Una semana y un día (Shavua ve Yom)
Israel, 2016, 98′
Guión y dirección: Asaph Polonsky
Con Shai Avivi, Tomer Kapon, Evgenia Dodina, Sharon Alexander, Carmit Mesilati Kaplan, Uri Gavriel y Alona Shauloff.

Bajo este sol tremendo

Por Fernando E. Juan Lima

Contra lo que el cine me había enseñado, el día de la cremación del cuerpo de mi padre (en la Chacarita, tras su deceso y luego de haber evitado el masoquista rito del velatorio) era una de esas jornadas crocantes, soleadas, perfectas. Nada de lluvias o tormentas que dieran cuenta del rotundo cambio que con ese paso quedaba evidenciado en mi vida. El clima llamaba a utilizar la pileta recién inaugurada para la temporada, que de esa manera se adelantaba. No obstante, la sola idea de hacerlo me sonaba poco menos que a una herejía, a una falta de respeto. Recuerdo que terminé viendo (en la oscuridad de mi cuarto, con las persianas rigurosamente bajas, a oscuras) Genealogía de un crimen (Raoul Ruiz, 1996). Algo más de incertidumbre y misterio para un momento tan duro y triste como irreal, incomprensible. El haber sufrido por años, juntos, sobrellevando como pudimos una, dos, tres tristes y largas enfermedades generaban una mixtura de sentimientos inevitablemente agridulces. Por fin había terminado el calvario. ¿Cómo decir eso? ¿Cómo pensar eso? Pero sí, algo (mucho) de liberación se mezcla(ba) con la tristeza infinita.

Una semana y un día es única. Y quizás se deba en cuanto decide adentrarse en eso que siempre está elidido, fuera de campo. ¿Qué hacemos frente a la muerte de un ser querido? ¿Qué pasa cuando las lágrimas se agotan, cuando el dolor sigue siendo igual (o más) fuerte pero somos conscientes de que debemos seguir viviendo? El cine y el recato que impone el duelo abundan en llantos y exteriorizaciones de la tristeza que conforman parte de la esencia del melodrama (males de amores y decesos deben marchar a la cabeza del ranking, si intentamos una apurada estadística mental). Sin embargo, ya lo sabíamos, el cine es bigger than life y eso lo ha llevado a eludir el retrato de estos momentos de intimidad o de aparente deriva en los que la película israelí se centra. Llama la atención que una opera prima tenga la osadía y la madurez necesarias como para acercarse a lo que se nos dice (seguramente con razón) que es el mayor dolor imaginable (el fallecimiento de un chico de 25 años para sus padres) desde el atalaya de la observación detallada y realista, que no elude el componente de humor que la situación puede conllevar.

La casa familiar es el territorio central en el que la absurdidad de los ritos se desvanece frente a la cotidianeidad que también parece absurda. La sensación de estar flotando, fuera de sí, como si uno se mirara desde afuera del propio cuerpo, es algo que Polonsky transmite tanto desde la puesta en escena (el uso de la profundidad de campo para sostener los contrastes del duelo así como la función simbólico-geométrica del espacio de la casa de los padres del fallecido), como con el tono de las actuaciones (oscilantes entre la angustia, el sinsentido pero también el humor, evitando así los lugares comunes de la representación de un duelo). La abulia, el desgano transmutan en ataques de furia. ¿Cómo es que todo sigue igual? ¿Por qué no se murió ese hijo de puta en su lugar?

Y, así y todo, el duelo se asume; no se olvida pero se asimila. Se cambia, se sufre, se crece. Y también, claro está, se ríe. Quizás con culpa; pero se ríe. De esos momentos de dolorosa incomodidad, con lugar incluso para algo de luz y vida (en la película esa idea emerge con sofisticación en detalles mínimos como unos gatitos, como una maceta para plantar, como una barba crecida) en un contexto tan triste, está hecha Una semana y un día. Es que hay cosas que son intransmisibles, inconfesables, inexplicables. Como inexplicable sigue siendo ese pertinaz impulso que, aún quince años después de aquel caluroso día de fines de octubre, me invade cada vez que gana Racing de correr al teléfono, llamarlo, y decirle: “¡Viejo, ganó La Academia!”.

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