ya es suficiente, fin, y se corte el plano fijo que sostenía su figura desnuda de la cintura para arriba recostada sobre el respaldo de la cama, la posición en la que siempre lee y la semi desnudez que siempre exhibe en todos los planos cerrados de la pequeña habitación atestada de libros y papeles donde vive. Entre este espacio absolutamente privado, clausurado sobre sí mismo, en el cual Barriga actúa solitariamente para la posteridad -aunque también en una secuencia del film recibe a sus tres o cuatro amigos mucho más jóvenes que el para tomar unos cervezas- y el espacio público al que se accede con solo abrir la puerta que da a la calle, se juega el film de Bejarano que, no tan casualmente y ya desde su inicio, alterna el adentro y el afuera sin establecer ningún tipo de distinción jerárquica entre ambos espacios.

Todo importa en este encadenamiento un tanto desordenado, más o menos programático, pletórico de vitalidad e impulsado por la urgencia. Todo importa, desde la visita de Barriga al cementerio para colocar una flor en la tumba de ¿su padre? y señalar la tumba de Echazú hasta hacer gimnasia en las barras de una plaza repleta de niños con sus madres o tías o hermanas. Desde treparse con la agilidad de un gato y el desparpajo de un chico a un árbol de una calle cualquiera para descolgar un par de naranjas hasta sentarse por la mañana, a una hora indeterminada, con sus amigos en la mesa del patio de una casa al parecer abandonada -luego de una noche sin dormir imaginamos- hablando acerca de si Amy es una diosa o un diablo o un “ángel con alas de murciélago” o todo esto junto a la vez. El vaivén entre estos planos abiertos con profundidad de campo y los planos absolutamente cerrados de la habitación de Barriga es constante, evitando que el film quede atrapado en una suerte de hermético confesionario en primera persona o en un paseo guiado caprichosamente por los alrededores de ciudad de Tarija. En cualquier caso no hay aquí ninguna pretensión de poner en escena un recorrido existencial, de llegar a estos retazos de un presente sin otro horizonte que una fugaz cotidianeidad, a partir de un pasado de lo que sea, de arribar a una explicación de los porqué y los de qué manera un hombre llamado Julio Barriga adoptó no solo la poesía sino también la pobreza material -por decir lo menos- de los poetas malditos del siglo XIX como un forma de vida en este pequeño lugar de este pequeño mundo; ningún flashback, ninguna confesión frente a cámara, ningún indicio que se cuele subrepticiamente en alguna escena o en algún plano. Nada más que unos versos y la pose de un flâneur. Suficiente con esto.

Cuenta la leyenda que Julio Barriga se enteró de la muerte de Amy Winehouse cuando recogió un diario tirado en la calle y también cuenta que se emborrachó y bailó durante días y días. Una escena muestra a Julio Barriga arrancando una rosa del cementerio y llevándola a su casa para depositarla junto a otras rosas en una suerte de altar profano presidido por un inmenso poster de Amy Winehouse colgado sobre una pared. Un (otro) poeta escribió alguna vez “Fui amado en efigie en un país más allá de los sueños…”. Se llamaba Fernando Pessoa y solo amó a una mujer en toda su vida. Esa mujer nunca lo supo aunque quizá esto no importe demasiado. Hay un poeta solo en Tarija. No sabemos si sigue bailando al ritmo de Back To Black aunque quizá esto no importe demasiado. Las rosas se marchitan en poco tiempo pero siempre habrá rosales con rosas sin marchitar. Todos bailamos con fantasmas.

Comentarios