Barry Seal: Sólo en América (American Made)
Estados Unidos, 2017, 115′
Dirigida por Doug Liman.
Con Tom Cruise, Domhnall Gleeson, Sarah Wright, Jesse Plemons, Caleb Landry Jones y Lola Kirke.

Saltar sin mirar

Por Ignacio Balbuena

‘Tiendo a saltar antes de mirar’, dice el Barry Seal de Tom Cruise en la narración que acompaña American Made, segunda película de Doug Liman con Tom Cruise después de la extraordinaria Al filo del mañana (2014). Esa política de abrazar el riesgo sin pensar demasiado parece ser el modus operandi de Cruise dentro y fuera de sus películas. Cruise es un actor que se resiste al paso del tiempo y a ser algo menos que una mega-estrella de cine de super-acción, y así es como termina con los huesos rotos filmando Misión Imposible. Y más allá de esta saga, que nos ha dado algunas de las mejores películas de acción de los últimos años, la política de Cruise de mantenerse como una estrella de acción a toda costa ha tenido relativo éxito. Tenemos la primera Jack Reacher (2012), la mencionada película de Liman- un mashup entre Hechizo de tiempo (1993), aliens y mechas– y la desopilante Knight and Day (2010). También hay cosas cuestionables, claro: Rock of Ages (2012), Jack Reacher: Sin retorno (2016), y la nueva versión de La Momia (2017), que enterró por completo el intento de Universal de hacer su propio cinematic universe. Pero incluso en ese desastre insalvable, Alex Kurtzman entendía el potencial de Tom Cruise al menos en la escena del avión. Hay algo intrínsecamente cinematográfico en ver a Tom Cruise corriendo, y las mejores películas y escenas de Tom Cruise tiene una cualidad casi plástica en la forma en que utilizan su cuerpo, sus escenas de riesgo, su sonrisa, su carisma. Tom Cruise siempre hace de Tom Cruise, sólo que en algunas películas hace peor de Tom Cruise que en otras.

American Made no es una gran película, no termina nunca de elevarse por encima de su intención de ser ‘una peli onda las de Scorsese’. Están todos los elementos típicos: una biopic cargada de cocaína que abarca una historia épica a lo largo de varios años, enmarcada por una narración en off que cuenta una historia de ascenso y caída, y un soundtrack rockero que acompaña un montaje frenético, de pulso nervioso. Doug Liman apunta al Scorsese Lite, pero allí donde otras imitaciones se caen por su propio peso y ambición copiona (como la desastrosa American Hustle. 2013), Liman sale a flote por mantener siempre un tono liviano, por poner al frente la actitud canchera de Tom Cruise pero sin subrayarla demasiado.

Intentaré explicarme mejor. La Momia fue un fracaso porque era un blockbuster típicamente ruidoso del siglo XXI, despojado de personalidad y coherencia estética. Con y sin la presencia de las corridas de Tom Cruise estaba destinado al olvido. Liman, en cambio, parte de un modelo que siempre funciona en el cine, la épica del tráfico de drogas y del everyman americano que termina enterrando valijas con plata porque ya no sabe dónde meterlas de tanta plata que hace. A la historia conocida del tráfico de drogas y la ruta Medellín – USA (en serio…¿Cuántas películas y series tienen hoy la cara de Pablo Escobar?), Liman le suma un estilo juguetón y estilizado, con colores saturados, texturas analógicas, zooms desprolijos y cortes abruptos.

Este exceso de estilo le sienta bien a una historia real pero larger than life: Barry Seal pasa de una vida de monotonía como piloto de aerolínea y padre de familia, a operador de la CIA a traficante del cartel de Medellín a trabajar directamente para la Casa Blanca. Un testimonio del personaje grabado mirando a cámara en VHS recorre toda la película, justificando la narración en off. En medio de estos excesos estilísticos y argumentales, la cara y sonrisa semi-humana de Tom Cruise reafirman lo extraordinario. No hace falta que corra ni haga piruetas, su Barry Seal parece ser más bien una versión envejecida de su personaje de Top Gun (1986). En La Momia, Tom Cruise termina la película con superpoderes, pero Barry Seal es un piloto destinado al aterrizaje forzoso. Tiene habilidad para las piruetas en avión, pero también la flexibilidad moral o al menos el estoicismo para encarar todas las operetas sombrías que le encargan sabiendo que es ‘el gringo que siempre cumple’. Lamentablemente, este aire ligero que tiene la película hace que tampoco haya espacio para el peso dramático o la tensión. Hay una muerte que no impacta demasiado, la posibilidad de crear escenas violentas o atemorizantes con las figuras del cartel de Medellín está desaprovechada, el comentario sobre el fracaso del sueño americano y las políticas exteriores de Reagan es superficial, y los personajes secundarios no llegan a destacarse, salvo Domhnall Gleeson como un agente de la CIA escurridizo. En definitiva: no es la mejor película de Liman ni la mejor de Tom Cruise, pero sugiere una dirección posible para un actor que tal vez puede ir comprendiendo de a poco que tiene mucho más para hacer que saltar sin mirar.

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