Cobra Kai
EE.UU., 2018, 10 episodios de 30′
Creada por Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg
Con Ralph Macchio, William Zabka, Tanner Buchanan, Jacob Bertrand, Mary Mouser, Courtney Henggeler, Nichole Brown, Connor Murdock, Xolo Maridueña, Gianni Decenzo, Annalisa Cochrane, Bret Ernst, Bo Mitchell, Dan Ahdoot, Diora Baird, Susan Gallagher, Terayle Hill, Cara AnnMarie, Vanessa Rubio, Ashton Leigh, Destiny Lopez, Matthew Borlenghi, Michael H. Cole, Luke Donaldson

Estamos grandes

Por Hernán Schell

A esta altura ya lo sabemos todos: la nostalgia por los 80 se ha transformado en uno de los negocios más rentables de los últimos años. Lo prueban Stranger Things, Guardianes de la Galaxia, la última adaptación de It, la película Ready Player One, y varios largometrajes que evocan la estética ochentosa. Este tipo de ejercicio de la nostalgia viene muchas veces con una paradoja incluida: que se trata de películas o series sobre personajes en crecimiento y en plena maduración. Así es como se produce algo raro: productos que, como Stranger Things, nos hablan por un lado de chicos que empiezan a ser adultos mientras se lo bombardea al espectador (o por lo menos al espectador de entre treinta y cuarenta) con un montón de temas musicales y estéticas que le recuerdan a la época de cuando era un nene. En definitiva, la paradoja de hablar del crecimiento pero demandar un retorno a la infancia.

La serie Cobra Kai amenazaba con ser eso. La misma cuenta la historia de dos de los principales personajes de Karate Kid: Daniel Larusso y Johnny Lawrence. Al primero se lo conoce popularmente como Daniel San, ya que así era como lo llamaba su maestro, el Sr. Miyagi. Al segundo, por estas tierras argentinas, se lo suele conocer como “el rubio de Karate Kid”, y es uno de los villanos más célebres de los 80. Y es raro decirlo, porque lo cierto es que no era un villano tan terrible: si bien hacía bullying a Larusso, es verdad que uno podía percibir que esta agresividad escondía mucho dolor, y no era tanto consecuencia de la malicia. Más aún, en el final de la película, Johnny Lawrence termina teniendo un gesto nobilísimo: entregarle el trofeo a Daniel Larusso aceptando estoicamente su derrota.

Sobre la relación entre Larusso y Lawrence hay incluso un video muy conocido (si no lo vieron, pueden hacerlo clickeando aquí) que habla de la posibilidad de que Larusso sea en el fondo un sociópata del cual Lawrence termine siendo una víctima. Quizás una de las mayores curiosidades de Cobra Kai es que, sin llegar a los extremos de considerarlo un sociópata, construye un Daniel mucho más ambiguo de lo que era en el largometraje, mientras Lawrence es parte un tipo noble, y parte un tipo dañino por cuestiones relacionadas con sus propios fantasmas del pasado.

Cobra Kai se ubica treinta años después de la primera Karate Kid, con Lawrence todavía traumado por la derrota, y Daniel convertido en un exitoso empresario de autos. Más aún, mientras Lawrence está en una situación empobrecida, convertido prácticamente a la clase social de la white trash americana, Daniel es ahora un buen burgués, establecido en un negocio que lo ha vuelto prácticamente millonario. La relación se invierte en este sentido de modo notable respecto al largometraje. En la primera Karate Kid, las clases sociales ubicaban un poco también de qué lado estaba parado cada uno en la vereda. Lawrence era el tipo que hacía bullying desde un lugar de poder que excedía sus habilidades para el karate, en tanto Daniel era el pibe de clase media que se iba construyendo desde abajo para llegar a triunfar en una rara mezcla del American dream y la filosofía oriental (algo básica y muy simplificada, pero filosofía oriental al fin) de su maestro Mijagi. Ahora es Lawrence el pobre y Daniel el rico, y en algún punto una de las curiosidades más grandes de la película es que si bien Daniel sigue teniendo un carácter supuestamente bondadoso, es también el que comete las mayores cretinadas de toda la serie.

