Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver)
Estados Unidos-Reino Unido, 2017, 112′
Dirigida por Edgar Wright.
Con Ansel Elgort, Kevin Spacey, Lily James, Jon Hamm, Jamie Foxx, Jon Bernthal y Eiza González.

My awsome mixtape cinema, vol 10

Por Ignacio Balbuena

Mezcladora de cine. Una persecución vertiginosa editada al ritmo de ‘Bellbottoms’ de The Jon Spencer Blues Explosion, un tema de cinco minutos de garage sucio, desprolijo y furioso y la verdad es que le cuesta superar ese comienzo. Baby Driver Baby empieza espectacular. Llega unos años después de Drive, que también empezaba con una persecución de autos tensa y tenía un soundtrack memorable, con el hit synthwave ‘Nightcall’ de Kavinsky y los sintetizadores gélidos de Cliff Martínez marcando el pulso. Pero si en la película de Nicolas Winding Refn todo era melancolía y neón, Baby Driver es algo así como The Driver (Walter Hill, 1978) meets La La Land: un carta de amor a las heist movies con persecuciones de autos que es además (casi) un musical clásico, una especie de noir de fantasía con un soundtrack ecléctico para hacer babear a los críticos de Pitchfork.

Personajes. Es también una comic-book movie, mucho más emparentada estilísticamente con Scott Pilgrim Vs the World (Edgar Wright, 2010) que con la trilogía Cornetto, las películas que Edgar Wright co-escribió con Simon Pegg, y que el propio Pegg co-protagonizó junto al gordito bonachón Nick Frost. Todas las películas con Simon Pegg toman un género (los zombies, las buddy movies policiales, el sci-fi) y lo usan para contar la evolución y el desarrollo de un personaje. Shaun, su novia y su familia, el policía Nicholas Angel y su trabajo, Gary King y su estado de arrested development. En todas las películas que Wright y Pegg co-escribieron, el arco de los protagonistas y el género que funciona como template están íntimamente entrelazados. Baby Driver, en cambio, abandona algo de ese humanismo y se queda en la superficie, en el ejercicio de estilo.

Estilo vs esencia. Scott Pilgrim Vs The World (SPvTW de aquí en más), la adaptación de la novela gráfica de Bryan Lee O’Malley, comparte varios aciertos y problemas con el último largometraje de Wright. No casualmente es la otra película del director en solitario, sin Pegg guionista apuntalando. Ambas son un claro ejemplo de style over substance. ¡Pero qué estilo! En la película de Scott Pilgrim, Wright filma las peleas con una atención al detalle igual de obsesiva que la que tuvo para los montajes musicales y las persecuciones de Baby Driver. Basta observar la primera escena de pelea: la coreografía de artes marciales es milimétrica, la cámara es hiperkinética y estilizada pero siempre coherente, la sonorización de Nigel Godrich ilustra cada movimiento y gesto con sintetizadores juguetones y hay detalles hermosos como las onomatopeyas que se corporizan por los golpes (SNAK!) que en los planos abiertos estallan y caen a lo lejos. En SPvTW esta estética larger than life funcionaba por dos razones: la sensibilidad de veinteañero pasado de aderall es apta para la historia de un slacker neurótico con estética de videojuegos colorinche y ruidosa, en primera instancia. Y porque la película es una comedia romántica ligera, en segunda instancia. Baby Driver en cambio, apuesta a la épica en pequeña escala (la épica de los perdedores del noir de la década del 40), e intenta construir personajes trágicos y arquetípicos en medio de la estética de comic-book (basta ver la primera escena y los primeros planos de los ladrones: Jon Hamm, Elsa Gonzales y John Bernthal tienen rostros de personajes de historieta). El problema es que no lo logra porque, entre otras cosas, se olvida de construir personajes.

Cita de cita de cita. El ritmo trepidante no para. Un plano secuencia hermoso con Ansel Engort yendo a comprar café al ritmo de Harlem Shuffle, y otro robo, que aprovecha para introducir al personaje de Jamie Foxx, que practica una rutina de gangsta psicótico sin matices en toda la película. No faltan las comparaciones con Tarantino: como en sus primeras películas, hay robos que salen mal, hay maleantes capaces de sostener conversaciones articuladas y elocuentes sobre música, y el protagonista tiene el gusto musical de un crítico de rock nerd de más de cuarenta años (a pesar de ser un adolescente). Pero a cada deep cut de los ‘70, Tarantino lo acompaña con personajes y emoción genuina. De Jackie Brown rescato haberme mostrado a los Delfonics, pero también un romance hermoso entre Pam Grier y Robert Forster y uno de los mejores villanos de Samuel L. Jackson. Deborah (Lily James) y Baby son lindos, pero su romance no es conmovedor, es como la imagen que sueña Baby con Deborah vestida con ropa de los 50 esperándolo en un auto vintage: una postal. Metacine de poster.

Taglines. Casi se puede resumir en un par de citas: “One more job and I’m done” (“El último trabajo y me retiro”), dice Baby y Doc, el mafioso que lo chantajea (Kevin Spacey, carismático pero en piloto automático) le responde “One more job, and we are STRAIGHT” (“Un último trabajo y quedamos A MANO”). “The moment you catch feelings, is the moment you catch a bullet” (“El momento en el que te ponés sensible es el momento en el que te comés un balazo”), dice Jamie Foxx. Y así.

Algunos momentos felices. Varios momentos aislados funcionan por sí mismos. Baby componiendo hip-hop lo-fi con teclados casiotone y drum machines baratas, haciendo scratching sobre los samples de Kevin Spacey. Los flashbacks de una perfectamente casteada Sky Ferreira en la origin story de Baby. Y un gran tiroteo al ritmo de una versión de Tequila de Button Down Brass, con los balazos sincronizados al ritmo de la batería (decisión que se repite en el tiroteo del final con Hocus Pocus, y ver a Jon Hamm disparando una metralleta al ritmo de un rulo de batería o un arreglo de guitarra es casi tan satisfactorio como las persecuciones de auto del comienzo). La escena de la lavandería, con la pareja moviendo los pies al ritmo de T. Rex con las lavadoras sincronizadas girando atrás es un hallazgo, pero lo cierto es que después de las secuencias iniciales, la película se cae, no despega de los lugares comunes de una historia de este estilo y género.

Nada mejor que una mixtape.Una sucesión de grandes tracks sueltos no necesariamente hacen un gran mixtape, y más allá de estos momentos de gratificación aislada (y de un superlativo Jon Hamm, que sí logra mostrar matices y efectivamente se desarrolla como un personaje a lo largo de la película, yendo del criminal amable al perro rabioso con una intensidad y un magnetismo extraordinarios), la película no termina de reconciliar el musical millennial de fantasía con el underworld criminal sangriento, y llega a un epílogo forzado y poco satisfactorio. Irónicamente es una película que ya vi dos veces en el cine y que volvería a ver de nuevo un par de veces más, pero seguramente me seguirá dejando frío cada vez que lo haga, aún cuando sus persecuciones y secuencias de acción sean de un virtuosismo notable. Es lo que pasa cuando escuchás una selección de temas demasiado perfecta pero también demasiado calculada.

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