Deseo de matar (Death Wish)
EE.UU., 2018, 107′
Dirigida por Eli Roth
Con Bruce Willis, Vincent D’Onofrio, Elisabeth Shue, Dean Norris, Kimberly Elise, Beau Knapp, Mike Epps, Jack Kesy, Ronnie Gene Blevins, Ian Matthews, Melantha Blackthorne, Nathaly Thibault, Alex Zelenka, Sway, Dawn Ford

 

La crisis de los sesenta(s)

Por Rodrigo Martín Seijas

Hace un rato bien largo que Bruce Willis viene con una carrera en caída libre, donde se van acumulando roles de reparto que oscilan entre lo mediocre (En defensa propia, Extraction, Vice) y protagónicos intrascendentes (Dos inútiles en patrulla, Identidad sustituta). Hubo chispazos, si, amagues, con películas como Looper, RED o Duro de matar 4.0, que parecían indicar que Bruce podría llegar a lograr lo mismo que sus colegas Arnold Schwarzenegger, Sylvester Stallone o Jean-Claude Van Damme: reconfigurarse y actualizarse, desde la autoconsciencia, sin perder la un ápice de su núcleo duro. Pero no: finalmente a Willis lo ha podido el vil metal o simplemente la necesidad narcisista de aparecer, de seguir presente en la pantalla cómo y dónde sea.

Deseo de matar es la remake de El vengador anónimo. Y en tanto proyecto que revisaba el pasado surgía como una chance de redención para Willis, no tanto por lo que aportaba el material original –que continúa siendo una reliquia del cine facho sin mayores matices-, sino porque podía permitirle recuperar ese aura que siempre transmitió su presencia. Es que si algo define al gran Bruce es que siempre supo representar al hombre común dentro del cine de acción de las décadas del ochenta y noventa. En tiempos donde los que reinaban eran tipos inmensos, musculosos, casi irreales, que se deshacían de los villanos sin que se les moviera un pelo, Willis era la encarnación del laburante, del tipo golpeado física y psicológicamente, que a fuerza de sangre, sudor y lágrimas conseguía imponerse a sus antagonistas. Su cuerpo también supo conjugar adecuadas partes de cinismo, escepticismo a la vez que defensa del individualismo en tanto marca de una época: personajes como el John Hallenbeck de El último boy scout o el John McClane de Duro de matar son emblemáticos en este sentido, siendo sujetos marginales, parias absolutos, verdaderos outlaw con personalidades extremadamente problemáticas que siempre deben remar contra la corriente y con motivaciones indudablemente personales, sostenidas sobre exigencias del individuo, incluso a costa de otros..

Lamentable, si. Esperable? Quizás. Deseo de matar es una muestra patente (y hasta dolorosa) de que Willis ha perdido el toque, extravió el rumbo que alguna vez supo llevar y difícilmente pueda volver a ser, aunque sea, la mitad de lo que fue. De eso solo le quedan rasgos gestuales y alguna que otra mueca superficial. Y es que a Bruce ya no le podemos creer porque ni él mismo se la cree, porque sus performances en piloto automático ya no valen ni por el gesto mercenario. No hay carnadura, no hay identidad, no hay honestidad y ni coherencia. Del viejo Bruce nos quedaron las muecas cancheras, un andar cansino y una entrega a reglamento. Ya no vemos a ese tipo que podría ser nuestro tío llevándose a sí mismo (y a nosotros como espectadores) hasta el límite de sus posibilidades, sino a una especie de presencia fantasmal. No hay autoconciencia ni reflexión, tampoco voluntad de diversión o incluso algo de melancolía, solo una sucesión de giros en el vacío.

Pero la culpa no es solo de Willis. Hay un segundo gesto de desprecio. Y le pertenece a Eli Roth, el director. Heredero de una mala comprensión del modo de administrar tradiciones del pasado (como si lo hace su amigo Quentin), este realizador que ha construido una carrera sustentada en el gesto canchero, las citas referenciales y el distanciamiento para con los personajes. En este caso, valiéndose de un título popular pero a su vez vulgar y poco respetado, Roth ni siquiera se esfuerza por hacer suyo el relato. En Deseo de matar no hay un diálogo con preceptos o marcas culturales preexistentes. De hecho no hay nada que vaya más allá de lo previsible, ni un abordaje mínimamente atractivo de determinados discursos ideológicos frente a los que no da los mismo hablar en 1976 (fecha de estreno de la original) que hoy. Hay, apenas, algunos comentarios que quieren pasar por políticos sobre la justicia por mano propia y el poder mediático, pero no superan lo banal, porque a Roth se le nota que nada de esto le importa. Que no le interesa el drama familiar y personal del protagonista (brevemente: la historia se centra en un cirujano que, luego de un asalto a su casa en el que muere su esposa y su hija queda gravemente herida, decide salir a matar criminales), las implicancias sociales de ese espacio urbano que es Chicago, los choques de clases, el rol de la policía o las concepciones sobre la ley y el orden. Apenas si le pone empeño a las secuencias de violencia, pero ni siquiera hay un juego con el exceso. Al contrario, la puesta en escena es plana, sin inventiva, permutable por cualquier otro tiempo y espacio sin que nada cambie.

La impersonalidad es, ante todo, la marca de fábrica de Deseo de matar. Su insólito lanzamiento en salas termina siendo apenas una efímera resurrección de una propiedad que supo tocar acertadamente algunas fibras sensibles y constituirse en un retrato de época (ya fuera que contara o no con algo de interés). En este caso no hay reversión ni actualización, solo explotación tardía, a destiempo. Pero quien se convierte en el centro de la mayor explotación, quien se explota a sí mismo es el viejo y perdido Bruce Willis, convertido en una suerte de esclavo de su propia imagen, alguien que se da cuenta que está demasiado viejo para la acción, pero no encuentra otra salida porque no percibe que, ausente de autoconciencia, quizás la mejor opción sea el retiro. Si, BW ya pasó los sesenta pero se niega a jubilarse. Y esa es la peor noticia de todas.

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