Lawrence hace bromas pesadas y furiosas (como pintar un pene gigante en un cartel publicitario de la empresa de  Daniel), y sus enseñanzas de karate a los alumnos son, por lo menos, crueles, pero su maldad oscila entre lo adolescente y lo inconsciente. En cambio, durante la serie, Daniel se vale de su poder para hacer cosas bastante horribles y calculadoras: puede caer en la peor condescendencia para humillar a Johnny; es capaz de hacer una jugada sucia para que le aumenten el alquiler de la escuela de karate a su rival (sin pensar además que con esa jugada termina perjudicando a muchas otras personas que pagan el alquiler en el mismo espacio de Johnny),  y no parece disculparse demasiado cuando su primo le destroza el auto a Lawrence. Incluso hay varias actitudes (como el padrinazgo que Daniel termina ejerciendo con el hijo de Daniel) que no están exentas de una crueldad acaso involuntaria.

También hay algo que hace que Lawrence cuente con mayor simpatía: su inevitable asociación con esa clase de héroes irresistibles del cine cuyo carácter malhumorado y perdedor parece estar a punto de reivindicarse. Incluso uno puede darse cuenta de algo cuando ve la serie, y es que, incluso en sus mayores errores, sus intenciones quieren ser buenas. Su gusto por entrenar chicos a los que les hacen bullying es después de todo bastante noble; son lo métodos que usa los reprobables, pero al fin y al cabo son también los únicos métodos que sabe y que le enseñaron. Incluso la propia serie muestra algo: que los métodos agresivos y decididamente poco convencionales de Lawrence terminan redundando en algunos beneficios: inspiran a chicos a defenderse y respetarse a sí mismos, a que los dejen de agredir en la escuela y hasta a animarse a invitar a salir. Es verdad igual que la propia serie insinúa, con bastante sutileza por cierto, que las cosas pueden darse vuelta en cualquier momento, y que con el karate enseñado a las víctimas de los acosos escolares, en cualquier momento los que eran acosadores pueden volverse blanco de los karatecas resentidos.

Pero todo esto tiene que ver con una idea que va decantando sola y con mucha habilidad a lo largo de los capítulos: y es que en el fondo Cobra Kai es un programa sobre juegos de poder: en la escuela, en el mundo de los negocios, entre clases sociales, y por supuesto en las competencias deportivas. Incluso Cobra Kai se vuelve una serie interesante para comparar con 13 Reasons Why, ese telenovelón adolescente que al igual que esta suerte suerte de continuación de Karate Kid, trata sobre el tema de bullying. Si 13 Reasons Why opta por la idea de que el blanco del bullying sea una chica bonita y canchera que difícilmente encaje dentro del lugar del marginal y oprimido en una escuela (y a la que le tienen que pasar unas 200 cosas a lo largo de los capítulos para que pueda ser víctima), Cobra Kai trabaja sobre chicos que uno podría imaginar como objeto de acosos: una estudiante obesa, un chico descendiente de latinos, y otro con labio leporino. Más aún, con mucha menos declamación y sin necesidad de llegar a escenas efectistas o un tono excesivamente solemne (de hecho, si hay algo que tiene Cobra Kai es humor) y con mucho sentido de la sutileza, no deja de ver que el bullying es consecuencia de un contexto general en el que es normal aplastar cabezas en cualquier ámbito.

Así y todo, no es quizás la cuestión del poder lo más atractivo de Cobra Kai sino la cuestión del tiempo. Sucede que una de las originalidades más grandes de esta serie quizás resida en la idea de partir como un programa de explosión de la nostalgia y terminar yendo de a poco a una serie horrorizada con los fantasmas del pasado y anclada rabiosamente en el tiempo presente: en el mundo de las redes y las ventajas y desventajas que ofrece, en las nuevas formas de bullying y las nuevas canciones, y sobre todo en la propia marca del tiempo que aparece en las arrugas de Johnny y Daniel. Y acá está una de las características que más diferencia a Cobra Kai de cualquier otro producto nostálgico: su intención no es tanto la de  refugiarnos en el pasado sino hacernos sentir fascinados con personajes cuya única esperanza es ubicarse en el tiempo en el que se encuentran y simplemente mandar al diablo una época a la que quizás sea mejor no volver. Después de todo, acá el gran problema de Johnny y Daniel es que el primero no puede dejar de aplicar métodos de pelea nocivos que le enseñaron hace unas décadas, y el segundo sigue viendo secretamente a Daniel como el enemigo que ya no debe ser. Es la idealización absurda de algo a lo que no se podría ni se debería volver lo que termina impidiendo la evolución acá, una nostalgia a la que Cobra Kai no ve en el fondo más que como una trampa. Quizás, lo que les esté diciendo esta serie de forma muy sutil e inteligente a Daniel, a Johnny, y varios que miramos Cobra Kai, es que estamos ya grandes para andar añorando cosas de otros tiempos. Y quizás tenga razón.

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