La vaca (Gaav)
Irán, 1969, 105′
Dirigida por Dariush Mehrjui
Con Ezzatolah Entezami, Ali Nassirian, Jamshid Mashayekhi, Khosrow Shojazadeh, Jafar Vali, Ezatallah Ramezanifar

Y la vida continúa

Por Fernando Luis Pujato

Rostros. Rostros de ancianos detrás de unos arbustos, cruzándose frente a cámara, asomándose desde una pequeña ventana. Figuras. Figuras de mujeres sentadas en el frente de una casa, de hombres mirando desde una improvisada atalaya. Y niños, correteando con antorchas de fuego, prestándose a un juego un tanto macabro con el loco del pueblo; dicen que en todos los pueblos siempre hay alguno. Y lo que parece en principio ser una travesura infantil presidida por un muchacho un tanto mayor, un tanto inconscientemente cruel, culmina siendo una suerte de pasatiempo grupal, de edad y de género. Los hombres adultos están al margen, tomado té, quejándose de los vecinos paganos que les roban y saludando a Hassan, que llega con su vaca -la única del pueblo- después de haberla bañado en el río. Y todo eso que está presente en los primeros minutos del film, todas esas callejuelas sin orden aparente, esas casas escondidas tras las paredes de terracota, esa pileta de agua comunal, esa pequeña aldea sin nombre de alguna zona rural del Irán profundo, es lo que no se había visto hasta entonces. Y todas esas caras y esos cuerpos atravesados por un tiempo sin edad, por un clima sin refugio, por una geografía hostil conquistada diariamente a través del duro trabajo y de los rezos matinales de todas esas siluetas sobre el techo que apunta hacia la Meca, tras los vestidos negros y los velos que llegan hasta donde se es permitido mirar, tal vez estaban también, de alguna u otra manera, en la poética desgarradora de La casa está oscura(1962) o en la impiadosa soledad de Naturaleza muerta (1974), pero en este film de Sohrab Shahid Saless sólo había un par de ancianos, y en el de la poetisa Forugh Farrokhzad. todo era un hospicio. Entonces, ¿algo así como los albores de un cine tal y como lo conocemos hoy? ¿ese salto sin escalas, sin ese casi obligatorio período clásico, hacia la modernidad? Tal vez. Tal vez importe.

En todo caso, lo verdaderamente importante es el doble registro colectivo y público del film de Dariush Mehrjui,  porque lo que le ocurre a la vaca de Hassan y, por consiguiente, lo que sucede con él, es de la incumbencia de todos pues todos se conocen; es el “viejo” Hassan, es uno de nosotros. Es en ese discurrir social donde el acontecimiento cobra significación, en torno al centro del poblado, en sus contornos inmediatos, en ese afuera que permea y estructura el sentido de lo cotidiano. Es en esta inscripción dual donde está asentada la puesta de La vaca, oscilando permanentemente entre un acontecer diurno fracturado por un suceso extraordinario y un acaecer nocturno asediado por ladrones vecinales, incursiones vengativas y amores furtivos, poniendo en escena extraños ritos propiciatorios cuyos ocultos secretos sólo conocen las mujeres e ilusorios intentos mundanos por remediar lo ocurrido cuyo fracaso pertenece sólo a los hombres. Un mundo categórico. Y la vista de un Irán no visto, cuyo único discurso es darlo a ver, sin encerrarlo en estampas folclóricas aldeanas, en añoranzas pastoriles rurales.

Mientas una vida se extingue hay una promesa matrimonial, mientas algo culmina, algo comienza. La lluvia cae por igual para los que se van y para los que se quedan, para los que ya no están y para los que, posiblemente, seguirán estando. Había que esperar unos años, tan sólo dos décadas, para que Abbas Kiarostami condense en un film esta particularidad universal, este vaivén tan terrenal como divino. El film de Mehrjui se llama La vaca, hubiera podido llamarse Y la vida continúa. Tanto en ese pequeño (gran) lugar. Tanto como en el cine.

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