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Tiempo de lectura: 3 minutosJeffrey Epstein: Asquerosamente rico

Ludmila Ferreri

Jeffrey Epstein: Asquerosamente rico (Jeffrey Epstein: Filthy Rich) 
EE.UU., 2020, 4 episodios de 55′
Creada por Lisa Bryant

Carcosa

Por Ludmila Ferreri

La ciudad mítica a la que vuelven los diversos cuentos que forman esa fauna inexpugnable que conforman los Mitos de Cthulu, reaparece entre nosotros con formas imprevisibles, diversas, horribles. Quizás una de sus formas mas acabadas (dado que caracterizarla es una tarea improbable) esté plasmada en True Detective, en ese infierno de abusos infantiles, sectas, poder político y otros espantos en los pantanos de Louisiana. Pero configurar la representación de esa ciudad ominosa y pesadillesca que es la oscura Carcosa no es tarea fácil para el realismo. Por eso cuando nos alejamos del artificio de los horrores lovecraftianos esa ciudad endemoniada se desvanece.

Cuando vi la mediocre Jeffrey Epstein: un rico asqueroso (la traducción debió ser esa, no la inadecuada Jeffrey Epstein: Asquerosamente Rico) se me impuso en algún lugar de la cabeza el retorno a Carcosa. Pero se trataba de un retorno cambiado, modificado por el horror manifestado en espantos mas terrenales (en este caso no había sectas, pero si abusos de poder piramidales que derivaban en abusos sexuales de distinta clase). La Carcosa de esta serie repleta de problemas (el mayor es la nula empatía que muestra con los entrevistados y la incapacidad manifiesta de profundizar mas allá de lo obvio y superficial del caso) es una multiplicación de espacios: tiene lugar en Palm Beach, Florida, en una isla del caribe, en una mansión en Nuevo México, en otra mansión en Francia. Ese espacio de horrores, abusos y perversiones aquí se dispersa, se vuelve material para un noticiero de media tarde. O en su defecto, para una mezcla de programa sensacionalista de crímenes con programa de chimentos.

No obstante, haga lo que haga la responsable de esta serie breve pero atrapante (no por las propias capacidades sino por el interés que suscita el material, que siempre deja entrever algo pero no todo, lo suficiente como para que nuestro cerebro complete ese fuera de campo involuntario y ominoso que la serie no sabe trabajar pero que es su mejor aliado narrativo), el material se abisma sobre una. Porque el centro neurálgico de Jeffrey Epstein: Filthy Rich no es el monstruo que le da el nombre a la pesadilla de abusos de poder varios, ni tampoco lo son sus víctimas entrevistadas (a las que la serie trata con llamativa ambivalencia), tampoco es el morbo de los abusos (a los que la serie alude sistemáticamente con una ritualidad que distinto a provocar horror provoca tedio), sino que el centro mismo está en lo no narrado, en las elisiones, en ese gran fuera de campo que supone esa sucesión piramidal de abusos encadenados y el modo en el que todo el sistema de violaciones se organizaba girando en torno a intereses de políticos, jueces, empresarios varios, actores. Ahí hay una decisión narrativa notable, pero a la vez creo que involuntaria. La serie sabe que no puede narrar algo sobre lo cual no ha investigado. La serie no se propone ir mas allá del señalamiento de potenciales cómplices de los abusadores (fundamentalmente del mismo Jeffrey Epstein y su ex esposa), sino dejar establecido un manto de sospecha, una neblina, una potencia de narración ahí en donde las indagaciones flaquean.

El fuerte (dentro de la multiplicidad de debilidades que la atraviesan) de esta serie sobre abusos y abusadores es, justamente, el ominoso territorio de aquello que desconocemos, es decir, el espanto de lo obsceno, lo que nunca se hará presente, incluso aunque se lo convoque por medio de relatos, fotos, testimonios en video, testimonios en audio. Quizás ahí, en el registro imposible de las fantasías mas descabelladas sobre uno de los tabúes humanos por excelencia, como es la pedofilia y el tráfico de menores, es en donde la serie encuentre la salida ficcional, su escape lovecraftiano. Porque el costado más horrible de Carcosa es que se trata de un lugar invisible y horroroso, pero que sin haber visitado todos creemos conocer secretamente. El mito, otra vez, ilumina más que el mal periodismo.

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