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Tiempo de lectura: 3 minutosBajo mi piel morena

Gabriel Santiago Suede

Bajo mi piel morena 
Argentina, 2019, 93′
Dirigida por José Celestino Campusano
Con Morena Yfrán, Maryanne Lettieri, Belén D’Andrea, Emma Serna, Julián Siliberto

Una mentira posible

Por Gabriel Santiago Suede

En uno de los diálogos (que Campusano compone como si sus personajes pertenecieran al cine argentino del período clásico, con una indudable cuota de artificio, que molesta al oído realista pero que con el paso de los minutos genera un acostumbramiento extraño y sutil) que tienen dos de los personajes de la película, una de las chicas le indica a su prima, Morena, una estrategia que la mantiene viva. Le indica que sabe que la vida es dificil y que hay pocas posibilidades de insertarse en una vida social y laboral sin ser excluídas, señaladas o agredidas para mujeres trans como ellas, pero que necesita creerse esas mentiras que oye cada noche en la que le dicen «qué linda que estás».

Hay algo de crueldad furibunda en el modo en el que Campusano hace ingresar esa línea de diálogo en la película, casi hacia la mitad. Lo hace, como casi siempre en el cine del director, con un nivel de informatividad brutal, sin mediar ninguna estrategia dramatúrgica sutil. Me atrevería a decir: el cine de Campusano está exento de sutileza. Por el contrario lo que prevalece es una frontalidad que a veces encuentra el punto de salida adecuado -mediado por la ternura- y en otras tantas una poco feliz explosividad que hace de sus películas panegíricos denunciantes. Pero tengo que decir que hay algo de piedad en esta película irregular, que está lejos de ser lo mejor que haya filmado un director ya de por si irregular. Esa piedad es la que habilita que los extremos de posibilidades -que uno bien podría intuir en el cine del director: siempre la marginalidad tiende a hacer que algo se desborde y termine con raptos de violencia hacia la dirección que encuentre de salida esa intensidad- no se hagan presentes aquí. De hecho en Bajo mi piel morena hay una mesura que resulta bienvenida -pero que quizás Campusano ni termina de administrar felizmente-.

Campusano no es Ford. No sabe filmar intercambios verbales entre personajes. No sabe filmar charlas con planos fijos ni con plano-contraplano. Es un director al que la posibilidad de la paz le genera un ruido incomprensible en el interior de su sistema. Por eso cuando consigue esos momentos de contemplación en breves charlas relajadas (aquí hay un gran momento decadente pero relajado y feliz entre dos policías borrachos en una madrugada en la que aparece Myriam -una de las tres chicas trans que veremos a lo largo de la película y sobre las que gira el resto de los personajes- y los policías se cuentan chistes patéticos vaso de tinto de por medio) su cine se corre de las imposiciones del autor pero también de las imposiciones de agenda (cuando Campusano invoca al INADI en tantas ocasiones en su película todo lo que vemos corre el riesgo de parecerse a un gran institucional acerca de la violencia transfóbica antes que a una película en la que participan personajes trans).

En Bajo mi piel morena Campusano practica una variable que en algún momento parece ir en cierta dirección de posibilidades: salirse de la marginalidad, permitirse narrar la dificil inserción de personas trans en el mundo del trabajo sin ser estigmatizadas. Pero pareciera encontrarse con la falsa disyuntiva que acompaña a la representación de los personajes trans en el cine: si se los construye felices e incluidos en un mundo que sabemos que los señala y estigmatiza, esa representación será acusada de falsedad, de traicionar la realidad, de ocultar la violencia existente; al mismo tiempo, en caso de representar a personajes trans solo bajo la óptica de la exposición a la marginalidad y violencia, tenderemos a sostener que está dando una sola oportunidad a esas vidas, por lo tanto, también estigmatizando. Frente a esas posibilidades, Campusano parece recorrer el filo de la navaja constantemente entre los extremos. No hay momentos de plena felicidad ni irrupciones de violencia desmedida. Pero si hay un coqueteo, una oscilación constante entre ambos. La decisión del tono medio parece ser la mas acertada, pero también la mas conservadora.

Nada de lo que narra Campusano es nuevo. Acaso si lo sea ese tono medio, acaso si lo sea esa posibilidad de alejarse de la toxicidad de los extremos para, en algún momento, identificar esos momentos de felicidad provisoria, en los que sus personajes puedan ser felices. Y en los que, con toda la artificialidad de su mundo verbal (esos diálogos son imposibles, pero si hacemos una abstracción shakespereana también deberíamos pensarlos como eso: como un gran artificio consciente) puedan ser felices, aunque sea por unos minutos. Aunque sepan que el mundo puede ser una mierda ahí afuera. Esa piedad es una novedad bienvenida. Quizás sea el inicio de una etapa distinta.

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